DamasDanza(s) Hilda Islas, México

Investigadora de danza, bailarina y coreógrafa. Co-responsable de la creación y construcción del Programa de Maestría en Investigación de la Danza, CENIDI-Danza, SGEIA, INBA.

Del absoluto pandémico a la regreso de la idea de futuro en la danza

Desde hace un año, la pandemia COVID19, y el consiguiente estado de encierro que la salvaguarda de la propia vida requería, han fragilizado fuertemente a la actividad dancística como estado colectivo, de corporalidad presente, con tacto directo, sudores, respiraciones, aromas y músculos compartidos mediante. El impacto económico ha sido tremendo sobre la comunidad de la danza mexicana acostumbrada a luchar día con día por le exposición del trabajo construido durante tantos meses.

Esta precariedad injusta, al menos en México, acrecentó la incertidumbre y las malas condiciones de subsistencia durante el año pasado. Pero ha sido evidente, pese a estas condiciones adversas, que los hacedores de danza han encontrado en las redes nuevas formas de sobrevivir y vivir.

Sobrevivir, porque en algunos casos los compañeros localizaron maneras de recibir cierto pago por sus conocimientos: como maestros de diversas disciplinas corporales, talleres de experimentación, videodanza, funciones en línea con cobro electrónico, etc.

Vivir, porque el empuje vital, el vivir en la danza, ha promovido la reflexión y la actitud de flexibilidad en favor de nuevos formatos, búsquedas y hallazgos. Nada será igual después de algunos descubrimientos. Ante la pérdida del contacto físico, cuerpo a cuerpo, presencia y coexistencia con la comunidad más cercana, se ha ganado en el acortamiento de la distancia con pares de otros estados y países. Se hace comunidad con personas que difícilmente podíamos encontrar de manera presencial, porque ¿cuantas veces en la vida uno puede viajar a Chile, Colombia, Argentina, Cuba, Alemania o España? Ahora podemos encontrarnos tan a menudo como queramos con los colegas y amigos a kilómetros de distancia.

Para bien o para mal exponemos nuestros espacios más privados a la mirada pública. La opción es sentirnos invadidos o de plano invadir el mundo de los demás con nuestras propias vidas, con nuestras familias, plantas, mascotas, superficies y muebles.

En el 2020 vivimos la sorpresa y las etapas críticas de la pandemia con el pensamiento del absoluto pandémico: no se pensaba en el futuro sino cómo ajustarnos al estado de cosas, pensando en el aquí y ahora como absoluto, paralizado en el tiempo y la angustia. En efecto, en algún momento surgieron muchos debates en torno al encierro como si este fuera a permanecer toda la vida. Se debatió profusamente la polémica entre si el teatro (incluyo aquí a la danza y al teatro propiamente dicho) en línea era teatro realmente en la medida en que esté fenómeno está definido de manera ancestral por la presencia, que en la red se suprime por obvias razones. “El teatro no estará nunca en la pantalla” leí varias veces. Y también leí varias veces esta respuesta: “Estamos en confinamiento, ¿tienes una mejor idea que el teatro en línea para hacer teatro?” Sobre eso ha habido diversos foros de discusión de defensa de las iniciativas resilientes en contra de la defensa de la presencia como única forma de ser de lo escénico y viceversa. Discusión interesante, pero en este 2021 en México y en varios lugares del mundo muchos foros empiezan a abrirse con aforo limitado. El pensamiento del absoluto pandémico cede el lugar al del relativo pandémico De regreso a la “esencia” de la teatralidad, la coexistencia de las personas en un lugar cerrado, las experiencias en línea sin duda han abierto la puerta a otras formas de ser de la escena que tuvieron que diseñarse. Ha pasado un año, y más temprano que tarde se está gestando ya el regreso y con ello, la posibilidad de tener lo mejor de dos mundos.

Estos debates dentro del gremio de la danza y el teatro en México, también me hace pensar lo que este confinamiento hizo descubrir a otros ciudadanos. Pienso en la manera en que se percibía el trabajo y la productividad en algunas otras áreas. Antes la presencia, la llegada a tiempo, la estancia de ciertas horas mínimas en los lugares de trabajo era base indispensable de eficiencia. Ciertamente esas horas presenciales podrían ser cuestionables. No importa que pasáramos la mitad del tiempo en el espacio de trabajo ocupados en “actividades paralelas”: tomar café, conversar, reírte en grupo, perder el tiempo. Aunque esta interacción y calidez con los otros sin duda era de lo más placentero de ir a trabajar, no era completamente legítima por el hecho de que a un lugar de trabajo uno debe ir a producir. Pero así era: hora de entrada y hora de salida en tiempo y forma tenía un valor más allá de la eficiencia misma.

Este encierro, ha hecho poner en la balanza qué tanto el horario corrido garantiza realmente una productividad y si ésta puede cubrirse trabajando horas compactas, constantes y sonantes, ante la computadora. ¿Y las horas para la interacción y el calor humano? Pues bien, qué mejor momento para valorar la cultura, el arte, para sugerir como desquitar esas horas de convivencia con apuestas que, más que querer educar, realmente inviten a ejercer una autocracia por parte de las personas.

Esta zona de oportunidad presenta a los trabajadores del arte y la cultura también un reto: si bien el espectáculo, el teatro, las salas de concierto, los museos, deben recuperarse para albergar todo un capital generado durante generaciones de artistas que ahora se encuentra en una situación, MÁS precaria (como si eso fuera posible, y ¡sí! fue posible), el gran reto es, además, sugerir espacios que sean ocupados por las personas más allá de su condición de espectadores. El diseño de momentos y espacios de experiencia parece ser ahora la tarea más compleja y retadora para los artistas.

Antes del confinamiento elaboré una propuesta de investigación dancística que veía en el espacio museístico el medio idóneo para hacer coexistir todo lo que involucra la investigación dancística: hacer entrar ahí danza, imagen, teoría, video, etc. Apostaba sobre todo porque el usuario, que ya no espectador, pudiera construir su propia narrativa espacial, con elementos modulares que pudieran ser movidos y armados según ciertas sugerencias del mismo montaje museográfico: coreografía autocrática esencialmente presencial. Durante la pandemia pensé que un tipo de propuesta así estaba absolutamente contraindicada. Ya iniciando el pensamiento del relativo pandémico, me parece que vuelve a tener sentido, incluso mucho más que antes, proponer formas de experiencia que hagan más significativos y propios los espacios de encuentro a través de la danza, las artes y la cultura en general.

Así que ¡a trabajar compañeros!, que la idea de futuro está de regreso.

Fotos tomadas de la Página Akana Foto.

Fuente Danzar.cu (Boletín)

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