Conversación con Carlos Padrón Montoya sobre Rogelio Meneses Benítez y su impronta en el teatro

Por Katiuska Betancourt Montero

EL 19 de julio de 2006 la ciudad de Santiago de Cuba y su teatro perdían a un hombre inigualable. Fallecía Rogelio Meneses Benítez, destacado actor, profesor, dramaturgo e investigador. A 15 años de su muerte, conversamos con Carlos Padrón Montoya acerca de la impronta de Meneses en la cultura cubana.

¿Cómo comenzó su relación con Rogelio Meneses?

En julio de 1968 yo estaba a cargo de la dirección general del CDO (Conjunto Dramático de Oriente). Recibí una avanzada del CDC (Conjunto Dramático de Camagüey), representada, si mal no recuerdo, por Héctor Echemendía, Néstor Rodríguez y Pedro Castro. La mayoría de aquel elenco había decidido  marcharse de su provincia; allí se les habían impuesto políticas y jefes contrarios a su concepto del arte teatral. Planteé esta situación ante el Consejo de Dirección del CDO –integrado entonces por Adolfo Gutkin, Raúl Pomares, Miguel Lucero, Félix Pérez, Ramiro Herrero, Luis Carreres y dos o tres compañeros que el tiempo ha borrado de mi memoria-. No sin ciertas aprehensiones, aprobamos por mayoría que ese contingente de camagüeyanos se integrara a nuestro grupo. Claro que en aquellos días intercambiamos acerca de  nuestros presupuestos estéticos y descubrimos que, en general, coincidíamos en el afán de un teatro que expresara la identidad del cubano. En septiembre, más de una docena de camagüeyanos se incorporaron a nuestro grupo. Entre ellos venía un solo negro, Rogelio Meneses: hombre dotado de un ángel -como decimos los de nuestra generación-. Casi de inmediato, hice amistad con él, así como con Héctor y Pedro.

¿Recuerda la primera obra en que trabajaron juntos?

Amerindias, creación colectiva. Rogelio y yo éramos los protagonistas. Esa obra obtuvo una Recomendación en el Concurso Casa de las Américas de 1972. Fui el redactor del texto que surgió de las improvisaciones de los actores y aportes de los compañeros más informados. Pero en esa puesta estaban los cerebros de Pedro Castro y Adolfo Gutkin. 

Fueron herederos de la poética del Conjunto Dramático de Oriente, del Cabildo Teatral y de la tradición del teatro de relaciones. ¿Cómo incidió todo esto en la formación de Meneses como promotor cultural, investigador y dramaturgo?

Sin pizca de alarde, nosotros, Pomares, Rogelio, Pedro Castro, Joel James…no fuimos herederos, sino creadores de esa poética. Joel  encontró trabajo en nuestro grupo hacia 1973. Él era básicamente narrador e historiador. Recuerdo que le presté una veintena de libros de teoría teatral y dramaturgia. Recibió entonces, digamos, una formación teatral, su bautizo como saltimbanqui. En 1972, cuando hicimos Del teatro cubano se trata, subió por primera vez a la escena de la Sala Van Troi una breve relación. Era unipersonal y le dí a Rogelio el papel. Habíamos comenzado desde el año anterior la investigación sobre esa forma mestiza de teatro callejero. Y en esa puesta en escena pudimos tomar el pulso expresivo de esa manifestación. Meneses estuvo siempre en la vanguardia del grupo, no solo como buen actor (fue un incesante estudioso, en la teoría y en la práctica, de las técnicas de actuación); también en los tres aspectos que Ud. menciona en su pregunta.   

En una entrevista afirmaba Meneses que “toda su generación ha aportado una visión más integral para el teatro cubano con esa mirada fundamentada a nuestras tradiciones. Planteaba además que Carlos Padrón, Ramiro Herrero, Raúl Pomares, Joel James y él recopilaron toda una etapa popular y la dimensionaron”. Hábleme del fenómeno que supuso la creación del Festival de las Artes de Origen Caribeño, hoy Festival del Caribe.

Ese Festival tiene varios antecedentes, enraizados en aquellos años fundacionales del Cabildo, entre los años 1971 y 1975:

El estreno de El macho y el guanajo en un solar a pocos pasos de la vivienda de su creador, José Soler Puig. Los vecinos acudieron con sus sillas, bancos, banquetas… Aquella puesta, versión y dirección de Rogelio, respondía perfectamente a la poética que se había planteado la vanguardia del grupo. Entonces se reveló el talento de Rogelio para la dirección y la dramaturgia.

La toma de las calles simbolizada por el grupo de locos que en 1974 se lanzaron a Enramadas tocando una conga; se detuvieron minutos después ante la Dirección municipal de Cultura y representaron El 23 se rompe el corojo, una historia de Cuba narrada en 15 minutos. Todo con el más genuino sabor relacionero.

La apoteosis relacionera que inundó al país desde su estreno en 1975 hasta 1980: De cómo Santiago Apóstol puso los pies en la tierra. Allí estuvieron la genialidad de Pomares; los distintos – ambos magníficos- Santiago Apóstol de Echemendía y Gaínza, la imaginativa y hermosa escenografía de Pedro Castro, y el inolvidable esclavo Toribio, de don Rogelio Meneses. Allí enseñó su garra como asesor dramático Joel James; también fue el debut como director de Ramiro Herrero. Nunca antes la escena santiaguera había sido tan laureada, comentada y aplaudida en Cuba y en el extranjero.

El acontecimiento que significó el proyecto Noches culturales de la calle Heredia, en gran medida impulsado y protagonizado por el Cabildo. A mi juicio, es uno de los momentos más altos alcanzados por la relación arte-público en todo el país.

Los presupuestos teóricos, en lo político y en lo propiamente sociocultural, de ese monstruo intelectual que fue Joel James. Pienso que su integración a nuestro grupo le abrió aún más el camino hacia ese corpus teórico-práctico que lo caracteriza.

 ¿Se ha mantenido el Festival fiel a sus esencias y principios fundacionales?

Joel era un hombre de construcciones sólidas, extremadamente difíciles de contaminar o destruir. Solo una vuelta al capitalismo podría acabar con esas catedrales que son el Festival y la Casa del Caribe.

 Llega la etapa de búsqueda, de experimentación, ¿cómo se fusiona el binomio Padrón-Meneses en el espectáculo “El huracán y la palma”? ¿Fue escrita especialmente para que Meneses realizara el montaje?

Escribí esa obra en 1996 para el centenario de la muerte del Titán, a quien admiro. Ese mismo año logré hacer un estreno de teatro leído en el neoyorquino Grammercy Theater, sede de Repertorio Español, un prestigioso grupo fundado y mantenido por cubanos desde 1964, a solo tres cuadras de Broadway-. Hice el personaje negativo, adversario de Maceo: el héroe fue interpretado por un gran actor cubano, René Sánchez. Nos acompañaron los mejores actores de ese elenco ante un numeroso público ávido de conocer todo lo que sucedía en Cuba.

En 2001 estrené El huracán y la palma en la sala Covarrubias del teatro Nacional -bajo mi dirección- con un elenco de procedencia diversa, gracias al apoyo del grupo Teatro XXI, que dirigía mi entrañable amigo y maestro Armando Suárez del Villar. Protagonizaban: a Maceo, Manuel Oña; a La Muerte, Yailene Sierra; al Inquisidor, Jorge Ferdecaz. Debo confesar que aunque me habían dado la Covarrubias por tres semanas, solo pude dar dos funciones: algunos poderosos consideraron la obra subversiva o contestaría. Una vez más, Suárez del Villar vino a auxiliarme: me dio por tres semanas el teatro Fausto, donde él daba  espacio a grupos humorísticos. Ese mismo año Rogelio me pidió autorización para hacer una versión y estrenarla con su Laboratorio teatral Palenque. Le di toda la libertad del mundo, para que no se sintiera amarrado al texto original. Elaboró una propuesta muy misteriosa que respondía a su poética: indagación en lo histórico-sicológico del personaje, planteamiento de interrogantes sobre el comportamiento del héroe: él protagonizó a Maceo. Por supuesto, asistí al estreno en la Sala de Enramadas, los felicité a él y al elenco.

¿Cómo reaccionaron el público y la crítica ante este espectáculo, que, a través de una atmósfera onírica y delirante, abordaba los últimos días de Antonio Maceo antes de caer el 7 de diciembre de 1896?

No creo que sea una obra para grandes cifras de público. En rigor, no abordaba solo los últimos días del Titán; me lo planteé como una pesadilla en la que aparecían sus fantasmas más cercanos, buenos y malos: El Enemigo, la Muerte y la Madre que le dio la vida. Salieron trabajos críticos en Granma, Juventud Rebelde, Bohemia y Tablas, firmados por Amado del Pino, Osvaldo Cano, Waldo González y Habey Echavarría, todos encomiásticos y algunos muy analíticos, enjundiosos.  No sé si en Santiago se publicó algo sobre la versión de Meneses. Pero ahí terminó la primera parte de la historia de El huracán y la palma. En 2009 y 2011 pude hacer con casi todo el elenco original dos lecturas dramatizadas en la Sala Villena de la UNEAC habanera, a solicitud de la Comisión Aponte. 

¿Cuál es su valoración de Meneses, como amigo, ser humano, que entregó su vida al teatro y la cultura de Santiago de Cuba?…

Tuve la suerte de ser su amigo; estuvimos juntos en muchos combates y en momentos difíciles, pero también compartimos muchas alegrías y fuimos verdaderos camaradas: éramos muy fiesteros y bromistas. Recuerdo que durante años trabajamos juntos sobre los ejercicios de Grotowsky y el Hatha Yoga. Nunca dejó de entrenar su cuerpo. Fue, además de un excelente actor y director, un maestro de la expresión corporal: impartió acrobacia y novedosas técnicas para el desarrollo del cuerpo y la voz del actor. Contribuyó a la formación de muchos jóvenes. No me gusta especular, pero si se hubiese quedado en Camagüey, su evolución habría sido diferente. A él Santiago lo marcó definitivamente. Parecía un santiaguero más. Me explico: como si hubiese nacido en Los Hoyos o el Tivolí; aquí trabajó muy duro; aquí amó; aquí cuajó; aquí triunfó.

Meneses: “hombre sabio en escuchar y aconsejar; eterno e inquieto creador de utopías. Ven a nosotros y bríndanos de nuevo ese, tu ancho y llano corazón. Avatara, aliéntame en esta difícil prueba”. ¿Por qué su Avatara?

Aunque era un gran guerrero, su condición mayor era la del  compañero que interviene entre contrincantes aparentemente irreconciliables para hacerles ver más allá, convencerlos de la necesidad de estar unidos ante retos y enemigos verdaderos. Varias veces me llamó a esa reflexión, porque, lo confieso, yo era una suerte de locomotora sin frenos y sufrí mucho, pero también aprendí, gracias a los consejos de mi “Avatara”   En el grupo casi todos teníamos nombretes. A él le pusimos El Esotérico y El Metafísico, por su afán de estudiar la metafísica, los orígenes oscuros y ocultos de los procesos humanos. Un avatar, en sánscrito, es un cambio, en sentido dialéctico. Un día él comenzó a decirme: “mi avatara”. Y yo, a él, igual. Éramos, entonces, “avataras”, algo más que hermanos, algo así como  decisores de la vida del otro, capaces de provocar un cambio en el compañero. Por eso, cuando lo enterré, escribí y dije a los cuatro vientos esa suerte de poema.

Cualquier dato de interés o anécdota que pudiera compartirme sería maravillosa

No se puede hablar de Rogelio sin hablar de Baroko. Allí estaban Carlos Felipe y Rogelio Meneses, en un simbólico abrazo; y estaba un duro trozo del ser cubano, en sangre y espíritu: el summun de la tragicidad de un pueblo tan relajado como el nuestro. Él hizo la versión y consiguió excelentes trabajos actorales de la difunta María Elena Calzado, de Fátima Patterson, de Alberto Bertot y Agustín Quevedo. Es una de las obras que más me han impresionado en mi ya larga vida.  Y te aseguro que he visto bastante teatro en Cuba y en casi veinte países.

Gracias por convocarme. Hablar de mi hermano Rogelio me devuelve recuerdos que me impulsan a seguir trabajando. Un abrazo cálido

Foto cortesía del entrevistado

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