Crusellas: En el paisaje cultural de su tiempo

Encuentro con Ramón Antonio Crusellas, director y promotor artístico de relevante trayectoria artística, imprescindible para el estudio del teatro cubano. A los treinta años de su desaparición física.

Por Yana Elsa Brugal

A Ramón Antonio Crusellas se le recuerda como poseedor de un conjunto de aptitudes concernientes al arte dramático, motivadas por su sensibilidad para insertarse, incluso a la misma vez, en las más variadas actividades artísticas desde ángulos diferentes. Devino un indiscutible promotor y descubridor de muchos talentos artísticos del teatro, (fue director artístico de varias compañías escénicas) la radio y televisión en Cuba, y se destacó en todos esos medios como director y productor de programas. No obstante, evidentemente su  hacer  se distingue por la gran capacidad de activista cultural demostrada.

El  hecho de estudiar a Crusellas director de teatro contribuye a la comprensión y conocimiento del teatro cubano de los años cuarenta y cincuenta, debido a que su sostenido y útil quehacer lo convierten en una figura imprescindible y de estrecha  vinculación a este ámbito artístico. En repetidas ocasiones expresó  que “el teatro es su gran ilusión”, y  así fue en efecto, lo cual  justifica el premio otorgado en 1990 por “Toda una vida de dedicación a las artes escénicas”. Lo demuestra, asimismo, su infatigable faena como director artístico en grupos como el Patronato del Teatro, ADAD, Los Farseros, Los comediantes y Prometeo. Presentó sus espectáculos en los  teatros  Valdés Rodríguez, Teatro Auditorium, Teatro Principal de la Comedia, Sala Talía, palacio de Bellas Artes, Sala Prometeo, Sala Las Máscaras, Teatro Escuela Normal,  y otros espacios no convencionales.

Vale recordar que el  comienzo de  la labor de Crusellas, a principios de los cuarenta, forma  parte de la renovación del teatro republicano que se había iniciado con el grupo La Cueva (1936), que según Rine Leal es promovido por un grupo de intelectuales:

“A partir de este momento los esfuerzos van dirigidos a organizar conjuntos profesionales [….] que rompen definitivamente con las técnicas caducas, heredadas de la escena española.”(1).

Esta formidable iniciativa abrió las puertas a un mundo teatral cubano al asimilar en su espectro obras del catálogo universal. A las tablas llegaron imprescindibles dramaturgos  que —junto a otros quizás no de igual mérito‒ constituyeron un mosaico de opciones que   diversificaron la cartelera de la vida cultural cubana, y contribuyeron a la aparición de colectivos teatrales. Cabe subrayar, que es importante la constitución, en 1941, del Teatro Universitario (TU), bajo la dirección del afamado director Ludwig Schajowicz.

Con estos notorios antecedentes, devenidos  puntos de giro en el teatro cubano, se anuncia en 1942 la fundación del Patronato del Teatro (PTD), dirigido por  Ramón Antonio Crusellas. La inauguración se realizó el 29 de mayo de 1942, en el Teatro América, con la puesta en escena Liliom de Ferenc Molnar, a cargo Schajovicz.

El crítico Rigoberto Espinosa —quien escribiera una tesis acerca de las principales actividades y personalidades del Patronato de Teatro‒ apunta que la vida organizativa de esta compañía fue regida por una Junta Directiva que se elegía cada dos años, siguiendo el “[…] modelo importado por Ramón Antonio Crusellas de sus similares estadounidenses”.(2)

Después, al  describir los aspectos generales del PDT, Espinosa  señala el “[…] alto nivel de profesionalismo alcanzado. Como principios básicos, actores, directores y técnicos tenían una férrea disciplina, asumían con mucho rigor las tares y reinó un espíritu solidario y camaraderil, acompañado por  su entrega absoluta y desinteresada.”(3)

Luego de revisar el repertorio del Patronato puedo coincidir con la investigadora Nati González Freire quien afirma:

“Surgió esta institución con el deliberado propósito de propiciar el teatro moderno, escogiendo los mejores autores —de reconocido valor mundial y contemporáneo‒ para sus representaciones. “(4)

Otro criterio sobre este grupo lo apunta la investigadora Magaly Mugercia

“[…] no cabe duda que el Patronato llevó a cabo, sobre todo, en la primera época, una labor importante que contribuyó a divulgar un repertorio de autores clásicos y modernos, formar teatristas y crear, en ciertos sectores, un clima de interés en torno a la actividad teatral”. (5) No obstante, Espinosa argumenta más adelante que en el Patronato del Teatro hubo un “uso desmedido en la acentuación de los temas morbosos, picarescos y de humor superficial. Salvo contadas excepciones, fue un listado enorme de comedias con escasos valores literarios y teatrales”. (6)

Si revisamos las críticas y los estudios realizados alrededor del teatro de los años cuarenta y cincuenta, hallamos con frecuencia la tendencia a una valoración crítica un tanto negativa al hacer referencia a la escena de aquellos tiempos. Siempre me han preocupado estos comentarios, por tratarse precisamente de períodos lleno de profundas complejidades. Más bien cabría acentuar que en los años cuarenta, cuando surge la actividad de Crusellas, más allá de las serenas miradas al momento, tuvo un valor intrínseco la docencia expresada en la convocatoria de talleres, la conformación de la primera escuela de Artes Dramáticas de la Escuela Libre de la Habana en (ADALEL,1940) —que tuvo el lujo de contar entre sus fundadores, con el  reconocido intelectual cubano Alejo Carpentier‒ así como la aparición del Seminario de Actuación  del director austríaco Ludwig Schajowicz, en 1944, y la inauguración, en 1946, de “una nueva Academia Municipal, con un plan de estudio de tres años, incluyendo la expresión infantil y de títeres.”(7)

Y si nos adentramos en  los años cincuenta, observamos que esa década desempeñó un papel significativo para el desarrollo actoral, debido a que fue traído a Cuba el sistema de Konstantín Stanislavski, el conocimiento de directores con poéticas como la brechtiana, o el teatro político de Piscator, y surge el movimiento de las salitas, propiciado por el advenimiento de nuevas agrupaciones, teniendo como grupo  insigne al Prometeo (1947-1956). Estos hechos, sin lugar a dudas, también sirvieron de ambiente y  plataforma artística para la escritura de obras de teatro cubano de grandes  autores como Rolado Ferrer, Virgilio Piñera y Carlos Felipe.

Convengo  con la investigadora Esther Suarez, al subrayar que

“Una mirada al panorama mayor de la escena cubana en toda la era republicana presenta la lucha entre el teatro con fines comerciales y aquel otro en el cual prevalecen los propósitos artísticos, de tal suerte que el teatro que llamamos comercial nunca dejó de existir, pero en su seno se gestó algo nuevo […]”. (8)

Por el movimiento teatral que existió durante esas décadas, se deduce que éstas  requieren de un estudio por dentro más justo en cada caso, ya que se sembraron bases que  permitieron un desarrollo artístico-social del teatro cubano con perspectivas de continuidad, y no es menos cierto que la cultura nacional cubana se vio notablemente transformada, a lo que  contribuyó, de manera irrefutable, Ramón Antonio  Crusellas. Con él  a la cabeza,  el Patronato del Teatro contribuyó a elevar el nivel profesional de los actores y los espectáculos teatrales. El PDT, como difusor en su esencia,  vio cristalizada  la creación del Premio Talía para los artistas y la realización de seis concursos dramáticos.

La dinámica que aportó Crusellas con su voluntad indoblegable hizo, entre otras razones,  que el  Patronato estrenara doscientas diecisiete obras —de éstas doscientos diez  estrenos y siete reposiciones‒ entre las que figuraban fundamentalmente de España, Francia, Inglaterra y los  Estados Unidos. Es cierto que la dramaturgia continental se encontraban a la saga, con solo veintiséis  obras cubanas y siete latinoamericanas, lo cual dio pie a que uno de nuestros destacados dramaturgos, Carlos Felipe, hiciera el famoso  comentario de  que a falta de una voluntad por conocernos se nos silencia en masa, cuando no se nos niega personalmente por limitación de perspectivas, de verdadera cultura o por mero espíritu sectario. Sin embargo, también  observamos que el germen del movimiento de dramaturgos existía, debido a que  en el Patronato se agruparon creadores cubanos de  prestigio como Cuqui Ponce, María Álvarez Ríos, Enrique Núñez Rodríguez y Raúl González de Cascorro, entre otros.

Al consultar el listado de obras estrenas por Crusellas, no es difícil deducir el afán por la dramaturgia extranjera, ya que aparece  sólo una cubana: Desviadero 23 (1955), obra en tres actos  de José A. Montero Agüero llevada a la escena por el Grupo Patronato del teatro en la sala Talia, en agosto de 1956. Era una obra de corte rural —a diferencia de los otros seleccionadas por el director para su representación‒ acerca de la cual la mencionada crítica e historiadora de teatro cubano Nati expresa:

“Trata de captar el ambiente cubano…se inclina más bien, a trabajar sus obras con personajes sicológicamente averiados y con el desarrollo conflictivo de los mismos […].” Autor que responde a su generación, por el afán de presentar serena y pulcramente la realidad cubana de sus personajes y, con sobriedad y sin melodramatismo, ir desenvolviendo la existencia dramática de los mismos en estas tierras”. (9)

En el Diario La Marina aparece un comentario del crítico  César García Pous en torno a la puesta en escena de Desviadero 23

“[…] en cuanto a la dirección y la escenografía hay que apuntar que el campo se oye y que la sala de la casa en que todo se desenvuelve fue acertadamente dispuesta. Un retrato al creyón, de esos que todos vimos en la infancia cuando nos llevaban de vacaciones, un tapete de crochet y unas mamparas blancas y decorativas recordaban la imagen de los viejos caserones de nuestros padres”. (10)

Después encontramos que el reparto lo conformaron actores muy conocidos de la escena cubana como Adela Escartín y Alejandro Lugo, lo que, sin lugar a dudas fue un soporte magnífico para el éxito del espectáculo.

Los primeros pasos como director artístico en el Patronato,  Crusellas lo había comenzado cuando realizó su   debut,  en 1945, con  La carta, de William Somerset Maugham; en esa ocasión se unió al experimentado escenógrafo Luis Márquez.

En el propio Diario de La Marina, Francisco Ichazo escribió sobre Crusellas:

“Contribuyó al buen éxito una presentación propia cuidadosa, agradable (cosa que no está siendo de rigor en estas funciones) y una interpretación entonada, sin baches, sin caídas […] Los aciertos de composición de movimiento de encuadre, de ritmo, hay que anotárselos al entusiasmo y buen gusto de Ramón Antonio Crusellas. En la interpretación hubo pocos desniveles.”(11)

En este caso se refiere a actores como Marta Muñiz, Otto Sirgo, José Piña Ferro, Sergio Doré, Alejandro Lugo.

La temprana vinculación de Crusellas con el grupo ADAD (que contaba con alumnos de la Academia Municipal) fue con Sombra y sustancia (1947) de Paul Vicent Carroll, “interesante y original comedia irlandesa” estrenada  en el  Teatro Escuela Valdés Rodríguez, el sábado 4 enero 1947. Evidentemente uno de los éxitos del espectáculo —que fuera objeto de intensas polémicas cuando se estrenara en Londres‒ se debió a que trabajó con actores de la escuela de Arte dramático (ADAD), grupo que trascendió fundamentalmente por ser cantera de actores y su labor dedicada a la formación actoral.

El joven teatrista cubano Crusellas, como le llamaban en aquella época, contó con un elenco de actores de la altura de  Violeta Casal, Serio Doré, Nena Acevedo, Augusto Borges, Manuel Estanilo, José Antón, Alicia Agramonte, Armando Soler, Carmen Valverde y Ricardo Lim, ya portadores de un mayor entrenamiento en el sistema psicofisico actoral.

La escenografía la realizó el dibujante Andrés, quien expuso en el vestíbulo una colección de dibujos y bocetos escenográficos. Debido a la estrecha relación que tuvo ADAD con las artes plásticas y el desarrollo de escenógrafos, se deduce la preocupación de Crusellas por mostrar  una escena rica en imagen visual.

Para Crusellas resultaron hitos en su vida artística, junto a Sombra y sustancia, los espectáculos La voz de tórtola y La luna está azul.  El primero  fue llevado a escena en 1947 por Los farseros, en el Teatro Principal de la Comedia, lugar donde casi siempre se presentaron las obras de este grupo que se forma dentro del Patronato de Teatro, para luego tomar su independencia.

Con La luna está azul, Crusellas, entre otros lauros, obtuvo el de la Federación de Redactores Cinematográficos y teatrales de Cuba (FRCTC), en 1953, como director más destacado. Con este espectáculo también se presentó en la antigua Plaza Rector Cadenas para apoyar al II Festival Universitario de Arte, hecho que concuerda perfectamente con la personalidad de promotor innato.

El Crusellas, director artístico de teatro, tuvo indudables aciertos reflejados en la prensa habanera de la época, pero asimismo no quedó exento de señalamientos a insuficiencias de puestas en escena como la del crítico Luis Amado Blanco —a propósito del estreno de Anna Christie (1946) de Eugene O’Neill‒ quien comenta: “Se resiente por la poca importancia que se le concede a la palabra escrita y anteponen la anécdota a las “decoraciones circunstanciales”. (12) Innegablemente se perdió la caracterización de los personajes, porque  según Blanco se convirtieron en silentes marionetas al restarles fuerza y vigor.

No obstante, Blanco defiende los trabajos de los actores como Nary Loy, Alejandro Lugo y Sergio Doré, “aunque faltó ese fino hilván de la emoción dramática, principio y fin de todo quehacer artístico”. (13)

Vale la pena anotar que cuando investigamos en diversas fuentes acerca de los estrenos de la época —que revelan la fuerte presencia de títulos de dramaturgos extranjeros‒ destacan las alusiones recurrentes a la insistente comparación de los mismos con los de los Estados Unidos. Según González Freire, existía una “voluntad inquebrantable de representar los últimos éxitos dramáticos, llegando en muchos casos a una imitación exacta de Brodway, pues el caso mercantilismo no ha impedido a Brodway llegar a un nivel artístico relativamente elevado”. (14)

Cuando Crusellas puso El murciélago, en el Diario de La marina se anunció que

“[…] ha constituido un triunfo muy sonado en los escenarios neoyorquinos. Ramón Antonio Crusellas ha hecho un cuidadoso estudio de esta pieza, una de las más apasionantes del género policial y espera que el público de la Habana la acoja con el mismo entusiasmo que el de los Estados Unidos”. (15).

Posteriormente Francisco Ichaso apuntó:

“Se hizo lo mejor que se pudo en cuanto a la luz y sonido; pero hay que reconocer que en estos menesteres estamos todavía muy lejos de lo que se alcanza en otros lugares, particularmente en NY, donde los escenarios están perfectamente dotados para lo espectacular”. (16)

Ramón Antonio Crusellas desarrolló su actividad de dirección teatral en diferentes agrupaciones  junto a conocidos directores cubanos  como   Rodríguez Aparicio, Francisco Morín, Antonio Vázquez Gallo, Cuqui Ponce, Mario Parajón, Francisco Morín, Manuel Centeno, Luis A. Baralt, Reinaldo de Zúñiga y Ramón Valenzuela.

Con frecuencia, en el anuncio de sus estrenos aparecía el nombre del experimentado escenógrafo Luis Márquez, caracterizado por la realización de diseños funcionales, quien pintaba decorados especiales para sus puestas y al que, en ocasiones, le permitía realizar exposiciones de sus bocetos en el vestíbulo del teatro, en el afán de Crusellas de expandir el arte teatral a otras dimensiones.

En otro orden de cosas, sabemos de sus incursiones de Crusellas en el Teatro Lírico. De tal suerte estrenó, en 1956, en la Sala Teatro Hubert de Blanck, la ópera dodecafónica del estadounidense Gian Carlo Menotti La médium, dirigida por los maestros Paul Csonka y Ramón Antonio Crusellas, en que  actúo la famosa vedette cubana Rita Montaner.

Ramón Antonio Crusellas no sólo fue un personaje importante en el teatro cubano, sino  que se destacó como patrocinador de  Crusellas y Compañía, que tuvo una incontable importancia e influencia en la radio y la televisión. Sus programas, con artistas exclusivos, ocupaban el 60 por ciento  del tiempo de la CMQ.

Aporta a esta semblanza que actrices de la estatura de Fela Jar, quien trabajaba en programas de Crusellas y Compañía,  pertenecientes a Cadena Azul y al Canal 4,  recuerde su carácter exigente, y las innumerables pruebas a que debía someterse  para  ser seleccionada y el intenso trabajo durante el proceso de ensayo. La actriz Hilda Saavedra, al hablar de  sus encuentros con Crusellas como director de radio, dice que le enseñó a  tener confianza y fe en sí misma, porque retaba a los actores a tener sentido del riesgo para poder emprender el camino del arte dramático y nos cuenta que ante una vacilación sobre la interpretación de un personaje,  Crusellas le dijo: “Venga acá, Hilda Saavedra, ¿quién le ha dicho a usted que le puede decir a Crusellas y Compañía, que usted no puede hacer una cosa? Si  entendemos que usted lo puede hacer, usted lo puede hacer”. Ello fue  una rotunda enseñanza para Saavedra porque  su duda le costó la suspensión del contrato.

La presencia sostenida de Crusellas en la cartelera de los años cuarenta y cincuenta lo coloca en la plataforma de los acontecimientos del cubano teatro cubano dramático.

A mi modo de ver, luego de acudir a informaciones de la época y confrontarlas, confirmo que el valor más contundente de Ramón Antonio Crusellas fue la de promotor y difusor  artístico inolvidable, que logró encontrar espacios permanentes donde dinamitar el paisaje cultural de su tiempo.

 

Relación de puestas en escena de Ramón Antonio Crusellas

Patronato del Teatro

La carta (1945), de William Somerset Maugham; El murciélago (1945), de Mary Roberts Reinhardt; Anna Christie (1946), de Eugene O’Neill; El vórtice (1947), de Noel Coward; Un inspector llama (1948); de John Boynton Priesley; La molinera de Arcos (1949), de Alejandro Casona; Jorge y Margarita (1949), de Gerald Savory; El Señor Pin pasa (1950), de Alan Alexander Milne; La luna está azul (1953), de P. Hugh Helbert; El viaje infinito (1953), de Sutton Vane; Desviadero 23 (1956), de José M. Montero Agüero; La voz de la tórtola (1956), de John Van Drutten; Alta Política (1958), de Louis Verneuil.

Sala Prometeo

Parada de ómnibus (1959), de William Inge.

Grupo Los Comediantes

 Asesinato premeditado (1953), de Emlyn Williams.

ADAD

El Señor Pin pasa (1946), de Alan Alexander Milne; Sombra y substancia (1947), de Paul Vincent Carroll; El viaje infinito (1947), de Sutton Vane; La primavera y el mar (1948), de Roberto Bourbakis; Un extraño en la colina (1949), de Herbert T. Cobey.

Grupo Teatral Los Farseros

La voz de la tórtola (1947), de John Van Drutten.

Textos citados:

  • Leal, Rine (1980). Breve historia del teatro cubano. La Habana: Editorial letras Cubanas, Colección panorama 1980: 121
  • Espinosa Pish Rigoberto (1982). Esbozo histórico del Patronato del teatro. La Habana. Tesis de grado, Facultad de Artes Escénicas. Instituto Superior de Arte: 21 (inédito)
  • Espinosa Pish, Rigoberto (1982). Esbozo histórico del Patronato del teatro. La Habana. Tesis de grado, Facultad de Artes Escénicas. Instituto Superior de Arte: 30 (inédito)
  • González Freire, Nati (1960). Teatro cubano (1927-1961). La Habana, Ediciones Minrex:27
  • Mugercia, Magaly (1988).  El teatro en vísperas de la revolución. La Habana, Editorial Letras Cubanas: 55.
  • Espinosa Pish, Rigoberto (1982). Esbozo histórico del Patronato del teatro. Tesis de grado, Facultad de Artes Escénicas. Instituto Superior de Arte: 19-20. (inédito)
  • Leal, Rine (1980). Breve historia del teatro cubano. La Habana, Editorial letras Cubanas, Colección Panorama: 121
  • Súarez Durán, Esther. “Teatro cubano 1936-1958: el maderamen de la herejía”. La gaceta de Cuba. No.4-2004:16-17.
  • González Freire, Nati (1960). Teatro cubano (1927-1961). La Habana, Ediciones Minrex. p.149
  • Ichaso, Francisco. Diario La Marina. La Habana. 14-9-56: 6
  • Ichazo, Francisco. Diario La marina. La Habana, Miércoles, el 4-5-45: 6
  • Blanco, Luis Amado. Periódico Información. La Habana 3-7-46: 19
  • Amado Blanco, Luis. Periódico Información. La Habana 3-7-46: 19
  • González Freire, Nati (1960). Teatro cubano (1927-1961). La Habana, Ediciones Minrex: 27
  • Diario La marina. La Habana 4-10-45:6
  • Ichazo, Francisco. Diario La marina. La Habana 6-10-45: 6

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