Danza Espiral tiene Pase a bordo

Por Roberto Pérez León

Generalmente los work in progress se quedan en un trabajo que empezó y se varó por falta de deseos de continuarlo por desidia o por insuficiencias creativas, carencias materiales, etc. etc. etc. Uno de esos etcéteras puede ser que lo que se empezó a hacer en una dirección se torció y no llegó a ninguna parte, y quedó sin rumbo; y, como es mejor algo que nada, entonces en el catálogo de la agrupación escénica se anota tal o más cual work in progress, y hasta ahí las clases porque el tema no dio para más lecciones.

En realidad son contadas las ocasiones en que se asiste a un work in progress y luego se tiene la oportunidad de ver el trabajo convertido en una propuesta escénica con hechuras definitivas, en otra expansión. Ahora bien, es  cierto que hay veces que un work in progress es nada más que una estrategia de creación que se queda en eso, que solo se echó a andar por el relámpago de una inspiración. Puede utilizarse el work in progress  como una forma de artizar ideas, como proceso sensible para la creación artística.

Como ejercicio origenista el work in progress tiene la posibilidad de un accionar que puede aspirar a ser no más que un proceso cuyas consecuencias teórico-prácticas produce recipiendariamente cierta materialidad a lo imaginado bajo el paraguas axiológico de que los procesos son más importantes que los resultados. También el móvil para emprender esta empresa puede estar en la filosofía de la colcha: uno se arropa hasta donde dé. A veces la cobija de ideas o de capacidad de expresión no da para tanto y el arropamiento no es ni “sartorial” ni platónico, y ahí es donde hay que conformarse con declarar una pieza inconclusa que no es para piano ni para la escena ni para nada más que para poner en el programa “Work in progress”. Como me identifico con el personaje “Vito Manué” de Bola de Nieve, porque no sé inglés, eso de work in progress siempre me suena a trabalengua por la anglicana juntera de pronunciaciones: “guorquinprogres”.

Así es que continúo mi comentario hablando del trabajo en progreso que hace par de años vi en el Salón de los Espejos del Teatro Sauto. Fue en agosto de 2020 y teníamos una especie de receso de la ola pandémica que nos había confinado por tres meses.

La compañía Danza Espiral, por esa indetenible espiral de ascensos que le imprime al colectivo el liderazgo de Liliam Padrón, pudo superar el aislamiento y salvar el distanciamiento social a golpe de exigencias individuales. Cada bailarín desde su casa cartografió corporalmente las instrucciones que la coreógrafa enviaba, y de ejercicio en ejercicio se fue armando el trabajo en proceso en el que estaban inmersos, hasta que decidieron mostrarlo salón de los Espejos del Sauto donde se expuso un discurso coreográfico con un crescendo anímico legítimo, con una hechura que, aunque se le notaban ciertas costuras, no dejaba de centrarse en una exploración del gesto, del movimiento con convicción estética.

Aquel trabajo en progreso ha llegado a su consagración definitiva y hemos visto el estreno absoluto de Pase a bordo esta vez en el historiado escenario del Teatro Sauto con todos los sistemas que tributan a las demandas coreográficas donde destacan el diseño de luces y la concepción sonora. Pase a bordo es la resultante de aquella intensa fisicidad que noté en el trabajo de creación en proceso donde el movimiento disfrutaba de una fuerte causalidad metafórica.

La geometría coreográfica de Pase a bordo no se desvanece. Por momentos resulta convencionalmente euclidiana pero súbitamente una tarea corporal puede potenciar al gesto, transformarlo en una corporalidad discursiva que rompe con establecimientos coréuticos. Posee un curso corporal donde la duración del nacimiento instantáneamente se interrumpe y antes de morir resucita en plenitud sostenida por los núcleos de la música.

En Pase a bordo la música es imprescindible, así  lo era en el trabajo en proceso que antecedió a esta puesta en escena. La música se enfrenta a la corporalidad, las letanías gestuales y sonoras, los pasos siguiendo lo musical y lo musical poniendo ritmo a los cuerpos, y entonces se prolongan  las acciones, cada movimiento va de la parsimonia a la intermitencia de los gestos. Nueve bailarines, la mayoría muy jóvenes, logran una progresión tonal.

El ritmo de la puesta está habitado por el rotundo espacio sonoro a veces en vivo, con voces y tambores, y otras grabado, que incide en el trance de delectación participada con el paisaje de formas y formulaciones coreográficas de Liliam Padrón.

La geometría coreográfica de Pase a bordo encaja entre los cinco postulados del sistema de Euclides. Así, dado dos puntos se puede trazar una recta que los une; cualquier segmento puede prolongarse de manera continua en cualquier sentido; se puede trazar una circunferencia con centro  en cualquier punto y de cualquier radio; todos los ángulos rectos son congruentes; por un punto exterior a una recta se puede trazar una única paralela a la recta dada.

El discurso coreográfico urdido por Liliam Padrón transparenta una intención euclideana de las formas gestuales pero igual se desvanece y entonces llegamos a una plasticidad reglada. La coreógrafa concibe nudos corporales que se escapan de lo euclideano por las solicitaciones de una poética hiperbólica y elíptica. Se entra así en una gravedad que genera curvatura en la geometría coréutica del estilo Danza Espiral.

Cuando vi la muestra de Pase a bordo hace unos dos años no percibí un apunte sino más bien como un adelanto de lo que sería. La obra en el escenario me constata que aquel ejercicio era más que un boceto, nada tenía de esbozo y sí mucho de proyecto metodológicamente estructurado.

El venablo de sentido que es todo proceso está en lo ritual. Entonces la performance en la puesta en escena debe tener la pulsión de la intratemporalidad ocurrente del espacio escénico como locación de un rito donde la fugacidad y el cambio ya no resultan ocurrencias del azar sino condensaciones sin errancias.

El proceso exige una performatividad que debe operar en el vacio para dotarlo de sentido. El chorro, el impulso del proceso arremolinan la percepción y el accionar creativo desde la originaria combustión del movimiento. Haber tenido conocimiento de las tácticas relacionantes en el proceso de montaje de Pase a bordo me ha permitido considerar mejor la naturaleza de las calidades performantivas que debe preservar la danza cualesquiera sean sus concurrencias y causalidades.

La puesta en escena debe ser un suceso a base de elisiones para mantener una continuidad en la diversidad y la ruptura,  eso se llama dramaturgia funcional.

Fotos: Ernesto Cruz

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