El teatro como propósito

Roger Fariñas Montano es un joven dramaturgo cubano que apuesta por nuevas formas de hacer y concebir

Por Iris Celia Mujica Castellón

ROGER Fariñas Montano probablemente no sea el nombre más reconocido o divulgado entre tantos, célebres y avezados, dramaturgos cubanos. Ni siquiera es una cuestión de suerte u oportunidades; es, todavía, una cuestión de momentos. Desde su bien aprovechada juventud, asoma el alma curtida de quien ha vivido en creación constante, de sí mismo y de una narrativa que no desea definir, pero que tiene destinos muy claros.

Sabía, de algún modo, que su esencia llevaba signos teatrales. Empezó por la actuación. «Era algo que me pulsaba de forma inconsciente, porque mi padre era actor y docente en una academia de teatro, así que crecí viéndolo en aquel ambiente, pero él nunca supo que me interesaba hasta que se enteró, por casualidad, de que yo había aprobado los exámenes para la escuela de arte». Sin embargo, resultó muy fácil encontrarse.

«No he considerado volver a pisar un escenario, al menos no como actor. Cuando en 2010 publiqué mi primera crítica se activó una especie de chip que no sabía que tenía… Creo que en la escritura y el análisis he podido canalizar mis propósitos con el teatro».

Desde entonces no para de escribir. El creador espirituano es autor de obras como MorboTragedia de una mujer estéril, Víktor y Colapso. Las tablas de Argos Teatro, Cabotín, Pálpito, Agón y Los Impertinentes lo han visto como asesor dramático, director escénico, asistente de director; roles que también ha probado fuera de Cuba.

En una relación de insaciable deleite y demandas continuas, Fariñas entiende que «el teatro no es un hobby ni un mero oficio, sino un propósito, un modo de vida».

—¿Cuántos años entregados a las artes escénicas?

—En enero, justamente, cumpliré 15 años. Comencé desde la secundaria, localizo mis verdaderos inicios cuando entré al teatro profesional como actor en Cabotín Teatro, grupo que dirige mi maestro Laudel de Jesús. Hasta la fecha han sido cruciales en mi formación la Escuela de Instructores de Arte y la carrera de Teatrología en la Universidad de las Artes, el ISA. Pero si algo tengo claro es que la verdadera academia ha sido estar en el día a día de los ensayos, los entrenamientos y los procesos de montaje. Lo esencial es lo adquirido allí en el fogueo de la práctica.

—¿Cuándo empieza a escribir sus propias obras?

—Cuando mi amigo Kiusbell Rodríguez me comentó que quería montar una obra que partiera del cuento El retrato, del escritor Pedro de Jesús. Hasta ese momento yo solo había escrito críticas y reseñas, poesía y algunos intentos azarosos, incluso diría que fallidos de escenas teatrales. Acepté el reto de levantar un texto dramático a partir de aquel relato que tanto nos gustaba, y es cuando nace Morbo. Luego vinieron las piezas Tragedia de una mujer estérilVíktor y Colapso.

—¿Qué define el teatro de Roger Fariñas?

—Con el tiempo los especialistas ya se encargarán de definirlo mejor, porque puede que ni yo mismo tenga una afinada percepción de mi teatro. Pero sí sé que aspiro a un teatro críptico, sensibilizado y retador para los espectadores. Apuesto, y siempre evoco la célebre frase de Arthur Miller, por un teatro donde la humanidad se enfrente a sí misma. A partir de ahí, mi inclinación por estos o aquellos cimientos teóricos para la praxis depende mucho de la historia que quiera contar y de cómo quiero hacerlo, en tanto respondan, eso sí, a mis reclamaciones estéticas.

—En una entrevista para Cubaescena ha dicho que su obra Tragedia de una mujer estéril encuentra en Yerma, de Lorca, una inspiración definitiva. ¿Qué otra influencia reconoce en su trabajo como dramaturgo?

—Son diversos y eclécticos mis referentes e influencias. En este caso partí de ese tremebundo tema lorquiano que es la infecundidad de la mujer, penetrando en otros —acaso más caros al ser humano— como la esterilidad del matrimonio, de las relaciones humanas, del amor y de la palabra. Es una obra que cuestiona, desde el presente, conflictos del hombre perceptibles en la historia del teatro universal. No hay que inventar nada, los grandes temas del teatro y del arte en general ya están más que planteados. Dicho esto, puedo confesar que me siento fuertemente influenciado por autores como el inglés Harold Pinter, el francés Jean-Paul Sartre, el español Josep María Miró y el cubano Abel González Melo, pero, insisto, todo depende de lo que quiero contar.

—¿Qué autores cubanos despiertan el interés de Roger Fariñas? Si tuviera que hacer un breve inventario de la dramaturgia cubana actual qué nombres incluiría.

—Hay un grupo de autores muy interesantes con los que congenio, y que han creado una marca importante dentro del teatro cubano actual en las últimas dos décadas. Es en la versatilidad y la confluencia de poéticas escriturales —y las distinciones generacionales— que cada uno defiende a ultranza, según sus muy particulares ambiciones, que puedo aludirlos: Ulises Rodríguez Febles, Carlos Celdrán, Yerandy Fleites, Amado del Pino, Norge Espinoza, Fabián Suárez, Yunior García, Roberto Viña, Rogelio Orizondo y Erduyn Maza. Y las autoras Nara Mansur, Lilian Susel Zaldívar de los Reyes, Agnieska Hernández,
María Laura Germán y Laura Liz Echenique. Este no es un inventario definitivo, evidentemente, pero es lo más parecido al mío.

—Las distancias entre Morbo y Titiritista (obra infantil), hablan de su versatilidad creativa. ¿Prefiere una vertiente teatral específica?

—Es interesante que menciones Titiritista, porque es una obra que prácticamente había olvidado. La escribí inspirado, sobre todo, por el nacimiento de mi hija Camila. En la crítica teatral, que ha sido el perfil en el que más me he desarrollado, nunca he tenido distinciones por un teatro u otro, o por una vertiente u otra. He escrito sobre los espectáculos de Argos Teatro y El Público con el mismo entusiasmo que los de Teatro de Las Estaciones y Teatro La Proa, por poner estos ejemplos puntuales. Y en la dramaturgia me sucede similar, aunque he escrito más teatro para adultos.

—¿Existen suficientes espacios para los jóvenes creadores?

—Nunca serán suficientes. Pero aquí la cuestión es, sin ánimo de juzgar, la siguiente: ¿los espacios que existen son siempre (bien) aprovechados por los jóvenes creadores?

—De su paso por La Belloch española, ¿cómo fue la experiencia con esta compañía? ¿Qué dejó allí, qué aprendió?

—La Belloch es una compañía de una importante trayectoria dentro del panorama escénico español. Fue una suerte poder trabajar y estrenar allí Ataraxia, una «comedia en tiempo de treta» escrita y dirigida por Abel González Melo, en la madrileña sala Lagrada, dentro del Festival Surge Madrid. Además de las emociones que traen estreno y temporada, siempre tiene prioridad para mí el proceso de montaje y todo lo que allí se sudó, se aprendió, se polemizó y se creó en la sala de ensayos junto a los actores y el equipo artístico.

—El libro Puntos de fuga. Una década con Argos Teatro (2010-2020) saldrá publicado bajo el sello de Ediciones Alarcos. ¿Cómo surge la idea? ¿Qué representa en la trayectoria profesional de Roger Fariñas?

—La idea de este libro surge mientras me encontraba en el Festival Iberoamericano de Cádiz, donde participé con una ponencia sobre el tema Teatros e interven­ciones sociales y políticas. Puntos de fuga es un libro que se fue fraguando, como lo explico en el pórtico, en los dos últimos lustros, a partir de mis constantes visitas como público y la labor como crítico acompañante del devenir creativo del grupo. Algunos de los 14 textos críticos que lo conforman han aparecido en revistas y periódicos, otros simplemente han permanecido inéditos, aunque todos adquieren aquí un nuevo sentido discursivo.

«Es también mi homenaje al maestro Carlos Celdrán y su nave argonáutica en su aniversario 25».

—¿Cómo revertir y aprovechar la adversidad del contexto en nombre de la cultura y la creación?

—Trabajando. Peter Brook dice que cuando el teatro es necesario, no hay nada más necesario. Para mí el teatro es eso, esencialmente, una necesidad tan básica como el oxígeno, el agua, las pulsaciones. Así como el teatro me salva, trabajando, trabajando, trabajando… revierte la perplejidad y los infortunios del contexto que estamos soportando.

Fuente: Juventud Rebelde

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