Carlos Padrón. “Lo que fuere sonará”

Por Enrique Río Prado

En los últimos tiempos se ha vuelto casi un lugar común insistir en la importancia de la historia para la preservación de nuestra identidad. Por supuesto que la reiteración no disminuye en lo absoluto la veracidad de este criterio, que muchas veces obvia la belleza del devenir histórico y el goce que pudiera proporcionarnos emprender un acercamiento espontáneo hacia épocas y hechos remotos.

La historia de Cuba está llena de pasajes heroicos de incalculable atractivo, pero lo que conocemos como tal, lo que nos ha llegado con mayor frecuencia a través de estudios académicos o lecturas, no es sino una parte de la totalidad del conocimiento de nuestra cultura. En paralelo existen muchas historias particulares de Cuba, como por ejemplo las historias de cada una de las localidades regionales, y están también las historias específicas de las distintas actividades emprendidas por el homo cubensis, sus hazañas en la investigación científica, su pasión por el béisbol, los colores de la luz tropical en su paleta, la música y el baile, que nos definen y representan en el ámbito sonoro universal, los dioses de su mitología, los sabores de su cocina.

Entre todas ellas, la historia del teatro cubano es una de esas columnas que sostienen el gran edificio de la cultura de cualquier nación y el amigo Carlos Padrón, actor, escritor e investigador santiaguero de reconocida trayectoria, ha invertido buena parte de su valiosa actividad vital en la búsqueda y recopilación de datos que acrecientan el conocimiento de la etapa más sombría de esta historia.

Resulta mención obligada en este momento referirme a una obra imprescindible. Ya hace más de 40 años que apareció: La selva oscura[1]. Al cabo de tanto tiempo en que parecía que todo estaba dicho por Rine Leal sobre los primeros años de la historia del teatro cubano en su monumental título que abarca hasta el siglo XIX, Carlos Padrón nos entrega, en 2018, las primeras seiscientas páginas que cubren el hasta ahora poco documentado período de 1500 a 1812, de un muy ambicioso proyecto, con un título algo ambiguo, que pudiera desorientar a un hipotético lector en el momento de adquirir su ejemplar en una improbable librería habanera.

En Lo que fuere sonará[2], Padrón estructura esta entrega inicial de su obra en dos volúmenes. El primero, dividido en tres capítulos, se dedica a la clasificación cronológica de hechos puntuales acaecidos en los primeros núcleos poblacionales de la Isla de Cuba, entonces territorio español ultramarino, y relacionados en mayor o menor medida con la actividad escénica tal como podía entenderse esta en aquellos años remotos.

Noticias sobre manifestaciones religiosas de carácter representativo o escénico citadas en libros, historias generales, anécdotas, descripciones de costumbres populares —en la actualidad, desaparecidas desde hace mucho— que servían de entretenimiento al pueblo. Así aparecen en sus páginas, las fiestas del Día de Reyes, del Corpus Christi, la Tarasca… Su lectura se ofrece atractiva con solo abrir sus páginas al azar y a medida que se avanza sorprende, al propio tiempo, el volumen de investigación que debió manejar su autor para la redacción final. La falta de referencias lo conduce varias veces a inferir causas, ofrecer conclusiones. En muchos pasajes se corrobora la referida ausencia de datos detallados en tal o cual período, y abundan las aclaraciones al respecto:

«Algunos afirman que no existen en Cuba ejemplares de periódicos de 1796 a 1798. [En realidad] pude consultar ochenta y siete números de estos tres años [sin encontrar en ellos] anuncios de teatros» (p. 139, nota). «No tengo información sobre el programa de este día». «No encontré referencias a esta comedia en la bibliografía consultada» (p. 38), «Lamentablemente sólo encontré las referencias ya citadas» (p. 176).

En sus búsquedas, Padrón ha logrado determinar fechas de estrenos en La Habana de eternos clásicos del repertorio dramático, como Reinar después de morir o Doña Inés de Castro, de Vélez de Guevara (1771), La vida es sueño, de Calderón (1776), Fedra, de Racine (traducción de Olavide, 1777), El sí de las niñas, de Moratín (1806), El burlador de Sevilla, de Tirso (1778), El desdén con el desdén, de Moreto (1776), La dama duende, de Calderón (1779), El barbero de Sevilla, de Beaumarchais (traducción de José Clavijo, 1801). Don Gil de las calzas verdes, de Tirso (1810), Otelo, de Shakespeare (versión de Teodoro de la Calle sobre la traducción francesa de Jean-François Ducis, 1811), El perro del hortelano, de Lope (1812).

Cita con minuciosidad las abundantes ediciones de nuestro primer texto escénico, El príncipe jardinero y fingido Cloridano (p. 46). Ofrece la rectificación histórica referente a las Leyes de Burgos (1511) consideradas por Ortiz y Rine Leal como represoras de los areítos, mientras en su opinión resulta lo contrario (p. 29).

Reproduce los textos de regulaciones para teatros, leyes, decretos, reglamentos que rigen la actividad escénica de actores y espectadores  (p. 144).

En fin, toda esta primera etapa se revela una escrupulosa y detallada investigación de carácter más bibliográfico que documental, donde se destacan entre otros los textos de los cronistas de Indias así como de Antonio Bachiller y Morales, Jacobo de la Pezuela, Carlos M. Trelles, Manuel Pérez Beato, Fernando Ortiz, Juan José Arrom, Rine Leal y Manuel Hernández González, autor de un reciente e importante título publicado en el extranjero —El primer teatro de La Habana. El Coliseo 1775-1793[3]— Ello no implica, sin embargo, que Padrón haya obviado la búsqueda, quizás no tan fructífera en hallazgos en esta época, de documentos conservados en bibliotecas y archivos nacionales y personales.

El segundo tomo recoge cuatro extensos anexos (compañías, autores y obras representadas y funciones por temporadas), que resumen los datos contenidos en los capítulos y facilitan en gran medida su acceso y comprensión. Les siguen una abundantísima bibliografía consultada y extensos índices analíticos de ambos volúmenes.

Es posible que el título que nos ocupa no ofrezca una lectura cómoda a todo tipo de público, sin embargo, para el investigador de nuestra historia escénica representa un caudal de información a consultar que se agradece. Al mismo tiempo viene a demostrar, una vez más, que el proceso de investigación científica es una espiral eterna y que todo libro de este tipo por valioso que sea, prescribe en algún momento, queda como un peldaño más hacia el infinito y debe ceder el paso a nuevos escalones, lo que en otras palabras corrobora asimismo el carácter científico de las materias humanísticas y que el estudio de la historia de las artes escénicas, a pesar de ciertas opiniones contrarias, es algo más que la descripción superficial de un mero entretenimiento farandulero.

[1] Editorial Arte y Literatura. La Habana, 1975 y 1982.

[2] Dos volúmenes. Ediciones Alarcos, La Habana, 2018.

[3] Ediciones Idea. Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias, 2009.

 

(Visitado 39 )

Exportar a PDF:

Comparta nuestros contenidos en redes sociales:
Leer más
SILVIA KÁTER VUELVE CON DON QUIJOTE A CUBA

Por Mery Delgado / Foto Buby Don Quijote, historias andantes, por la experimentada actriz Silvia Káter, volvió a verse este...

Cerrar