Eusebia Cosme, una voz olvidada

Por Enrique Río Prado

Corre el año de 1932 y en aquella Habana ahogada en sangre por la dictadura machadista, los espectáculos escénicos subsisten a duras penas, ante el temor del público a ser víctima de un atentado terrorista, la crisis económica mundial —a la que por supuesto no escapa Cuba—, y la rivalidad en plena ebullición entre un arte teatral cada vez más desgastado y el naciente y vital “cinematógrafo parlante”.

En este panorama tan poco alentador para la creación artística nacional, el Principal de la Comedia mantiene una programación estable de teatro dramático, el teatro Martí alberga la compañía de zarzuelas cubanas, donde se estrena Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig, en ese mismo año y el teatro Alhambra produce sus últimos títulos, vulgares y decadentes. En los otros coliseos habaneros, se impone el cine como plato fuerte, aderezado por algunas atracciones «en vivo», llamadas entonces variedades o shows.

En uno de estos grandes escenarios —teatro Payret— se presenta exitosamente durante unas cuantas semanas el recitador español José González Marín, conocido con el sobrenombre artístico de El Faraón de los Decires. La aceptación de público y crítica es unánime. De buenas a primeras le salen a este gran intérprete discípulos e imitadores cubanos por doquier. Al año siguiente, nos visita la recitadora argentina Berta Singerman, que ya había estado en La Habana nueve años atrás. Su nueva presencia refuerza esta afición a un arte naciente que se separa cada vez más de la actuación y adquiere características propias. La insigne declamadora estrenará en esta ocasión el poema La rumba[1], de José Z. Tallet, precursor de la corriente literaria inserta en la revalorización de la cultura afrocubana, liderada por don Fernando Ortiz, nuestro “tercer descubridor”.

 Aparece entonces el nombre de Dalia Iñiguez (1911-1995), quien abandona la carrera de pianista para dedicarse a su nueva pasión, en la que sigue el estilo de la Singerman. Y surge por la misma época una joven figura negra, de simpatía arrolladora, que habrá de renovar el arte de la declamación con su buen gusto intuitivo, natural y espontáneo, y se dedicará por completo a difundir la poesía afro del continente.

Nacida en Santiago de Cuba, en 1911, Eusebia Cosme quedó huérfana a edad temprana y fue educada por una acomodada familia santiaguera. Durante su juventud realizó estudios de música y declamación en el Conservatorio Municipal de La Habana, y comenzó a hacerse notar del público capitalino, presentada primero por González Marín en el teatro Payret, con un éxito extraordinario. Luego dio un recital en el Lyceum y otro en el Principal de la Comedia, en 1934, con el que se consagró. Es la época en que surgen los famosos “sones” de Nicolás Guillén y Eusebia Cosme los hace suyos, diciéndolos como nadie. Nada menos que don Fernando le dedica una extensa crónica en su Revista Bimestre Cubana. [2]

Don Galaor, renombrado cronista de espectáculos, le hace en ese mismo año una de sus leídas “interviews”, publicadas en la revista Bohemia.

—Yo quería ser artista. Pero, ¿y como? Cada vez que iba al teatro, salía más convencida de que soñaba cosas imposibles. Yo veía que todas las artistas son blancas… ¿Qué tenía que hacer yo en un escenario?

Y sin dejar de mostrar la luminosa sonrisa de su dentadura, con sus ojos perdidos en la lejanía de un pedazo de cielo que se asoma a la ventana de ese pisito que ella ocupa, me sigue contando sus impresiones de entonces, olvidada de que la estoy confesando para una interview.

—Una vez me llevaron a casa de Gustavo Sánchez Galarraga. Allí estaba también González Marín, que se disponía a salir para México en aquellos días. Recité…

— ¿Emocionada?

—No. Me sentía tan contenta, que ni para la emoción dejé lugar. Gustavo Sánchez Galarraga fue muy bueno conmigo, sus atenciones y halagos de aquel día me abrían casi sin darme yo cuenta, las puertas de aquel mundo encantado que soñaba de muchacha.

—Y González Marín, ¿qué decía?

—Se cogió para él toda la emoción que yo no sentía. Me prometió presentarme ante el público de La Habana tan pronto regresara de México. Y así lo hizo. Usted y toda La Habana saben cómo lo hizo.

[…] A medida que va avanzando en su narración, el sentido ingenuo preside con mayor encanto las palabras de Eusebia Cosme. Ha puesto la emoción que ella se obstina en no conocer, una especie de sordina a su garganta. Su media voz, casi apagada, es un ritornello continuado, íntimo y sabroso por lo que de anecdótico tiene.

De pronto, y después de un silencio que siguió a sus últimas confesiones exclama.

—¡Pero no estoy conforme! Me parece que no le doy a las recitaciones todo lo que ellas reclaman. Y así, usted ve que cambio la expresión a los versos. Doy nuevos matices a ciertas expresiones, y estudio y analizo los poemas que ya he recitado para lograr de una vez el sentido preciso, que me satisfaga. [3]

Aumenta su éxito y popularidad. Los poetas negristas de todo el continente —Luis Palés Matos[4] y Andrés Eloy Blanco[5]— le dedican sus composiciones.

En 1937, nuestra voz de ébano decide esparcir su arte maravilloso por el mundo y emprende una riesgosa carrera internacional[6] que la lleva a recorrer toda la América Latina, Europa y los Estados Unidos. La prensa habanera refleja su partida con  despedidas agoreras de triunfo esplendente.

                        El pueblo

                        Te golpeará de aplausos en la cara,

                        Tu arte se bañará de plata —arte tuyo, arte nuevo—

                        Y llevarás

                        En triunfo hasta los Andes.[7]

En la década siguiente se establece en los Estados Unidos y contrae matrimonio con el norteamericano Frederick Laviera, que muere en los años 50. Asentada en Nueva York, se presenta en distintos escenarios que incluyen la radio. En 1940 crea su programa El show de Eusebia Cosme, transmitido por la CBS. Amplía su repertorio con obras de los poetas negros de expresión inglesa Langston Hughes[8] y Dunbar[9]. Su actividad artística comprende el diseño de sus trajes y las ambientaciones escénicas para los poemas que dice. Expone su obra plástica en algunos salones. Mantiene sus vínculos con Cuba y colabora generosamente en los proyectos culturales que sus compatriotas emprenden en la babel de hierro. De esta época data un recital de poesía afro-antillana, organizado por el teatrista Rubén Vigón[10], con la participación del famoso diseñador Andrés[11], en el Centro Español de la Yale University. [12]

Nicolás Guillén, de paso por Nueva York en 1952, rememora su encuentro:

Con Eusebia Cosme […] topé casi en vísperas de mi partida, y eso porque me ayudó Bola de Nieve […]. Juntos nos veríamos los tres, una noche memorable, en casa del poeta Langston Hughes. Las gentes que tratan a Eusebia dicen que la simpática recitadora negra se ha vuelto muy misteriosa desde que se casó. Yo la encontré igual que siempre: la misma edad, las mismas lindas manos, el mismo tonito oriental cubano de la voz, como cuando los estudiantes santiagueros dicen: “Mi padre tiene un cafetal”, la prestancia huidiza y modesta, que tan lejos la ayudó a ir. A mí también me dijo que estaba preparando el viaje de regreso a La Habana: solo que en eso lleva ya diez años. [13]

Bola de Nieve, Eusebia Cosme y Nicolás Guillén en Nueva York, en 1952. Foto publicada en las memorias del Poeta Nacional (1982).

Pero en ese mismo año, después de tan larga ausencia, regresa efectivamente a su caimán verde. De su también larga nostalgia queda el testimonio de una crónica publicada por aquellos días.

Me interrumpe agitando los brazos [dice el escritor] con un ademán muy suyo, en el arranque del verso:

—Cuba, ñáñigo y bachata —Haití, vodú y calabaza —Puerto Rico, burundanga.

—¿Y New York?

—Verás, New York, mucha gente de todo. ¿Pero a qué hablar de eso? Eso es la ausencia. Y la ausencia, aunque se sea feliz, duele con candela.[14]

Permanece en su patria alrededor de un año, ofrece recitales en el teatro Auditorium y en el Principal de la Comedia. Luis Amado Blanco, desde su columna “Retablo”, del diario Información, convoca

Vengan a verla que merece la pena. Ustedes los jóvenes, los muy jóvenes no saben lo que fue aquello. Allá por el año de mil novecientos treinta y cuatro, poco más o menos. Había nacido la poesía negra o mulata, la poesía de son para adentro y para afuera, la poesía del pueblo soberano de la chancleta y del lucero, del sudor y la melancolía, de la picaresca y el llanto, y nadie, nadie se atrevía a cantarla, a decirla, a consagrarla en la alta planicie de los escenarios. […] De  pronto, sin saber de dónde, surgió Eusebia Cosme con los ojos mordidos de tan tierna malicia que daba ganas de pegarle al Morro. Hecha y derecha, sin lecciones de nadie, pero sin que a nadie tuviera que preguntarle por dónde le entra el agua al coco. Ella lo sabía bien, y ahí estaba el milagro. Llegó, vio y venció, y lo demás se hizo por añadidura.[15]

Visita su región natal y recibe un homenaje en el Palacio Provincial de Oriente. El famoso intelectual español radicado en Cuba, Ángel Lázaro (1900-1985), le dedica una crónica en la revista Carteles, donde expresa

El espectáculo de Eusebia Cosme. Sí, todo un espectáculo teatral con una sola figura que basta para llenarlo. Eusebia Cosme es eso: espectáculo.

[…] En el arte de la recitación [hay] que distinguir muy bien lo que es poesía lírica y poesía dramática, es decir, lo que es poesía dicha y lo que es poesía interpretada. En las dos triunfa Eusebia Cosme, si bien cada vez más parece definirse la intérprete, digamos, sobre la recitadora. Eusebia —en eso todos están de acuerdo— había alcanzado la perfección como recitadora de la poesía afrocubana; era la gran folklórica del verso; ahora ha vuelto con su antigua maestría pero también más actriz, más dentro del teatro.

Para terminar lanzando un llamado a los escritores cubanos…

¿No habría quien le escribiese a Eusebia Cosme el gran personaje teatral que está pidiendo a gritos? […] Poetas de Cuba: ahí hay una gran intérprete, una extraordinaria, original figura de la escena, capaz de encantar y entusiasmar por sí sola al público a lo largo de todo un programa. Venga el gran poema dramático de que ella sea protagonista, la gran protagonista que ha sabido ser de cuanta poesía ha hecho suya hasta ahora.[16]

Precisamente, buscándose un lugar en la escena como actriz, la Cosme actúa en una compañía teatral mexicana en 1955, iniciando así la segunda etapa de su carrera, que la lleva a participar en producciones del cine norteamericano y azteca.

Su presencia como la Señora Ortiz en el filme de Sydney Lumet, The Pawnbrocker (El prestamista, 1964) resulta impactante. Más tarde se establece en México e interpreta el papel de Mamá Dolores en la segunda versión fílmica de El derecho de nacer[17] (1966), bajo la dirección de Tito Davidson. Luego vuelve a aparecer en Flores blancas para mi hermana negra (dir. A. Salazar, 1969), donde realiza una brillante actuación junto a Libertad Lamarque. Siguen los títulos de Mamá Dolores (dir. Tito Davidson, 1970); El derecho de los pobres (1970); Vuelo 701 (1971), entre otros. En realidad estas prestaciones —si bien no ameritan el esfuerzo, debido a su breve permanencia en la pantalla o a la pobre calidad de los guiones y su realización— nos dejan en cambio la imagen de lo que pudo ser si, como pedía Ángel Lázaro, hubiera encontrado un autor y una obra apropiados a su genial carisma. Queda el consuelo en las propias palabras del intelectual español, quien declara

[…] a veces, como algunos grandes artistas de la escena, está mejor en lo más malo; sin ella, aquello que se dice, no sería nada; y gracias al arte de la intérprete el público se siente subyugado, ríe, se conmueve y acaba aplaudiendo gozoso.[18]

Eusebia Cosme muere en Miami, Estados Unidos, en 1976. Dentro de todo un movimiento cubano de declamación que conoció nombres ilustres[19], fue la iniciadora de un estilo propio, más autóctono, desarrollado hasta el presente por nuestro famoso “Acuarelista de la Poesía Antillana”, también santiaguero, Luis Carbonell, quien la conoció en Nueva York, en 1946[20].

Si, en 1953, los muy jóvenes entonces “no sabían lo que había sido aquello, allá por el año 1934” y eran emplazados a presenciarlo, hoy, al cabo de sesenta años, los que éramos niños en aquel tiempo o los que aún no habían nacido, solamente contamos con estos testimonios escritos para hacernos una pálida idea de lo que fue el fenómeno Eusebia Cosme.

Nada mejor para concluir esta breve evocación de su figura, de su voz olvidada, que las palabras que Emilio Ballagas le dedicara en un importante libro de poesía negra[21]

Su voz estremecida difunde la emoción africana dolorida o gozosa, humorística o satírica, en las salas de los teatros cubanos, en donde solo hace diez años el negro era un lunar decorativo de las piezas bufas, en donde se le relegaba al papel de gracioso. Un público blanco escucha fascinado a Eusebia Cosme, que en la pizarra de su carne negra traza con el yeso de su blanca dentadura un esquema de la más fina emoción popular. Eusebia Cosme es la voz de los poetas negros de Hispanoamérica, y puede concretar su presencia con palabras del poema de Guillén:

            Aquí estamos

            La palabra nos viene húmeda de los bosques

           Y un sol espléndido nos amanece entre las venas.

 

En portada: Eusebia Cosme hacia 1935. Foto Ángelo, cortesía de José Ruiz Elcoro.

Notas:

[1] Escrito en 1928 y publicado en el diario El Mundo, sección dominical, 2 de octubre de 1932, ilustración de Enrique Caravia. El cine sonoro registró la interpretación que la Singerman hacía de este poema en el filme Nada más que una mujer (1934). Ver El Reportero Bohemio: “Berta Singerman nos habla de Hollywood”, en Bohemia, 21 de octubre de 1934, p. 25.

[2] ORTIZ, Fernando: “La poesía mulata, presentación de Eusebia Cosme, la recitadora”, en Revista Bimestre Cubana, vol. XXIV, No. 2-3, septiembre-diciembre de 1934, p. 205-213.

[3] Don Galaor. “Eusebia Cosme”, en Bohemia, 29 de julio de 1934, p. 38-.

[4] Luis Palés Matos (1898-1959). Poeta puertorriqueño. Cultivó varias tendencias estéticas de vanguardia. Es la voz mayor de la poesía negra de su país.

[5] Andrés Eloy Blanco (1896-1955). Escritor y político venezolano. Se opuso a la dictadura de Juan Vicente Gómez, por lo que sufrió prisión entre 1928 y 1934. Rómulo Gallegos lo nombró Ministro de Relaciones Exteriores. Luego se acogió al exilio político, en Cuba y en México. Una de sus composiciones más famosas Píntame angelitos negros, está dedicada a la Cosme.

[6] Desde fines de los años 20, numerosos artistas cubanos emprenden su gira europea, entre ellos se destacan  Rita Montaner, Bola de Nieve, la bailarina Alicia Parlá, quien se presenta con el nombre artístico de Mariana en Berlín (donde baila para Hitler), Londres, Montecarlo, París, Barcelona, Madrid. La revista Bohemia del 3 de octubre de 1932 le dedica su portada. Ver DON GALAOR: “Mariana, la hija del manicero”, en Bohemia, 1 de abril de 1934, p. 9, 51 y Rotograbado del Diario de la Marina, 20 de julio de 1933 y 24 de enero de 1934.

[7] De La Llave, Fernando: “Eusebia Cosme”, en Bohemia, 2 de febrero de 1936, p. 28.

[8] James Langston Hughes (1902-1967). Poeta negro norteamericano. Durante su estancia en Cuba (1930) trabó amistad con Nicolás Guillén. Intelectual de izquierda, participó como corresponsal en la Guerra Civil Española. Creador del personaje Simple, que hace aparecer en sus poemas y cuentos.

[9] Paul Laurence Dunbar (1872-1906). Poeta negro norteamericano nacido en Dayton, Ohio.

[10] Rubén Vigón (Cienfuegos, 1917-1977), diseñador de escenografía y vestuario, director de escena, fotógrafo cubano. Desarrolló una intensa actividad profesional en el teatro y en la televisión.

[11]Andrés García Benítez (Holguín, 1916-1981), artista plástico, bien conocido por sus excelentes portadas para la revista Carteles, durante largos años. Fue también un notable diseñador escénico.

[12] Un ejemplar del programa se conserva en el Centro Nacional de Investigaciones de las Artes Escénicas, Fondo Rubén Vigón. El recital, ofrecido el 31 de mayo de 1948, estuvo compuesto por obras de los cubanos Guillén, Ballagas, Félix B. Caignet y Arturo Clavijo Tisseur, el  puertorriqueño Luis Palés Matos, el panameño Demetrio Korsi, los venezolanos Andrés Eloy Blanco y Manuel  Rodríguez Cárdenas y el gallego Alfonso Camín, entre otros. El profesor José J. Arrom la presenta en aquella ocasión, como la “Encarnación de la poesía mulata”.

[13] Guillén, Nicolás: Páginas vueltas. Memorias. UNEAC, 1982, p. 280.

[14] Amado Blanco, Luis: “Esquina con Eusebia Cosme”, en Información, 11 de junio de 1952, reproducida en Juzgar a primera vista. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Ediciones Boloña de la Oficina del Historiador de la Ciudad. La Habana, 2003, p. 300.

[15] Amado Blanco, Luis: “Retorno y triunfo de Eusebia Cosme”, en Información, 16 de mayo de 1953, reproducida en Idem, p. 304.

[16] Lázaro, Ángel: “Eusebia Cosme”, en Carteles, 31 de mayo de 1953, p. 22-102.

[17] Famosa radionovela (1948) del cubano Félix B. Caignet (1892-1976). Originalmente el rol de Mamá Dolores estuvo interpretado por la actriz cubano-mexicana Lupe Suárez (1904-2001), quien también lo encarnó en la primera versión cinematográfica, realizada en 1952 por el director mexicano Zacarías Gómez Urquiza.

[18] Lázaro, Ángel. Ídem.

[19]Además de Dalia Iñiguez, ya mencionada, pueden citarse Maritza Alonso, Carmina Benguría, Mary Morandeyra, Jorge Guerrero, Eduardo Casado, entre otros muchos.

[20] Cf. Bracero, Josefa: Rostros que se escuchan, Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2002, p. 57.

[21] Ballagas, Emilio: Antología de la poesía negra hispano americana. M. Aguilar, editor. Madrid, 1935,

p. 19.

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