Electra Garrigó, una obra emblemática del teatro cubano

Por Roberto Medina

Con motivo del ochenta aniversario de la creación literaria de Electra Garrigó por el escritor Virgilio Piñera, hemos asistido en estos días a la recordación de esta obra y de su autor en el Festival de Teatro de La Habana. No cabe duda alguna que es una de las figuras cimeras de nuestro teatro. Su variada producción literaria está entre lo más valioso y renovador producido en las letras y la escena cubana a mediados del siglo XX. En él resaltan la profundidad de sus temas y su provocador dominio del lenguaje. Con toda legitimidad, su legado es una parte consustancial del patrimonio cultural de la nación.

Desde Electra Garrigó, escrita en 1941 y estrenada en La Habana en 1948, mostró su poderosa fuerza creativa para el teatro. Estimada por muchos, poseedora de un sello claramente moderno para la época, cuyo centro estaba puesto en la audaz reinterpretación cubanizada del texto griego de Electra. Sus personajes los renombró de modo híbrido con un apellido criollo, Garrigó, agregado al nombre griego. Vestidos además con ropa cubana y el coro de la tragedia en escena, resonante de orgullo y vivacidad nacional bajo el sonido de la Guantanamera.

La asimilación del referente clásico lo trataría con una fuerza creativa deslumbrante en la ambición de desarrollar una puesta en escena, que apuntando a los valores universalistas de la cultura griega, transitara en un acto de legítima y creativa traducción cultural con el roce directo de raíces identitarias de nuestro territorio insular. El manejo intencional de la intertextualidad ineludible, especialmente con el texto de Sófocles, fue asumido de una manera libremente desenfadada a la vez de rigurosa, convirtiendo esta versión de la obra procedente de la Grecia antigua en una auténtica pieza cubana a pesar de conservar los personajes originales, para a través de ella hablar desde y sobre lo nacional. Ese fue su objetivo mayor. Y paso a aclararlo.

Con su provocador gesto literario y escénico, incitó a polemizar en ese momento cultural cubano sobre la validez artística de beber directamente en fuentes culturales universales, unida a la posibilidad y el derecho autoral de hacer con esas procedencias una obra re-contextualizada de un sabor cubano en lo esencial. Esas frescas apropiaciones estaban fundando un modo nuevo de hacer arte teatral entre nosotros, despojado de viejas convenciones. Buscando una originalidad, propia de la orientación moderna. Pudiera verse en eso su interés de desmarcarse con una actitud de irreverencia hacia la tendencia tolerante de su época a sobrevalorar de un modo intocable y sacralizado a obras del repertorio culto europeo, ante el cual se bajaba la cabeza en acto de respeto, que Piñera sentía excesivo. Sin dejar por eso de reconocer la gran valía de esas fuentes culturales, como evidencia el haber partido del texto griego con mucha sabiduría y sedimentado conocimiento. Su propuesta modificadora reformularía la estructura temporal del relato, las motivaciones de los personajes y el trenzado de las situaciones.

Apenas iniciada la década del cuarenta nuestro panorama cultural había comenzado a mostrarse dispuesto a una activación por la labor intelectual de algunos jóvenes creadores que se mostraban inquietos por encontrar vías alternativas en diversos campos culturales de nuestro país, signados por un abierto rechazo a la actitud conservadora instituida por la cultura oficial que propiciaba el mimetismo de la cultura extranjera. Esos jóvenes se presentaban afanados en realizar una potente renovación cultural, lejos del respaldo de la crítica convencional, y fuera de sus miras el alcance de un holgado beneficio económico. Progresivamente, ese pequeño número de artistas iría creciendo, haciendo girar el espíritu cultural de aquel tiempo hacia la necesidad de abrirse la cultura cubana a un fuerte deseo de cambios en los años subsiguientes.

El espíritu renovador en el cual se inscribe Piñera, formaría parte indisoluble de esos esfuerzos de los artistas, literatos e intelectuales cubanos en el segundo cuarto del siglo XX por abrirse a explorar nuevas maneras de ver la cultura del país, a partir del influjo creciente de los cambios vanguardistas en el arte y el pensamiento en Europa que por entonces pautaban las aspiraciones renovadoras cubanas más auténticas, sin por ello plegarse ante aquellas, reflejo de una autoconciencia cultural que crecía impetuosamente en esos años.

Esta era una forma de resistencia cultural ante la mentalidad subordinada, acostumbrada al respeto extremo a las formas de hacer de las culturas europeas, en la supuesta creencia de ascender la nación a la alta cultura mediante la asimilación de esos modelos foráneos, sin pretender imprimirles un verdadero sello propio, porque respondía al modo adocenado y congelado de comportarse el conservadurismo de los valores instituidos por la cultura burguesa en las primeras décadas del pasado siglo en el país; cuyos menguados afanes creativos acostumbraban a amparar, patrocinar y dar lauros al acomodo y la complacencia retórica a esa cultura exterior.

Eran aquellos los tiempos formativos de una emergente cultura plástica de orientación moderna, anunciada claramente en la creación de un pequeño número de artistas plásticos cubanos que venían dando muestras de gran pujanza en los años treinta, alcanzando premios en los Salones nacionales celebrados a fines de esa década frente a representantes distinguidos de la pintura académica, a partir de la asimilación de la vanguardia europea, pero inspirados de una manera libre respecto a esos referentes, e insuflados de una intensa energía creadora de sello novedoso para expresarse de una manera muy personal y desembarazada, buscando expresar ante todo lo nacional a partir de la recreación de esos contactos culturales en temas y formas, los cuales habían asimilado de forma aleatoria en viajes al exterior, en temerarios gestos libertarios de nuestra cultura.

Mientras eso se producía en la plástica, cierto apego al respeto a la tradición con poca osadía, se mantenía fuerte en lo teatral, evidenciado en un acontecimiento notable en la primera mitad de los años cuarenta con la estimable labor del teatro universitario, interesado en representar con celo reproductor a autores clásicos, muestra de la pervivencia de ese respeto a la cultura mundial, sin atreverse a impregnarle arriesgadamente un sello propio y radical en su reinterpretación; como si esos viejos principios estéticos debieran seguir gravitando todavía sobre nuestra escena nacional.

Algo que se había estado removiendo del estancamiento, no solo en la plástica sino en diversos campos de la cultura cubana desde unos años antes por el emergente espíritu rebelde de algunos miembros de nuestra intelectualidad y artistas de avanzada, en su afán de expresar y ser reconocido el valor de lo nacional, sin mostrar complejo ante la cultura europea, con el empeño de ir alzando la nuestra a nuevos y más ambiciosos horizontes. Eran jóvenes creadores, ávidos de encontrar un cauce fértil y renovador, direccionado a modernizar la cultura nacional.
Siguiendo esas efervescencias creadoras de la época y la suya propia, Piñera buscaría escribir para el teatro con un sentido más espontaneo y genuino, en el afán de desbrozar de malezas a la escena cubana con el aporte de su voluntad e inteligencia. Su propósito era acercarse a un modo de hacer diferente respecto a los modelos dramáticos nada arriesgados que eran la tónica dominante por entonces, separándose abiertamente de la cultura de la sociedad burguesa cubana, gustosa de vivir extraviada en lo cultural, satisfecha en la contemplación y práctica artística de ejercicios convencionales. Para esa parte del público no escribiría Piñera.

En su manera de ser y de escribir se explicitarían elocuentemente los signos de su persona, desafiante y rebelde. En consecuencia, se sacude pronto de esas blandeces intelectuales y arroja incisivas las propuestas suyas, diríase mejor, mordientes. Con el instintivo propósito de dejar marcas, huellas difíciles de borrar. Con Electra Garrigó lo consiguió y luego lo continuó años más tarde con otras obras hasta los años sesenta, dirigida la creación teatral hacia otras vertientes artísticas, signadas igualmente por lo renovador y el riesgo creativo de avanzadas y polémicas experiencias en lo moderno.

Como hombre vanguardista clamaba por nuevos aires culturales. Nuevos principios. Nuevas miradas. Nuevos derroteros a la dramaturgia nacional. Nuevo, nuevo, sería su palabra de orden. Era lo deseado para sí y para la cultura del país.
Entonces, la pregunta que nos asalta sería: ¿por qué siendo un intelectual tan apegado a las ideas de avanzada literaria de proyección moderna vanguardista, como daría pruebas reiteradas en su obra posterior en su interés siempre renovado hacia una experimentación muy moderna, atraído por nuevas corrientes creativas internacionales, se interesó en escribir Electra en sus comienzos literarios, asumida con tanto conocimiento de la cultura del mundo clásico griego? ¿Es porque aún no tenía claro el horizonte hacia donde se movería? De entrada, eso da prueba que Piñera no fue un hombre alejado de los saberes clásicos. Todo lo contrario. Estaba formado en ellos.

Creo que la respuesta está en que detectó en Electra a una personificación con unos bríos y una fuerza de arremetida, con la cual personalmente él se identificó de inmediato, no solo de manera emotiva. Estudió al detalle el texto griego y lo recompuso para redirigirlo en ideas a sus propósitos de autor. Vio en el personaje de Electra a un alter ego suyo, al verse reflejado en el temperamento, la rebeldía y el sentir de esta, destinada para una acción decidida, la de sacudirse toda tutela reductora de su voluntad individual. Encontraba una similitud entre los dos. No se trataba de estar movido por un ejercicio de mera apropiación académica del texto ni de complacencia estética en donde recrearse. No hay nada en Piñera de estar movido a la recreación nostálgica de un pasado cultural. Todo lo contrario. Diríase que estableció una actualización mediante una relectura cuidadosa de la Electra griega. Una tarea trazada por nadie más que él mismo, denotando su grado de emancipación creativa. Y la sagacidad de su mirada hacia una renuncia al historicismo.

El haber detectado analogías situacionales entre Electra y él, a pesar del enorme tiempo histórico transcurrido de la antigüedad griega, es, a mi manera de ver, lo que debió motivar a Piñera a recontextualizar esta obra, volcando en ella sus propias inquietudes, su cólera y su manera de dar respuesta a sus interrogantes como persona y artista. Por eso creo que su Electra es una íntima transposición y una transpiración de su Yo, de sus deseos y rechazos más profundos, de esos que le desesperaban por impropios culturalmente en aquel momento epocal.

A tenor de esa identificación que sospechamos haya tenido lugar en sus motivaciones creativas se enfocó a una lectura profunda de la referencia griega y volcó en ese resultado sus inquietudes de joven autor. Al efecto, modeló la estructura de la obra, convirtiendo a este personaje en punta de lanza de sus propios ideales de independencia literaria. Por tal razón, encausó a ese personaje con brío, convertida en detonante para desacralizar y desacreditar los presupuestos esgrimidos para la legitimación y acatamiento forzado a valores, sentidos extraños por el personaje, en tanto aspirante a otros derroteros de vida, lo cual coincidía con los suyos. Con lo cual emplearía la figura a servirle de fundamento argumentativo a su intrepidez autoral en el panorama que observaba en el mundo literario cubano. En las palabras de Electra van las suyas en defensa de los valores de su autonomía creativa. Este sería el centro de su atención dramática. Por eso, en su interpretación de la obra griega, se arriesga y otorga una fuerza y valor mayor a la protagonista que el alcanzado en el mundo griego. La está redimensionando a los propósitos artísticos de dar voz argumental a su enfrenamiento personal como autor ante un contexto cultural mojigato y reductor, no preparado ni dispuesto a aceptar grandes transformaciones teatrales.

A ese fin, dota a este personaje de un valor sicológico complejo, condicionado doblemente por la razón y la ira emocional, en su actitud de irreverencia y desacato hacia la autoridad de sus progenitores, matizado con sutileza por modos de hablar en cercanía a nuestro contexto nacional, sin vulgarizarlo. Se trataba de acercar en conjunto la sicología de los personajes en Electra a nuestra contemporaneidad, sin traicionar la referencia griega.
En esa actualización, no puedo menos que desplegar mi imaginación y ver mentalmente a Piñera haciendo una lectura apasionada del texto griego, al hacer aflorar a su Electra enfrentada con un estoicismo virtuoso y severo a las egoístas y arbitrarias decisiones de su situación epocal, y su vehemente decisión de extirpar de raíz el mal social de ser los padres quienes determinen por sus hijos, es decir, el ejercicio de una imposición de autoridad, por mostrarse carente de razones de legitimidad.
Situación sentida por nuestro autor cercana en ambiente sicológico a la de él, por considerar necesario un cambio en los valores culturales de la literatura dramática y la escena cubana, en dejar atrás los envejecidos códigos, improcedentes para los nuevos tiempos. Rechazaba la perpetuación arbitraria de valores pertenecientes a un pasado que se había hecho vetusto. Era evidente que se mostraba partidario de hacer aflorar en el teatro una nueva filosofía creadora, penetrante y temeraria. Era la intuición del germen de la potencialidad creadora, sumamente trasgresora, que seguiría pautando con posterioridad la razón de ser de su manera personal de hacer arte. Estaba construyendo de esa manera tan temprana los principios estéticos de una tremenda independencia autoral, netamente moderna, sustentada en la libertad de creación, desafiante y arrasadora de convenciones que pudiesen haberse asentado en un letargo. Estos argumentos actúan de voceros inaugurales de los que se desplegarían subsumidos en su obra posterior, sin tener que enunciarlos ulteriormente como actos de su propia defensa literaria en el transcurrir de los años. Electra Garrigó tiene esa misión permanente. Se la dio su autor.
Bajo esta mirada que propongo, identificado estrechamente con el personaje, hace reajustes interpretativos en la construcción del personaje de Electra y en los otros para reacondicionarlos a sus fines. Para él era importante resistir y rebelarse contra convenciones limitadoras de las búsquedas creativas, necesitadas de reformulación; procediendo a desmantelar la legitimación con que se revestían esos argumentos envejecidos, lo cual está en ciernes en la manera en que pone en la voz de Electra mordaces argumentaciones. Usaría la estrategia de convertir en adalid a esta figura. Sería literalmente su campeona, para librar la batalla enfrentada a sus padres, decidida, e implacable en su confrontación con esos dos representantes de las fuerzas conservadoras que eran Agamenón y Clitemnestra, empecinados en mantener bajo sujeción y coacción la voluntad personal de los dos hermanos.

En las batallas que libra Electra contra sus padres, vería con suma inteligencia, una salida radical necesariamente trágica. Salió a combatir y a vencer como hiciera Electra, aunque eso le costara. Resaltar el salir victoriosos, ella y él, en sus luchas respectivas significaba que los libraba de seguir un sentido impropio para los tiempos nuevos.
Situada la problemática suya de escritor en la analogía a lo perseguido en esencia por Electra, haría una aproximación intelectiva entre las posiciones asumidas por esta respecto a sacudirse las arbitrariedades y el sojuzgamiento de sus padres, y su interés de no seguir códigos desactualizados para las letras y la escena, inoperantes a los fines y visiones de un nuevo momento cultural en ciernes, diferente al tedioso conservadurismo que todavía frenaba una apertura abierta a la modernidad, a una nueva dinámica cultural a comienzos de los cuarenta.
Bajo los argumentos que debaten los personajes en esta tragedia se encargaría de lanzar en una implicada parábola, su protesta y desafío a la cultura adocenada de la época republicana y a sus defensores, por ver en estos a los representantes de un orden envejecido, deseosos de permanecer ejerciendo sus dictados culturales y modos de entender la vida, situándolos por encima de los intereses de los representantes de la juventud, personificados en la obra por Orestes y Electra.
Bajo Electra operaba Piñera. Convertida en su otro Yo. Como un alegato funciona la obra en su conjunto, pues de un modo implícito avanzaba las razones de por qué se hacía imprescindible un modo de actuación novedosa. La situación escenificada indicaba atravesar un proceso de cambio, y debían darse respuestas estimuladoras, no coactivas, a las aspiraciones emergentes de jóvenes, que solo buscaban encontrar su propio espacio vital en su momento histórico.

Las luchas de poder entre los personajes principales de la obra cubana no son políticas en un sentido estricto. Lo fueron en la polis griega donde los personajes del mito eran representantes de las más altas esferas de gobierno, y aun así se destacaban notablemente en lo representado las relaciones humanas. En la Electra de Piñera, el círculo de acción implicado es más circunscrito a los conflictos de poder en lo interno de una familia, la familia Garrigó. No obstante, las repercusiones de los actos de los personajes en la versión cubana van más allá de la familia y traspasan a la sociedad, al esgrimir la obra la idea de ser necesario abrirse a una acción renovadora para sortear tensiones y construir un camino de realización firme entre generaciones.
Se afilia su autor con esta obra a las ideas de la lucha generacional, muy debatidas por entonces en los años treinta y cuarenta. De cómo los hijos y los padres difieren en intereses y aspiraciones. De los modos de educar y de responder los jóvenes ante las exigencias de los progenitores, en un supuesto deber de ajustarse a acatar los horizontes que estos les trazan con vistas a su proyecto de vida, aceptables cuando son fértiles, pero inaceptables cuando se trata de modo estrecho, arbitrario e injusto, sin conciliar con ellos, desoyendo totalmente los intereses de los hijos.

De modo semejante le ocurre a Piñera en cuanto a su resistencia a aceptar las convenciones culturales heredadas en su época en lo literario y lo dramático, sentidas por él como insatisfactorias, a las cuales se opondría y rechazaría abiertamente, no solo entonces durante su creación en 1941 y su escenificación unos años después. Le viene porque él, el personaje de Electra y la obra como tal, son expresión genuina de espíritus renovadores que desbordan las limitaciones que encuentran a su paso. No estaba dispuesto a que le dijeran cómo debía escribir y mucho menos a acatar un deseo arbitrario de imposición, ni Electra a someterse al egoísmo y proyecto desatinado de sus padres.

Según intuyo se hace sentir aquí, ya estaba en Piñera la idea que debía abrirse la cultura nacional y sus instituciones a un clima favorable de exploración a un orden literario diferente; impulsado por una nueva dinámica, con otro ritmo y propósitos artísticos que los acostumbrados por la cultura oficializada de entonces. Donde los modos de pensar del pasado, si bien fueron actuantes en otro momento, se convertían en un freno a las aspiraciones existenciales de una generación más joven, ávida de una independencia de acción que no era la deseada y propugnada por quienes bajo subterfugios encubrían intereses egoístas de sujeción.

El error trágico según se presenta, resulta ser la manera obligada de pretender imponer modos de ser contra los deseos de estos, aunque se propusieron justificarlo. Olvidando que fueron en otro momento hijos de otros a los que muy posiblemente se opusieron, y buscaron su propia expresión de vida. Esa vida en la cual se realizaron y desplegaron sus años de juventud hasta desbordar la madurez. Y que ahora ya endurecidos quieren transponer en una fijación artificiosa a su descendencia.

Está claro que el pronunciamiento declaratorio de la Electra de Piñera es que cada época tiene necesariamente un aliento y destino propio que ha de seguirse para alcanzar su plenitud. De lo contrario sería la ruina al plegarse, y abandonar aspiraciones e ideales de vida, trocados por las ideas de sus antepasados, siendo imposible cuando ya no se sienten identificados con estos porque han dejado de significarles. Algo que la dinámica social y cultural constata históricamente de una manera recurrente como si se tratara de una ley mayor.

Esta historia dramatizada de Electra resalta por adquirir una connotación trascendente que no se agota en su valor enunciativo, como ocurre igualmente en los mitos, siempre preservadores de la memoria y las enseñanzas fundamentales para la comunidad, que reproduce en su recordación simbólica la actualización del significado social del mito.

Esa vigencia de significación de alcance permanente se da en lo interno de esta obra cubana al transcurrir la recreación de lo mítico en un interesante trascurrir de lo temporal de los sucesos mostrados como si se tratase realmente de un no-tiempo, de un tiempo que no discurre en una realidad concreta, terrena, donde cada nueva activación del texto estaría encausada a volverlo hacer actual, sirviendo de reflexiones éticas permanentes acerca de las conflictividades que se dan en el comportamiento humano a lo largo del tiempo, a las que hay que volver una y otra vez a repensar. Es decir, desplegó una edificante e instructiva historia intemporal en Electra Garrigó, capaz de seguir emitiendo su proclama para todos los tiempos, y no obstante, es una pieza contemporánea. Sustentada en un espíritu deudor de lo griego, esta obra se instala en un eterno presente como pretende siempre el mito, en no ser lo propuesto nunca caducable, de valor transitorio, dispuesta eternamente a servir de enseñanza para los hombres.

Con estos presupuestos de trasfondo proclamados polémicamente con agresividad y firmeza artística en sus comienzos creativos, Electra Garrigó se convirtió de una manera sutil en una declaración de principios de este autor. Aunque no se haya percibido así. Ese es el secreto artístico. Una interrogante dejada en suspenso para que alguien en algún momento la perciba y le imponga en su lectura su sello.
Con semejante fuerza de texto y escenificación Electra Garrigó no podía pasar inadvertida. Desde entonces las propuestas teatrales y literarias de Piñera sembrarían polémica en el público y la crítica. Hizo del personaje de Electra su espada, blandida desde su comienzo como escritor, para demoler calladamente a través del método indirecto del arte a las actitudes que quisieran un estancamiento o letargo en el panorama literario y escénico nacional, apegadas a formas obsolescentes, erizadas de temor ante formas transgresoras de las convenciones artísticas.
Es muy probable que Piñera se haya sentido en su intimidad creadora muchas veces bastante solo a lo largo de sus años de creación, porque pareciera haber sido consciente de estar signado su destino en la vida a la responsabilidad de atacar demoledoramente las convenciones, en medio de la borrasca literaria de su época.

Creo que intuyó en Electra Garrigó, en plena identificación con este personaje, que el esforzarse en el cumplimiento de un destino literario y escénico trascendente conlleva muchos riesgos y vicisitudes, pero a pesar de esa latente incertidumbre, como ocurriera con Electra, Piñera asumió su destino, aquel que se había trazado él para sí, y no el que otros hubiesen querido. Hacia él encaminó sus pasos con esfuerzo. ¿Dudas tendría? ¿Temores? Seguro. Pero no se amilanó. Siguió adelante. Como su protagonista, se mostró decido, fuerte, valiente, osado, con una callada angustia subyacente. Ese es su horizonte ideoestético personal, dispuesto a dar batalla en franca lucha con su contexto cultural. E igualmente, como Electra, el camino en la vida no le sería fácil. En eso marchan unidas indisolublemente la monumental grandeza propia que le asiste y la de su personaje.

Imagen de Portada: Archivo Cubaescena

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