Escribir, un acto de responsabilidad cívica con nuestra realidad

Por Lisandra Pérez Coto

La pasión por escribir siempre estuvo presente, aunque por varios años, y me refiero a prácticamente toda su infancia y adolescencia, lo sedujo la actuación, un aprendizaje imprescindible, según afirma, para su desempeño como dramaturgo y escritor.  A este oficio de narrar y de crear para el teatro, se suma su extraordinaria labor al frente de una institución única en Cuba, la Casa de la Memoria Escénica, desde donde se resguarda y gestiona el patrimonio de las tablas cubanas.

Detrás de una de las mesas de La selva oscura, biblioteca que hace poco más de dos años ayudó a fundar, Ulises Rodríguez Febles, uno de los dramaturgos cubanos más reconocido de los últimos años, abandona su rutina diaria de incontables pendientes y nos ofrece un diálogo honesto y transparente no solo de su ya extensa y consolidada obra, de sus obsesiones, sueños o responsabilidades, sino también de sus certezas como intelectual cubano y matancero.

¿Cuáles fueron sus inicios en el mundo del arte?

Yo siempre quise ser actor. Estuve en varios grupos de teatro desde la primaria, la secundaria, hasta la Universidad; y a la vez escribía. Un niño no te dice que quiere ser dramaturgo, que quiere estudiar teatrología. No aspira a dirigir un centro que conserve el patrimonio y tampoco sueñan los niños, los jóvenes, con ser actores de teatro, la mayoría de las veces lo que quieren es ser actores de televisión.

En la secundaria, por ejemplo, fundé junto a un grupo de jóvenes y con el asesoramiento de los instructores de arte un grupo que interpretaba obras que yo escribía, que dirigía y donde también actuaba.

Cuando me tocó entrar a la Universidad, yo todavía aspiraba a ser actor, pero no vino la carrera de actuación del ISA. Hice la de teatrología y la desaprobé, entonces opté por lo único que me gustaba que fuera la literatura, sin embargo, cuando ya pensaba que iba a desligarme del mundo del teatro, continué haciéndolo constantemente y perseguí de alguna manera mi sueño.

De esa época obtuve reconocimiento con La semilla que no germina, pero para mí fue fundamental una obra que definitivamente me marcó y que considero importante en mi carrera, que fue El corcel verde, un monólogo de teatro que tuvo más de 100 funciones en diferentes espacios de toda la Isla, que ganó muchos premios y que a la vez me propició a mí la audición para poder entrar a los grupos tradicionales. Al mismo tiempo iba llevando esa carrera literaria con la teatral. También en ese tiempo aparece otro reconocimiento con un cuento que se llamó “El señor de las tijeras”, que fue publicado en varias revistas y que después apareció en la antología de los novísimos narradores cubanos “Los últimos serán los primeros”, creada por Salvador Redonet.

¿Cómo llega a El Mirón Cubano y Teatro d´ Sur, dos colectivos que considera importantes cimientos de su carrera profesional, como dramaturgo e investigador?

En el caso de El Mirón Cubano, Albio Paz y Pedro Morales ven una función de El corcel verde y me captan como asesor del grupo en septiembre de 1992. Allí empecé a vincularme con las primeras investigaciones sobre teatro callejero, un proceso que me aportó muchísimo, sin embargo, me interesaba mucho más en ese momento el proyecto de Pedro Vera y su grupo con quienes me empiezo a relacionar hacia donde me traslado unos meses después. Le debo mucho de mi formación a esta experiencia.

Actuar fue todo un aprendizaje. Pienso que, si un dramaturgo actúa o dirige, contribuye a su escritura. Esa formación hizo que tuviera una mirada mucho más democrática y plural de lo que es el teatro, porque yo no quería hacer teatro callejero, no me interesaba el teatro de títeres para niños y sin embargo, después escribí obras de teatro para niños, obras de teatro callejero y me sentí, me siento, parte de la estética y de esa manifestación en Matanzas. El camino actoral te enseña a ver que cada zona del teatro tiene sus especificidades y hay que aprender a comprenderla. No hay zonas del teatro marginales, eso uno lo va aprendiendo con la madurez.

Sus obras destacan por el abordaje a temas y conflictos sociales de la cotidianidad   ¿Es este un elemento que intenta potenciar? ¿Qué relación guarda con Matanzas?

Sí, para mí eso siempre ha sido orgánico y natural en toda mi dramaturgia y mi narrativa. En ambas obras estaba el interés crítico por una parte de la sociedad cubana, porque uno vive en Cuba, es parte de ella y por lo tanto nos corresponde, es una responsabilidad como artistas abordar esas realidades que le son propias. Se puede apreciar en El corcel verde y El señor de las tijeras; en El Concierto, una obra que me ha dejado muchos reconocimientos dentro y fuera de Cuba; en Huevos, mi obra más querida estrenada por el grupo Mephisto Teatro en el año 2007 y que aborda el tema del Mariel.

Yo creo que Huevos en particular si alguna importancia tiene es haberme hecho ver la importancia de ser autor dramático por varias razones: una porque escribiendo eres capaz de testimoniar un momento clave de la realidad de tu país y segundo porque con el tratamiento de ese tema te comunicas con mucha gente, que aun con perspectivas diferentes son capaces de crear una relación comunicacional y de empatía.

Mi relación con Matanzas es muy especial, y no creo que trate temas matanceros, sino cubanos. Una cosa es defender la identidad matancera y otra cosa es sentirse un provinciano matancero. Eso es algo que debemos tener muy claro. Cuando un intelectual, un artista, un escritor que vive en Matanzas, la culpa de todos sus errores, no trasciende. A mí me dignifica que me digan dramaturgo matancero, pero soy también un dramaturgo cubano. La Casa de la Memoria Escénica es de Matanzas, y esa es mi función primaria, pero además estoy creando un archivo cubano, que vaya más allá de las fronteras de la ciudad.

¿Qué representa para usted esta institución?

Dirigir la Casa de la Memoria Escénica ha sido un trabajo intenso, pero también una experiencia de la que me enamoré completamente. Aquí he escrito buena parte de mis obras, he forjado una familia y siento una responsabilidad inmensa con su patrimonio, con lo que representa no solo para Cuba sino para el mundo.

¿Cómo valora la labor de los artistas y su influencia en los momentos actuales?

No es que a uno le interese el acto crítico como sentido de la escritura, no se trata de escribir para criticar, cuando eso sucede es enfermizo. Yo lo veo como un acto de responsabilidad cívica para cualquier ciudadano, escritor al que le preocupa la realidad de su país: escribir de determinadas circunstancias, hechos, sucesos que influyen en determinados contextos.

A lo largo de mi obra creo que he sido consecuente con ello desde El concierto, Huevos, Carnicería, Béisbol, hasta Cuarentena. Son fenómenos que están, suceden, no podemos ocultarlos porque lo aprecias en el vecino de al lado o en tu propia familia. Esa es la responsabilidad del artista, lo abordas porque te interesa, porque crees que te corresponde, o lo evades, esa también es una decisión; y a mí me interesa abordarlo: el ser humano inmerso en una realidad compleja en la que no todos piensan igual.

Sobre el proceso de diálogo entre los artistas y las instituciones ¿cómo crees que es diálogo puede aportar a ese reflejo y ese compromiso con la sociedad cubana?

Ese diálogo necesariamente tiene que venir acompañado de cambios entre el artista y quienes nos dirigen. En el caso nuestro específico en estos momentos hemos tenido la suerte de contar con espacios de diálogos con los dirigentes de la ciudad de Matanzas, de que nos escuchen y que se solucionen determinados asuntos. Se han ocupado de cuestiones que durante años no se habían resuelto y creo que resulta meritorio. Considero que el diálogo entre nuestras instituciones debe continuar impulsando las transformaciones, los avances, las esperanzas en el ser humano y esa es la gran aspiración.

Foto de Portada: Ayose S. García Naranjo

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