Ética y estética actoral. Vicente Revuelta

Revista Tablas 1992. Texto presentado por Vicente Revuelta en el Seminario Actor y teatro hoy, de los eventos especiales del FIT de La Habana, 1991

Partiendo de algo muy concreto que sucede en la sociedad actual donde se imponen las técnicas sofisticadas, podemos observar algo sumamente extraño. Ante un panorama realmente aterrador que amenaza destruir desde los màs altos exponentes de la cultura hasta la propia naturaleza, la insistente y vasta información que suministra a través de intensos y extensos medios nos hace perder la conciencia de esa catástrofe. En una palabra: la información detallada en vivo y en directo, anula la capacidad de conciencia implícita en el propio hecho que observamos. Se exponen las consecuencias. Así desde los desastres que estamos provocando en la naturaleza, nuestra intervención inconsciente e irresponsable, hasta las masacres bélicas, el hambre y la ignorancia de una gran parte de la humanidad, pueden ser observadas en sistemas cada vez más sofisticados y desde una relativa estabilidad por unos cuantos privilegiados y desde lugares alternos donde, de un día para otro,  puede volverse lo que fue el lugar del espectador, la escena de la acción terrible.

El afán de dominio socioeconómico y político usa la técnica para cegar las perspectivas de un futuro al menos más racional.

Diariamente somos informados de nuestra imposibilidad para cambiar la realidad; y la resistencia de la conciencia a perderse totalmente se manifiesta a través de estados llamados síndromes ansioso, depresivo. La mayoría, no sé si para mayor desgracia, canalizan esas ansiedades a través de orgiásticos conciertos de rock o de teorías seudoespirituales y conformistas.

Para tal estado de información hay muchos tipos de alienación. Si estas observaciones apocalípticas forman parte de la realidad en la que estamos todos insertados de una manera u otra, ¿qué cosa podemos intentar aquellos que por destino o por vocación somos responsables de mantener la cultura, las tradiciones y la identidad de los pueblos?

¿Cómo insertar nuestra poca conciencia en esta lamentable enajenación? ¿Cómo alertar, cómo ofrecer caminos, cómo tomar decisiones provechosas y lúcidas ante esa carencia?

Ante una situación tan difícil no hay muchos caminos. Cualquier opción que aluda a una toma de conciencia individual y a una intención de unirse a otros para modificar en algo nuestras vidas, ya es válido. Pero creo considerar ante todo y como primera necesidad de un intelectual en estos tiempos, el propio trabajo que haga sobre su propia conciencia como individuo. El acto necesario y primario de reflexionar sobre sus propios mecanismos y automatismos.

No podemos llegar a fraternizar orgánicamente sobre un ideal sociocultural si no hemos tomado conciencia de nuestro papel como individuo irremplazable, enfrentado al presente, aquí y ahora, en cada momento a través de cada gesto social, en cada acción consecuente.

Solo creo que en primera instancia, puede hacerse posible una acción personal y relativamente libre, y tal vez con posterioridad la acción màs determinante y fuerte de un grupo cultural, un grupo artístico, en fin, un grupo de teatro.

Considero por lo tanto que el primer deber del actor es inducir y ser capaz él mismo de actuar con una conciencia equivalente a una ética del mundo que proteja la fraternidad.

Pero ante todo el actor debe aclarar su propio personaje en la realidad. Debe ser consciente de lo que él representa dentro del escenario histórico que le corresponde y que él también ha elegido. No es posible ofrecer un esclarecimiento para la acción concreta del espectador, si el propio conocimiento de nosotros mismos no es tan profundo como el que podemos inducir.

Sé como todos ustedes que estas ideas no son nada nuevas. Son solamente algunas cosas fundamentales que han sido olvidadas. Sabemos que el artista, asì como el científico, nunca menosprecian la observación de la realidad que lo circunda, conjuntamente con su propia observación subjetiva. Analiza e investiga su individualidad como fuente original del conocimiento de los otros hombres, de las otras culturas y del universo.

Sabemos que los grandes maestros lo han hecho. Humanistas como Stanislasvki, cuya ética perseguía un teatro con T mayúscula y un actor con A mayúscula para poder colocar al hombre sobre el escenario con su esencial condición y alta dimensión. Brecht, que quiso liberar al teatro de la maquinaria hipnótica del espectador relacionado emotivamente con el actor, para que actuando sobre ambos, actor y espectador pudieran jugar la acción escénica, efìmera, cambiante, modificable, no sujeta a una finalidad fatal sino histórica condicionada sin valores eternos. Antonin Artaud, que dentro de la vorágine de la técnica de la civilización euroccidental, hubo de encarnar en sì mismo la pasión de visionario, y que el contacto con las culturas vivas de Nuestra América profetizó el regreso del rito al teatro. Lo que haría surgir  de nuevo la fuente de vida original del teatro: el rito. Un actor que al comunicarse con un estado superior de conciencia hace al espectador de tal acto testigo de presencias poéticas y espirituales, portadoras de energías positivas y evolutivas. De esta manera la función ética del actor es para nosotros sinónimo de una acción lúcida, consciente y consecuente frente al estado real del mundo en este tumultuoso fin de siglo.

Y desde luego que esta premisa ética entra en una amplia relación con los valores estéticos. Pero ambos deben tener como primer objetivo el resistir con rebeldía a todas las fuerzas oscuras que amenacen el pensamiento humanista. Así, de tanto valor puede ser una estética que exponga de un modo hondamente crítico la destrucción de la cultura como aquella que, volviéndose ejemplo encarnado de posibles utopías, muestre nuevas posibilidades de convivencia humana.

La expresión y creación de lo extraordinario en un espacio y un tiempo real enmarcado y organizado y al mismo tiempo competente y complementario de lo que falta en la otra realidad, la de todos los días. Un espacio y un tiempo donde el actor se muestre en aproximaciones, donde el amor, la libertad y la fraternidad se materialicen en actos poéticos  e imágenes conceptuales.

Un cuerpo lleno de energía, un rebelde que a través de su acción resiste y vence el oscuro mundo de la violencia ciega. Y lo más difícil de lograr, que este acto poético y material deberá ser aceptado aùn por los enemigos y ese acto solo puede ser competente si posee el valor del hecho artístico. Un hecho imposible de ser reducido a mercancía, que cumple su función en los centros emocionales e intelectuales del testigo de ese acto.

Por lo pronto, lo más urgente para el actor es emprender una fuerte lucha para no convertir su vocación en un eslabón más de la vorágine consumista. Debemos reconocer en nosotros que ser actores es una necesidad que nos nace de sobrevivir y superar una realidad que no aceptamos.

Hay que luchar con la tentación aniquiladora del reconocimiento superfluo, que no es otra cosa que nuestra propia conversión en mercancía. Debemos ser muy conscientes de que en el estado actual de enajenación general, nuestras intenciones más puras pueden pasar inadvertidas. No existe la necesidad de un teatro que nos quiera hacer despertar; ello es parte de la falta de conciencia general.

La tarea es  ardua. Se trata de esclarecernos, como actores desarrollar una expresión física y una ética espiritual que haga aparecer en nuestros hechos artísticos una energía insustituible y poderosa.

Estas posiciones monacales, casi podríamos decir, tienen su papel modesto pero resistente. Estas microculturas, estos laboratorios podrán y pueden iluminar algo de este mundo oscuro y violento. Habremos de trabajar en lo vertical como el que cava un pozo para volver a encontrar nuestros orígenes y celebrar la fraternidad de los pueblos cuyas culturas tejen la trama de nuestra idiosincrasia.

Con la convicción de que la unión de un grupo con ideas comunes, más allá de los sistemas, más allá de los idiomas, el teatro debe adelantarse para anunciar la visión de la paz que el mundo alcanzará en el futuro.

Foto de portada: Archivo Cubaescena

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