El cuarto jinete de mi apocalipsis… la escena como premonición

Por Kenny Ortigas Guerrero

Resulta difícil determinar la punta de la cuerda en el tejido escénico al que quiero referirme y que funcione como guía lógica para desenredar el entramado de ideas y simbologías que lo componen. De antemano aclaro, que quién entre a disfrutar de la puesta: El cuarto jinete de mi apocalipsis, e intente desde su percepción, sujetarse a fórmulas preestablecidas para buscar entendimiento, quizás sufra una decepción. Pero si asume esta experiencia como una oportunidad para atizar los sentidos y viajar sobre el corcel desenfrenado de la sensorialidad, entonces valdrá la pena.

Con este montaje de la agrupación camagüeyana Teatro D´ Luz, el teatrólogo y director Leonardo Leyva Fernández regresa al panorama teatral cubano luego de varios años fuera del país.

El cuarto jinete de mi apocalipsis se muestra en la escena como una acción performática que aúna disímiles referentes culturales para discursar sobre el hombre y sus bajas pasiones. Sentimientos que transitan desde los más puros hasta los más corroídos y que en esa lucha antagónica que persiste desde la propia creación del universo, entre luz y sombras, trazan un camino –al parecer inexorable- para la desaparición de la especie.

El espectáculo es un grito desesperado a la autoconciencia, que funciona como un último llamado a la reflexión para transformar las conductas corruptas y enajenadas que conducen a la autodestrucción.

 

Desde la corporeidad expresiva de los intérpretes y su derroche de energía vital, se aprecia la compresión por parte del colectivo de actores –que se estrena en este tipo de praxis más cercana a la antropología teatral- de la cosmovisión que plantea el director y se agradece estéticamente el estar en presencia de una obra con un acabado artesanal que va desde la acertada unidad conceptual que se articulada en una dramaturgia a saltos y fragmentada, hasta la coherencia en el sonido, iluminación, escenografía, vestuario, proyecciones audiovisuales y que suprime prácticamente a cero la palabra para construir variadas circunstancias con imágenes contundentes.

Las actuaciones revelan un arduo trabajo en la plasticidad física, ritmo y composición de la partitura de acciones físicas, lo que permite lograr un sincronismo que hilvana consecuentemente los diferentes cuadros que se presentan simultáneamente. Todo comienza con el parto de una geisha (actriz Evelyn Echazábal Antúnez)  que da a luz a un huevo, como inicio de la creación del universo, provocando un distanciamiento descolonizador del mito occidental. Éste se convierte en una manzana de la discordia y a su vez –ante el desmoronamiento de los paradigmas en la sociedad contemporánea- en un nuevo asidero para la fe resquebrajada.

No obstante en cualquiera de los dos casos, la discordia se afianza como eje central, inducido por las luchas de poder, la mezquindad y ambición. Es comenzar la marcha por un camino predestinado que requiere del ejercicio crítico a través de enfoques diversos que coadyuven a generar posibles soluciones que eviten su colapso.

 

Un personaje que transversaliza la obra es Abadón (actor Armando Ronquillo Castañeda), alegoría del ser angélico mencionado en la biblia y que en una de sus interpretaciones representa un abismo insoldable y a un general del imperio de las tinieblas. En este caso, como un ente que agita las bajas pasiones y juega con doble rasero es el provocador de los desmanes que se representan, enmoheciendo todo atisbo de ética y moral.

Como su antítesis –así lo veo- tenemos a la Mujer Naufragio (actor Aidel Pelegrín Rodríguez), espíritu de las aguas que alude por momentos a una Yemayá desacralizada y que intenta mantener la tempestad a raya en la vorágine convulsa de los acontecimientos, y canta cual madre desesperada a su hijo Olubba, que habita en la profundidad del mar para que levante un tsunami (chiquiní) que acabe con la desdicha y la confrontación.

El Hombre Pájaro es otra de las figuras que resulta interesante, primero por la excelente interpretación que hace de él Yuriel Sánchez y segundo por el buen empleo de los espacios dramático y gestual, logrando con sus acciones que los espectadores vean cientos de cuervos que al final sacan los ojos de quien les da de comer en un acto de sadomasoquismo y que persiste en nuestras sociedades lacerando las relaciones con la humillación y el sometimiento.

Por otra parte la Mujer de la Luz (actriz Linet Romero Ibáñez) y el Faquir (Raúl Horta Naranjo) son dos personajes que plantean la migración, el desarraigo, y la frustración en esa búsqueda constante del amor y la felicidad.

La obra también nos adentra en las luchas étnicas, raciales, multiculturales, y pone en tela de juicio la consolidación del poder a través de falsos profetas que imponen supremacías a costa de la sangre de otros, sin percatarnos siquiera que el paso por la tierra es efímero y que debería sustentarse en profundos sentimientos de amor y fraternidad, para de esa forma hacer menos pesadas las cargas que llevamos a cuesta y no tener que vivir de las migajas miserables de muchas de nuestras acciones.

El maestro Eugenio Barba nos dice que “…dramaturgia del actor es, antes que nada, la capacidad de construir el equivalente de la complejidad que caracteriza a las acciones en la vida…” y la puesta en escena logra cautivar la atención del espectador porque recrea imaginativamente situaciones que marcan el desandar de la humanidad con el empleo de referentes metafóricos cargados de sutilezas.

El cuarto jinete de mi apocalipsis es un montaje que pone de manifiesto la importancia de retomar algunas de las configuraciones primigenias del teatro como espacio de comunión colectiva, espacio donde un grupo de personas se reúnen con el objetivo y la intrínseca pasión de desnudar la vida.

Teatro D´ Luz, bajo la dirección General de Jesús Vidal Rueda Infante, asume -invitando a Leonardo Leyva como director artístico- un reto digno de una agrupación que no quiere estancarse y que se renueva ante los nuevos tiempos.

En su trayectoria, este grupo ha incursionado en el teatro para niños y jóvenes, el teatro callejero y ahora se adentran en la indagación de otros recursos expresivos que amplían sus registros interpretativos. Queda la expectativa de ¿qué vendrá después de El cuarto jinete…? Mientras tanto, Camagüey recibe con beneplácito el estreno de este espectáculo, que en solo 50 minutos, coloca ante nuestros ojos, todo el dolor del mundo para luego, en un acto de anagnórisis, sanar las heridas y restaurar la vida.

Fotos: José Antonio Cortiñas Friman

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Nací y vivo en una Isla situada en el mar Caribe. Se llama Cuba. Tiene forma de cocodrilo, dicen que...

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