DamasDanza(s) Laura Papa, Argentina

Creadora y performer, investigadora, docente, Especialista en Crítica y Difusión de las Artes. Periodista especializada en danza, publica artículos y críticas en diversos diarios y revistas.

Danza en contexto, los desafíos del futuro pospandemia

Ya hace apenas más de un año, en los primeros meses de la pandemia, nos preguntábamos qué le dejaría al mundo este acontecimiento extraordinario representado por una epidemia que rápidamente trascendió todas las fronteras y cuyo alcance global penetró todos los sectores sociales, aunque con consecuencias marcadamente más graves para algunos de ellos. En aquel momento, algunas personas esbozaban la esperanzada (y candorosa) pregunta acerca de si la humanidad sería mejor después de este suceso. No hubo que esperar demasiado para constatar lo naïve de un planteo que de ningún modo podía eludir el impacto de la pandemia en las variables macro y microeconómicas de cada país, tanto en aquellos que impusieron cuarentenas más o menos estrictas, como en aquellos que intentaron evitarlas a cualquier precio. La caída de la actividad económica, la inflación, la pérdida de poder adquisitivo, el desempleo creciente a raíz del éxodo de empresas y los cierres de fábricas, negocios, teatros e instituciones educativas privadas presionan activamente en los gobiernos a la hora de tomar decisiones.
En ese delicado balance, algunos países no dudaron en pagar con vidas el sostenimiento de la producción y la renta, mientras otros batallan diariamente con la tensión surgida de ponderar la salud pública y el crecimiento económico.

La elaboración y comercialización de vacunas, exigua para responder a las actuales demandas extremas, puso una vez más de relieve las brechas existentes entre los países con poder para conseguir un número de dosis suficientes para inmunizar a su población en los primeros meses de 2021 y aquellos que tendremos que esperar (y padecer) segundas o terceras olas epidémicas. En 2020 esperábamos por la invención de la vacuna, en 2021 esperamos que nos llegue un turno para su aplicación. La gente sube a las redes sociales su foto o la de sus padres recién vacunados con la primera dosis como celebrando un pequeño ritual apaciguador de miedos, pero algunos lo hacemos sin saber a ciencia cierta cuándo nos tocará a nosotros, los de mediana edad, y menos aún a los más jóvenes. Se trata de una brecha instalada desde hace décadas, de un lado están los países que tienen grandes laboratorios e importantes recursos económicos y humanos destinados a la investigación, producción y abastecimiento propio de vacunas (en este caso puntual), pero también de medicamentos, tecnología e insumos.

Muchísimxs graduadxs formadxs en universidades públicas argentinas, por ejemplo, con doctorados financiados por organismos de investigación nacionales, ingresan año a año a las filas de estos laboratorios, que contratan “mano de obra” altamente calificada sin haber tenido que costear su educación. Del otro lado se encuentran algunos países que actúan como eslabones de la cadena productiva al elaborar localmente y proveer ciertos componentes de la vacuna. También otros, que apenas actúan como “clientes” para firmar contratos de compra. Precisamente, a fin de paliar las brechas de un reparto de vacunas poco equitativo, existe el Fondo Global de Acceso a las Vacunas contra la COVID-19 (Covax).

Mientras tanto, en el día a día, hay quienes pueden costear un viaje a Miami para vacunarse rápidamente; o proliferan las fiestas privadas clandestinas; o sabemos acerca de casos confirmados que violan el aislamiento y ponen en riesgo la salud de otrxs, incluso con PCR negativos falsos comprados por Internet. Un individualismo salvaje que nos refriega en la cara su impunidad, como un reflejo en la vida privada de los modelos del capitalismo más brutal, aquel que pregona la libertad desentendida del interés colectivo.
Así las cosas, por supuesto que pienso a menudo en qué hará el arte con todo esto. Y, en mi esfera de trabajo y estudio, reflexiono acerca de cómo esta situación afectará a la danza. Particularmente, supongo que esta pandemia no tendría por qué ser motivo suficiente para una modificación profunda en el terreno del arte o de la danza, como tampoco creo que se verificaría como una transformación significativa a nivel estructural global. Más bien, creo que la danza se encuentra aún en un proceso fructífero de búsquedas estéticas en diálogo con problemas del arte contemporáneo; este proceso no debería verse, en líneas generales, alterado por la pandemia. Aunque sí, tal vez, se vea demorado o interrumpido. Y hago esta salvedad porque creo que las preguntas filosóficas que se formula en este momento la danza van a persistir una vez superada la pandemia. O tal vez se van a resignificar.

Los obstáculos que vamos a encontrar a futuro no competen a la danza o al arte en abstracto, sino que van a ser problemas de la danza situada, de la danza de cada país.
En ese caso sí me pregunto qué va a pasar con la danza en Argentina, pero en un nivel mucho más concreto. Las demandas de las diferentes agrupaciones de la danza, mayormente centradas en la profesionalización del sector (necesidad de una Ley Nacional de Danza, de un sindicato, de espacios de exhibición propios, de políticas de fomento y sostenimiento de los festivales, etc.) se frenaron por el “parate” generalizado de la actividad cultural. Actualmente la preocupación principal pasó a ser la de atender la satisfacción de las necesidades básicas de lxs artistas. En este contexto, considero que es muy grande la incertidumbre acerca de lo que implica el sostenimiento de los proyectos y políticas de creación, gestión, investigación y formación frente a la amenaza de una situación que podría pasar de la precariedad del pasado a la pauperización por venir.

La vida pandémica está proporcionando renovados recursos temáticos para las obras, como así también una interesante y necesaria reflexión acerca de los vínculos de la danza (y del arte) con la presencia virtual y el uso de diversos dispositivos para la distribución digital de contenido multimedia, jugando a su vez con las posibilidades de que éste sea diferido, en streaming, o ambas cosas a la vez. Sin embargo, esta ampliación de recursos, este enriquecimiento, es del orden de lo novedoso y no por eso debe ser equiparado a una “nueva era de la danza”. Además, tampoco lo nuevo debe ser equiparado con algo mejor. Si estas nuevas posibilidades redundan en cambios significativos es algo que no podemos vaticinar.

Pero si no salimos de esto mejores… ¿Qué cabe esperar? No lo sé, habrá que ir viendo qué ocurre, sin confiar en soluciones mágicas ni instantáneas. Por lo pronto desearía que no salgamos iguales, lo mismo espero para la danza.

En los últimos tiempos vino a mi memoria algo que escribió Walter Benjamin en “El narrador” (1936) y que me voy a permitir citar brevemente:

Desde hace una serie de siglos puede entreverse cómo la conciencia colectiva del concepto de muerte ha sufrido una pérdida de omnipresencia y plasticidad. […] Morir era antaño un proceso público y altamente ejemplar en la vida del individuo […] —morir, en el curso de los tiempos modernos, es algo que se empuja cada vez más lejos del mundo perceptible de los vivos. En otros tiempos no había casa, o apenas habitación, en que no hubiese muerto alguien alguna vez. […] Hoy los ciudadanos, en espacios intocados por la muerte, son flamantes residentes de la eternidad. […]

Este fragmento del magnífico texto de Benjamin me conduce a pensar en las diversas maneras en que la muerte se nos volvió más próxima a partir de esta pandemia y en las posibles proyecciones que esto podría llevar hacia la esfera artística. Pienso en lxs enfermxs aisladxs en sus casas, anhelando que a la Parca ni se le ocurra ir a tocar el timbre; pienso en lxs muertxs en sus camas o como parte del paisaje de las calles, sin que alguien lxs haya ido a retirar; pienso en los ataúdes de cartón y en los crematorios improvisados; pienso en la enorme cantidad de familias con varixs muertxs en un lapso muy breve de tiempo; pienso en el abandono de los rituales mortuorios de las diferentes culturas y en esas vidas que terminaron sin abrazo ni despedida; no dejo de pensar en mi propia muerte y en la de mis seres queridos.

La muerte toca nuestros espacios cercanos, y nos observa impávida desde un sillón; hojea los libros desordenados y, frente a la computadora, escribe al pasar un par de ideas inconexas en nuestro texto. Tal vez haya llegado para reconciliarnos con esa finitud que postergamos tercamente. O, siendo yo misma víctima de algún arrebato de esperanza, lo haya hecho para mostrarle a la humanidad completa su condición de vida precaria, aquélla que antes del coronavirus era familiar para muchxs, pero no para la mayoría.

Una vulnerabilidad que no es solamente pobreza y marginación, sino también violencia y vacío cultural a manos de la sociedad capitalista.
Por otra parte, estamos asistiendo a asombrosas y variopintas construcciones mediáticas de la pandemia, la enfermedad, el miedo, la vacuna y las acciones de los gobiernos, que merecen no solo ser estudiadas a futuro, sino también ser procesadas por la lucidez del arte. Creo que estos hechos son los que, en definitiva, habrán de interpelar a la danza (y al arte); y, a partir de las tensiones que susciten, veremos los modos posibles de elaboración que formulen las artes para, más allá de una previsible tematización, dar cuenta de esos cambios íntimos en las personas que provocan, a su vez, una resignificación de la experiencia.

Foto tomada del perfil de Facebook de Laura Papa

Fuente: Danzar.CU (boletín)

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