Broselianda Hernández, entre la llama y el cristal

Por Norge Espinosa

Traía a escena algo que tal vez solo pueda calificarse como magnetismo: una capacidad extraordinaria de ser siempre distinta e interesante. No se trataba solo de su voz profunda, que llegaba hasta las últimas filas de lunetas y más allá. Ni de la organicidad con la que desgranaba parlamentos de autores clásicos y contemporáneos. Como lo haría una buena cantante, ella podía insuflar un aliento genuino y singular hasta a los diálogos más insulsos. En inglés se dice: larger than life. Más grande que la vida.

De alguna manera Broselianda Hernández era así. Y por ello la noticia de su repentino fallecimiento carece de sentido. Nos golpea, a quienes la tratamos, la conocimos, trabajamos con ella y fuimos sus espectadores, con una fuerza que tardaremos en entender completamente.

Acaso entre las actrices cubanas de reciente vida teatral, ella fue la más diva. Y al mismo tiempo, la que menos lo aparentaba. En esas contradicciones también radicaba su encanto, su misterio, la manera en que ahora tratamos de recomponer una galería de recuerdos en la que no nos extraviemos para definir el por qué nos conmueve tanto su ausencia, y las maniobras a las que nos entregamos para revivirla en nuestra memoria. Hija de personas enlazadas al teatro (Rosa Ileana Boudet y Rolen Hernández), parecía encaminada inevitablemente a la actuación. Que su padrastro fuera Rine Leal ratificaba ese predicamento, y cuando entró a estudiar arte teatral al ISA la profecía parecía cumplimentarse. Ahí estudió, en un instante en el cual los profesores de ese claustro eran figuras de verdadero renombre, y salió de la mano de José Antonio Rodríguez, nada más y nada menos, para debutar con un personaje por el cual no pocas intérpretes darían su mano derecha. Fue Ofelia, en la puesta de Cómicos para Hamlet, que estrenó el Teatro Buscón en su periodo de gloria. Compartió escena con Aramís Delgado, Mónica Guffanti, el propio José Antonio, y la imborrable Elena Huerta, quien tuvo a su cargo el rol de Polonio. Como su primer personaje en la escena nacional, moriría entre las aguas. «La realidad imita al arte», dijo con su dolorosa sabiduría Oscar Wilde.

El cine y la televisión la reclamaron casi enseguida. Su primera telenovela fue, creo recordar, Cuando el agua regresa a la tierra, aunque intervino también en Las honradas, Doble juego y muchos otros dramatizados. Llegó a la gran pantalla de la mano de Rebeca Chávez y Víctor Casáus. Pero ella era eso que se denomina «un animal de teatro». Su voz, su rostro, eran compatibles en una escala muy peculiar con las dimensiones de la sala, que ella engrandecía con esas dotes tan llamativas. Llegó a Teatro El Público, compañía en la que trabajó varias veces y en la cual Carlos Díaz le confió algunos de sus mejores roles, para actuar en Perla marina, bajo la dirección de Lester Hamlet; y Morir de noche, puesta en escena de Mario Muñoz.

Fue la Julieta de El público, en la segunda versión del montaje a partir del texto inconcluso que Lorca escribió en La Habana, en 1995. Pero sin dudas el montaje que la ubicó como un referente ineludible en la historia de esa agrupación fue el Escipión de Calígula, estrenado en 1996.

Habría que recordar la intensidad de ese montaje, el primero en el cual Carlos Díaz revolucionaba su propia estética para acomodarla al tablado del Cine Trianón, donde finalmente Teatro El Público establecería su cuartel de mando. El viejo cine aún se compartía con tandas de filmes, y eso obligaba a que la concepción escenográfica tuviera que desmontarse una y otra vez, hasta que el éxito de La Celestina, finalmente, echó abajo aquella dinámica tan agotadora, en el 2002. Calígula, por tanto, se concibió como un espectáculo aparentemente humilde, en comparación con lo mostrado hasta ese instante por el grupo, y marcó un punto de giro en su estética neobarroca y postmoderna, reciclando los telones que Consuelo Castaneda había creado para la Trilogía de Teatro Norteamericano (embrión del colectivo, 1990-1991, Teatro Nacional de Cuba), y reforzando la espectacularidad en elementos de vestuario y en las interpretaciones que demandaba el arduo texto de Albert Camus. Recuerdo con particular intensidad ese Calígula, que desató lecturas explosivas en toda La Habana. Escribí sobre ese montaje lo que me parece mi primera crítica atendible. Y vi muchas funciones de aquella puesta en la que Roberto Bertrand, Mónica Guffanti, Carlos Miguel Caballero, Leticia Martín, Déxter Cápiro, Yeyé Báez y otros rescataban aquellos diálogos de post-guerra en una Habana post-Periodo Especial. En medio de todo eso, sacando partido de su voz grave, de la androginia de su presencia enfundada en aquel traje masculino y cantando una canción sobre corderos que iban a un matadero muy ubicuo, deslumbraba Broselianda Hernández. La intensidad de sus escenas con Bertrand, que por otra parte echaba mano a todos sus recursos para subrayar todas las ambigüedades del protagonista, era una de las virtudes del espectáculo, que también consiguió elogios en una extensa gira por España.

Una y otra vez regresa esa imagen a mi cabeza, la de Broselianda luchando con la larga cola del traje de su Julieta, en El público lorquiano. Tomando como defensa la ruptura que impone el autor con la imagen idealizada de la joven que imaginó Shakespeare, ella decidió no dejarse dominar por ese elemento de vestuario, y añadió su conflicto con el traje a la rabia y el desparpajo del texto de Federico.

Tampoco me abandona el recuerdo de su voz, que he descubierto a veces cuando escribo parlamentos para otras actrices. Me doy cuenta ahora de cuántas veces la vi en escena, y siempre enumero esas oportunidades, esas funciones, como sorpresas marcadas por todo lo que ella sabía desatar. En El rey Lear fue Cordelia. Y en Bacantes, bajo la dirección de Flora Lauten para el Teatro Buendía, fue Ágave, elevando hasta la cúpula de la pequeña iglesia ortodoxa donde el grupo tiene su sede los parlamentos reescritos por Raquel Carrió. Quien pudo verla en ese rol, no olvidará el instante en el que, como madre enloquecida que regresa desde su furor, descubre entre sus manos la cabeza de su propio hijo, al que ha asesinado bajo los influjos de una venganza divina. Ella llegaba a ese instante aprovechando todo lo aprendido en su carrera, y al mismo tiempo era capaz de defender a su personaje desde una espontaneidad que tenía siempre más enlaces con la inspiración que con la técnica, o la ventaja que siempre le dio su prodigiosa voz, de la que había sacado un partido notable al interpretar el papel de María en Yerma (otra vez Lorca), de la mano de Roberto Blanco en un remontaje de su célebre puesta que subió al amplio escenario del Gran Teatro de La Habana, con Daysi Granados asumiendo a la protagonista. Fue uno de los desempeños por los cuales recibió elogios y premios, en este caso, el de mejor actuación de reparto de la Uneac.

Aunque se quedó con el anhelo de ser dirigida por Almodóvar, encontró su mejor instante en la gran pantalla cuando ya había añadido a su trayectoria varios roles en películas de calidad no siempre óptima, como algunas de las coproducciones cubano-españolas que sostuvieron al Icaic durante gran parte de los noventa e inicios del nuevo milenio. Al fin, gracias a Fernando Pérez, se adueñó de la imagen de la madre del Apóstol para encarnarla en José Martí: el ojo del canario, que basta para recordarla en cualquier selección de interpretaciones notables en la órbita del cine cubano. La recuerdo también en Nada, de Juan Carlos Cremata; Las profecías de Amanda, de Pastor Vega, y en su escena de Barrio Cuba, de Humberto Solás, que tan celebrada fuera por críticos y espectadores. Apariciones breves que siempre nos dejaban con la duda de si alguna vez podría el cine captar todo lo que ella guardaba consigo, y que las secuencias de Fernando Pérez consiguieron preservar como un tributo a la mujer real de la biografía martiana, pero traducida mediante el eco y el tributo a Raquel Revuelta y otras grandes apariciones en nuestra filmografía, que Broselianda Hernández de algún modo revisitó, para hacerse de un sitio digno entre todas ellas.

Creo que nunca la tuve tan cerca como en los ensayos de Fedra, que Carlos Díaz dirigió en el 2007. Uno de los espectáculos más minimalistas de toda su carrera: una pasarela al fondo, una transparencia que la dividía del centro del escenario, y dominando la escena, una amplia cama de madera dorada. No solo asumí la ardua tarea de reducir los cinco gloriosos actos de Racine a una duración más breve, en función de la dinámica de recepción de un espectador contemporáneo. También lo hice en función de Broselianda Hernández, de sus virtudes, de sus manierismos, del elemento siempre atractivo que ella traía a escena. Una vez más, se había roto el aire acondicionado del Trianón, y sospecho que los actores del montaje me agradecían en secreto que la puesta no rebasara la hora y media en cada una de las funciones. La idea inicial (imaginar el texto clásico como una suerte de reality show en el que salieran a flote las intimidades de una familia real en la cual la madrastra se apasiona por su hijastro durante la ausencia del monarca), retrocedió a una visión que se marcó a favor de las interpretaciones.

Osvaldo Doimeadiós, Georbis Martínez, Yeyé Báez, Sergio Buitrago, Félix Adrián González, Fernando Hechavarría, Ysmercy Salomón… eran algunos de los intérpretes, arropados todos por Vladimir Cuenca. Aunque acabara imponiéndose el tono trágico, Broselianda encontró entre sus recursos los suficientes como para dar a luz una Fedra no enteramente víctima, no reducida al papel de plañidera que ha extraviado ya toda voluntad. Supo economizar eso, desde una asunción crítica, al tiempo que añadió toques de humor aquí y allá, acercándola en cierto modo más a los aires de un bolero de amor despechado que a una sinfonía de toques únicamente sombríos.

Para ser fiel al espíritu de Teatro El Público, me las arreglé para añadir una escena en el libreto que Racine no imaginó. Siendo parte de un grupo que posee una amplia colección de heroínas en su repertorio (mujeres osadas, desafiantes, inacallables), decidí que se enfrentaran las dos grandes rivales, Fedra y Aricia, aprovechando las entradas y salidas de personajes en el original, y lograr que así se dijeran las verdades cara a cara, en una suerte de duelo verbal. Ver cada noche a Broselianda e Ysmercys interpretando esos nuevos parlamentos, cada una desde su torrente de voz, enunciando otros intereses en sus personajes y anunciando la venganza que dio la clave al montaje en su momento final, es uno de esos placeres que seguiré agradeciendo a ambas actrices. Fedra le permitió a Broselianda entonar su aria di bravura mientras formó parte de la temporada. Era una actriz que, entre sus posibles defectos, tenía el del aburrimiento repentino. Y si eso llegaba a dominar su acercamiento al personaje, no había vuelta atrás. Tal vez por ello subió a escena mucho menos de lo que hubiera podido, tratando de encontrar, hasta el último minuto, otras cosas que despertaran su interés.

«Para mí Fedra es como una mariposa atrapada dentro de un cristal, que se acerca demasiado a la llama de una vela», nos dijo algo así Graziella Pogolotti, quien pidió estar en el lunetario la noche de aquel estreno. En cierto sentido, esa metáfora ahora me parece más cercana a la propia actriz, antes que al personaje. Esas cosas tan extrañas que me devuelven a la frase ya citada en estos párrafos, de Oscar Wilde.
Estaba y parecía no estar. Aparecía y se esfumaba. Prometía entregarse a un papel, y luego se escurría hacia otros proyectos. Lo quería todo, y vivirlo con rapidez, como si temiera que al detenerse le cayeran encima silencios o el peso de una edad a la que ella siempre desmentía con su risa, con sus anécdotas chispeantes. Mientras, su hija crecía y su madre se radicaba en los Estados Unidos.

Entre personajes, amores, elogios, reclamos, Broselianda parecía un relámpago. Siempre tuvimos las ansias de verla más, de saberla en escena o en la pantalla destilando la intensidad que era tan suya. Su carcajada retumbante que ya no se escucha más. Se dejaba ver en un programa de televisión y citaba a Borges. La invitaban a una entrevista y derrochaba tanta simpatía que la reclamaban hasta que volvía a dejarse ver en el mismo estudio. Iba a una función que se suspendía por un problema técnico, y mientras se trataba de resolver el entuerto, ella saltaba a escena y desplegaba uno de sus célebres improntus. Espero recordar hasta que me alcance la memoria esas canciones de la Guerra Civil Española que aprendió de Rosa Ileana, y que sacaba de su manga y su garganta como cartas de triunfo en sus momentos de éxtasis festivo. Nos vimos, por última vez, cuando ya estaba radicada en Miami, y volvió brevemente a La Habana. «Aquí estoy, para lo que tú quieras», me dijo, con ese vozarrón inolvidable. Pero se fue nuevamente a la Florida, desde donde nos enviaba mensajes y videos que mal disimulaban sus ganas de cambiarlo todo por un nuevo papel, por el calor del público, por un personaje a su medida. No sé si lo habrá. Lo que sé es que ahora hay una playa en Miami donde encontraron su cuerpo, y a la que fueron sus amigos y admiradores a recordarla tras la noticia que nos golpeó sin piedad el 18 de noviembre del 2020, ese año tan atroz.

¿Cómo se recuerda a una actriz, cuando ella misma era todo lo que imaginamos en escena, aun cuando no estuviera bajo las luces? Imagino que con agradecimiento, por todo lo que nos entregó. Para algunos, además, ella fue hija, alumna, protegida, mimada, amante, madre, inspiración. Cuando Juan Pin Vilar me llamó, en la mañana de ese día fatídico, apenas pude entender palabras como Broselianda, suicidio, Miami. No hacía mucho que otra llamada parecida me había informado de la muerte de uno de los mejores poetas de este país, y aún no me reponía de esa pérdida tan brusca. Confieso que no lo he hecho aún del todo. Por eso quiero agradecer a todas las personas que aún se resisten a creer en la veracidad de su muerte, aunque ya no haya manera de negarla. Y que se me permita escribir sobre ella, algo que me resulta tan difícil, como gesto que tal vez me ayude y nos ayude a recolocar su nombre en esa otra manera suya de estar ahora.

No pude reaccionar en aquel instante, hasta que finalmente Carlos Díaz, que tanto la quiso, o mejor aún: la amaba, me confirmó el acontecimiento. La recordé entonces como Ofelia, que en aquel montaje del Buscón, entraba a escena en un giro de risas, como prueba absoluta de su inocencia ante el primer amor. Mantengo así también su nombre ahora en mi memoria, como el espectador agradecido y acaso enamorado que fui ante sus mejores desempeños. Todos la amábamos, cuando la aplaudíamos. En ese halo de inspiración que ella creaba, nos hizo suyos, nos puso a los pies de su encanto y su talento. Que no son cosas que vengan siempre de la mano. Pero que en ella, en su caso, en Broselianda Hernández, se nos concedían como una revelación. Con la intensidad de una epifanía, y la transparencia que nos exige toda la verdad.

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