Camagüey, tradición renovada y desafíos

Por Pedro de la Hoz

En la recta final de 2021, la vida cultural camagüeyana reactivó las artes escénicas en un espacio donde el territorio ha demostrado probadas fortalezas, el de la tradición danzaria. En calidad de anfitriones, dos agrupaciones bien asentadas: Camagua y el Ballet Folclórico de Camagüey (BFC), la primera al convocar su segundo festival internacional virtual, de notable afluencia foránea por la vía digital, y el segundo mediante la décima edición del festival Olorum.

Si el primero privilegió el diálogo entre las manifestaciones músico-danzarias que forman parte de las identidades de Cuba y otros países, tal como corresponde al perfil cultivado con excelencia por la compañía que encabeza el maestro Fernando Medrano, Olorum puso el acento en la teatralización de las culturas populares, ruta en la que coincidieron tres de los colectivos presentes en la cita: la Compañía JJ, de La Habana, liderada por Johannes García; Babul, de Guantánamo, bajo la responsabilidad de Ernesto Llewellyn, y el Folclórico de Camagüey, fundado por Reinaldo Echemendía.

La Compañía JJ quizá sea la que con mayor propiedad se inscriba en la saga iniciada hace justamente 40 años por el Conjunto Folclórico Nacional (CFN) –esperamos celebrarlos en grande este 2022, y honrar la obra de Rogelio Martínez Furé, el mexicano Rodolfo Reyes y otros fundadores– y es lógico que así sea, puesto que Johannes García Fernández, merecidamente proclamado Premio Nacional de Danza 2020 por su trayectoria artística, halló, al incorporarse al CFN en 1966, una fuente vital de crecimiento que ha sabido fertilizar en cuanta experiencia creativa ha participado.

Las puestas en escena no reproducen el dato folclórico, sino que lo recrean con fidelidad, pero con estilizado sentido de la representación, cimentado en la integralidad de la formación académica de quienes comparten su visión espectacular.

Asistir a una función de Babul no deja de ser una exploración identitaria singular a partir de una muy precisa referencia regional. A Llewellyn y los suyos les interesa develar procesos históricos requeridos de actualización memorial, como fue el caso de Ébano, la pieza mostrada en Camagüey. El tránsito de África a las Antillas y a Guantánamo como extremo oriental de una isla bañada por la cuenca del Caribe y una zona con una impronta migratoria caribeña muy marcada, se revela en un discurso narrativo original, en el que la música y la visualidad desempeñan un papel de primer orden.

Desde su mismo punto de partida, el Folclórico de Camagüey se decantó por la teatralización de la cultura popular tradicional sobre la base de una sólida plataforma conceptual y rigurosas investigaciones. Contemplar Cordoneros hoy es confirmar la certeza de la senda emprendida hace 30 años. De la madurez de la pretensión espectacular del BFC, ningún ejemplo mejor que Oddí–Oché, metáfora sobre migraciones y su huella en la transculturación. La profesora y ensayista Bárbara Balbuena, en el coloquio organizado por el evento, descifró analíticamente los aportes de un montaje que, como afirma Kenny Ortigas, ilustra la línea del maestro Echemendía, que va «más allá del simple coqueteo con disímiles rituales llevados a escena a través del filtro artístico, para lograr un testimonio fidedigno de las estructuras identitarias y religiosas que sedimentan el complejo entramado de la nación cubana, y procura que cada elemento expresivo puesto en escena esté cargado de una simbología capaz de provocar emociones extremas en cada uno de los espectadores».

El coloquio de Olorum tuvo un momento retador en la intervención del maestro Noel Bonilla Chongo, quien llamó a considerar la danza, todas las danzas, «como zona de conocimiento y actividad epistemológica, reflexiva, revisora del cuerpo y su corporalidad». ¿Cómo responder a tal desafío? Entre nosotros se avizoran respuestas.

Fuente: Periódico Granma Digital

Foto de portada: Archivo Cubaescena

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