Del teatro de grupo o las posibles coordenadas para ser una familia teatral

Al Teatro Papalote en su 59 cumpleaños.

Por Rubén Darío Salazar Taquechel

Yo entiendo al teatro de grupo, como el álbum familiar escénico que contiene las imágenes que dicen de dónde venimos y hacia dónde vamos. Nunca he podido encontrar una fotografía del montaje titiritero Retablillo de Don Cristóbal, de García Lorca, a cargo del Grupo Escénico Libre (GEL), fundado en 1941, con la presencia imprescindible, entre otros artistas, del dramaturgo, actor y director cubano Eduardo Manet, amante del teatro de figuras. No existe hasta ahora ni una instantánea que pudiera mostrarme como era aquel espectáculo de 1949, en el pasado siglo XX. Nada más parecido a una jugarreta de la vida, si pretendo hablar de los tiempos fundacionales del teatro de grupo en el género titiritero, de personas entregadas al arte de la representación, comprometidas con una ética profesional, defensores de la interacción de individualidades con colectividades y otros asuntos afines a las tablas.
Inspirados en aquella función del Retablillo… por GEL, en el antiguo Palacio de los Yesistas de la capital, los hermanos Pepe y Carucha Camejo, fundaron en su casa un guiñol titiritero. Ese núcleo representa en nuestro país el inicio de una tradición que se convirtió en 1956, con la llegada de Pepe Carril desde el oriente de la Isla, en Guiñol Nacional de Cuba, y finalmente Teatro Nacional de Guiñol, en 1963, tras haber fundado ellos mismos, entre 1961 y 1962, cinco guiñoles en las cabeceras de las provincias que conformaban en ese período el mapa nacional, topografía imantada por el fervor popular del triunfo de la Revolución en 1959.

La gesta nacional de los Camejo y Carril al crear estos grupos de títeres, estaba en sintonía con el proceso ideológico que vibraba en toda la América Latina, del cual Cuba fue y sigue siendo paradigma y referencia, ya sea por las razones que insistían en el rescate identitario de nuestras culturas o por los nuevos destinos y oportunidades sociales que se le brindaban a los segmentos de la población menos privilegiados.

De esa primera fundición nació el Guiñol de Matanzas, en 1962, convertido posteriormente en Teatro Papalote, nombre que ostenta hasta la fecha. Aquellos cinco guiñoles se convirtieron en grupos estables, tres de ellos en activo, con resultados disímiles unos de otros, sobrevivientes a varias reestructuraciones burocráticas en lo que a organización y producción se refiere.
Cualquier definición, característica estética, alcance y proyección actual de Teatro de Las Estaciones, halla su nacimiento en ese grupo madre, con más de cinco décadas de labor profesional. Nuestro origen, como el de cualquier grupo que sobreviva cinco, diez, quince años, hasta llegar a la veintena, sin perder el espíritu de los primeros días, se basa en el liderazgo de cabezas tractoras, cuyas aspiraciones pasan por la consolidación de una célula creativa preñada de pareceres y avatares, conscientes siempre de que el teatro no es solamente un medio de diversión, sino un arte de “infinitas posibilidades, capaz de interesar a todos”, como ya reconocían desde el siglo pasado los grupos titiriteros fundadores.

Entusiasmar e interesar a todos los que integran Teatro de Las Estaciones, desde el actor más avezado al utilero de reciente integración, es una intención que pasa por el conocimiento, la sensibilidad y el sentido esencial de nuestra profesión, lo cual no quiere decir que haya sido tarea fácil ni aún terminada. A los diez años el ciclo de nuestro grupo se enriqueció con la entrada de un nuevo actor. A los quince años hubo nuevas entradas y despedidas. Nuestra nómina se volvió a enriquecer. Lo mismo sucedió a los veinte y a los veinticinco. Son variaciones naturales en el árbol genealógico de cualquier teatro de grupo, transiciones que no nos debieran convertir en negadores de nada, sino en dignos continuadores de los grupos anteriores.
Tener conciencia de grupo no es para Teatro de Las Estaciones desechar, rechazar o excluir aquello que no comulgue con nuestra estética o concepto creativo. Esas diferencias forman parte del ámbito artístico en que avanzamos o hacemos una pausa. Los altos son necesarios de vez en vez, permiten otear el horizonte y seguir en viaje. Ni siquiera nos sentimos dueños de logros que posiblemente fueron ya soñados, plantados o elucubrados por nuestros colegas antecedentes, de otra forma, en otros contextos, con otro nivel de información. Los teatros de grupo somos familias consanguíneas en utopías y riesgos. Es una tamaña tontería proclamarnos totalmente originales, mucho menos en estos tiempos donde los vasos comunicantes padecen de una virtualidad sutil que llega hasta las tres y cuatro dimensiones.
La tradición y la memoria. Lo que sale y lo que entra en materia cultural en nuestros países, que son las mejores metáforas de nuestros grupos, debería acompaña nuestro trabajo como un escudo encendido. Somos núcleos humanos que intentamos sobrevivir desde la creación en tiempos de una comercialización desmedida, que vitorea lo banal y es ladrona del ejercicio del pensamiento. La pandemia ha venido a trastocarlo todo, también a definir las posiciones de cada célula teatral en activo. Hay algunas heridas de muerte que ya exhiben, por ley de vida o ausencia de estrategias, fecha de caducidad.

¿Cuál será el futuro del teatro de grupo? Podríamos hacernos la misma pregunta acerca del futuro del ser humano, espécimen grupal por instinto. Los teatros nacieron siendo familias. Algo de ello debe quedar en los grupos que todavía se mantienen reunidos y esperanzados, cual una cofradía artística difícil de ser arrasada, como no sea por mediocridades o miserias humanas, el peor veneno para cualquier colectivo de creación.
La preocupación mayor de hoy para los grupos de teatro no ha de ser conservar el secreto, el método o el training cotidiano, guardándolo bajo siete llaves, con zonas camufladas o legadas a medias. Lo que verdaderamente importa es compartir nuestros hallazgos, conscientes de la precariedad del ente que somos, tan efímeros como el mismo teatro. Todo debe ir a los libros, materiales audiovisuales, discos, memorias digitales. Compartir es el más fuerte sinónimo de comunicación, de expresión vital, de la más auténtica regeneración de lo que hacemos.
No pude aplaudir la puesta del Retablillo…, por el grupo GEL, que tanto emocionó a los hermanos Camejo hace más de setenta años. La vida, en cambio, me regaló poder conocer y conversar con la directora, actriz y dramaturga titiritera Carucha Camejo. Intercambio que me permitió concebir junto al dramaturgo y crítico Norge Espinosa, un libro sobre la vida de aquel grupo fundacional*.

Rescatar y recolocar el joven linaje del retablo cubano me llevó a estar, desde 2019, al frente del Teatro Nacional de Guiñol, sin abandonar Teatro de Las Estaciones. He tenido el privilegio de alternar y aprender con los alumnos más directos de esos pioneros del títere cubano. Unos han sido mis maestros y otros mis colegas. A todos les agradezco inmensamente.
Al igual que nacimos nosotros de Teatro Papalote, han salido de Teatro de Las Estaciones personalidades que serán los líderes de nuevos grupos. Puede también que suceda con nosotros lo que me ha pasado con el Grupo GEL, que alguien dentro de muchos años, no tenga ni una foto para mostrar de Teatro de Las Estaciones. Me conformaría, por lo menos, con que ese alguien nos pudiera reconocer, aún sin imágenes, como parte del árbol genealógico natural e infinito de los teatros de grupo en nuestro país.

 

*Norge Espinosa y Rubén Darío Salazar: Mito, verdad y retablo: El guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, Editorial Unión, La Habana, 2012.

Fotos tomadas de la página oficial de Facebook de Teatro Papalote.

 

 

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