Broselianda Hernández: su impronta en el cine cubano

Por Juan Antonio García Borrero

En su popular programa televisivo Con dos que se quieran, el cantautor y conductor Amaury Pérez Vidal entrevistó a la actriz Broselianda Hernández. Y en algún momento le pregunta «¿Por qué llegaste tan tarde al cine cubano?», y ella responde:

Yo creo que tiene que ver más bien con esa cosa de los tipos físicos y de ese tipo también físico peculiar, esa voz peculiar y todas esas cosas, aunque yo había hecho una primera película muy joven con Víctor Casaus. Después me condenaron al ostracismo, en el sentido de las películas…

Ciertamente, el hecho de que Broselianda Hernández haya quedado en el imaginario de este país como una de las más colosales intérpretes del teatro, puede fomentar el riesgo de poner en un segundo plano su labor para el cine nacional.

En lo personal, pienso que deberíamos hablar de Broselianda como Actriz (así, con mayúsculas), sin establecer falsas fronteras, sin distinguir lo que hizo para las tablas, para la pequeña pantalla, o para verse en una sala oscura.

Al final, hablamos de una mujer que se adueñaba de los escenarios, y los convertía en su escenario, sin importar que las tramas principales estuviesen en función de otros. Eso fue lo que sentí cuando la descubrí en Barrio Cuba (2005), una película coral de Humberto Solás donde tiene apenas minutos de presencia, y, sin embargo, al menos fue mi caso, es su imagen desgarrada la que más perdura en la memoria.

Tal vez encontremos en esa escena la mejor metáfora de lo que fue su vida breve en lo humano, esa que, paradójicamente, nos va a trascender a muchos, porque está hecha de intensidades más que de largas duraciones, algo que la convierte en uno de nuestros paradigmas perfectos de misterio escénico: gracias a ese misterio quienes lleguen en tiempos ulteriores seguirán sintiendo una curiosidad que, a la larga, es lo que permite la permanencia de su legado.

Broselianda debutó en el cine con Castillos en el aire (1986),[1] un documental dramatizado de Rebeca Chávez donde aparece en los créditos como Broselianda Boudet. Tenía entonces apenas veintidós años de edad, y aún no se había graduado de actuación en el Instituto Superior de Arte con Diploma de Oro. Luego llegaría Bajo presión (1989), el filme de Víctor Casaus que menciona en la entrevista con Amaury Pérez, y que en el momento de su estreno provocara que el crítico Rolando Pérez Betancourt escribiera lo siguiente en el periódico Granma:

Los primeros diez minutos del filme son contentivos de una excelente utilización de la síntesis a partir de planos rápidos y muy bien combinados. Igualmente hay que destacar la construcción de los personajes y las actuaciones todas, que en los casos de René de la Cruz, Isabel Moreno y José Antonio Rodríguez no son una sorpresa, pero que sí traen una revelación en la joven Broselianda Hernández, segura y convincente en el papel de Vivian, la joven ingeniera.

Lamentablemente, esta revelación histriónica va a coincidir con la inminente llegada a Cuba del Periodo Especial, el cual tendría un impacto muy negativo en la producción cinematográfica. En esos años noventa, el Icaic reduce de un modo drástico sus filmaciones, y comienza a ganar presencia, por razones fundamentalmente económicas, el fenómeno de las coproducciones, y su correlato, la emigración de las personas vinculadas al gremio.

La mayoría de las películas en las que Broselianda Hernández participa en ese periodo pertenecen a ese régimen de coproducción o servicio: la italiana Isla Margarita (1990), de Vincozencio Badolizani, la francesa Tiburón en La Habana, de Alain Naltum, y las españolas Sabor latino (1996), de Pedro Carvajal, y Cosas que dejé en La Habana (1997), de Manuel Gutiérrez Aragón.

En esta última formaría parte de un elenco donde sobresalen algunos de los mejores intérpretes de su generación (Jorge Perugorría, Isabel Santos, Luis Alberto García (hijo), María Isabel Díaz), y en la que se cuenta una historia entrañable de tres hermanas que emigran a España, y terminan debatiéndose entre la nostalgia y la voluntad de integración al nuevo contexto.

Aunque en 1999 es reclamada por Pastor Vega para intervenir en Las profecías de Amanda, y Juan Carlos Cremata le ofrece un papel en Nada (2000), pienso que es con su brevísima, pero intensa actuación en Barrio Cuba (2005), de Humberto Solás, que consigue reimponer ese sello de revelación que ya habían advertido en su debut. Ese mismo año asume el protagónico de una de las películas más transgresoras que se han realizado en nuestro país: Mata que Dios perdona (2005), de Ismael Perdomo.

Broselianda Hernández como Doña Leonor Pérez en el largometraje Martí el ojo del canario. Tomada de Cubadebate

Pero es, definitivamente, su trabajo en José Martí: el ojo del canario (2010), de Fernando Pérez, lo que consiguió imponerla como una actriz excepcional dentro del imaginario de los espectadores del cine cubano, al representar a Leonor Pérez, la madre del héroe nacional, José Martí.

Debo confesar que me ha costado un trabajo enorme escribir esta breve nota de evocación, y no sé por qué. Algo inexplicable para alguien que alguna vez se dejó arrastrar por un arrebato incontrolado de admiración por Broselianda Hernández, y escribió esto que ahora reproduzco:

«Queridos amigos: Aquí estoy, olvidada de mí. No de ustedes». Esto lo ha escrito la actriz Broselianda Hernández en su blog Viajera inmóvil. Y me ha matado. De vez en cuando me gusta pasar por su sitio. Quedarme lelo ante sus fotos. Leer sus reflexiones.

Ella no me conoce. Y tampoco sabe que la espío desde hace un montón de años. Que me quedé de cabeza (o sin cabeza) por ella en Barrio Cuba (y eso que salía apenas minutos). Que soy fanático de su desempeño en La anunciación. Quizás a partir de ahora adquiera todos los recelos del mundo contra mí (¿recuerdan aquella película donde Robert de Niro se convierte en un incómodo fan de Wesley Snipes?).

Las actrices, cuando se desnudan de verdad (no de la ropa, sino del espíritu) pueden ser las personas más temibles del mundo. He tenido la suerte de que algunas de los que más admiro en este país me hayan concedido el privilegio de conversar con ellas lejos de todo lo que huela a alfombra roja. No de «entrevistarlas», sino de hablar como habla cualquier ser humano en circunstancias comunes: Mirtha Ibarra, Isabel Santos, Adelá Legrá, Daisy Granados, Eslinda Núñez, Verónica Lynn, Ketty de la Iglesia.

Ahora acabo de leerme una entrevista de Luisa María Jiménez (otra de mis actrices fetiches) concedida a Carlos Barba, que me ha dejado pensando tanto como las cosas que leo en los blogs de Broselianda Hernández e Ivonne López Arenal.

Pienso en las aprensiones de Freud cuando se refería a la psicología femenina, y trato de imaginar una posible recaída si hubiese llegado a entrar en algunos de esos blogs escritos por actrices. En mi caso, reconozco mis límites: sé que soy más vulnerable ante una mujer inteligente que ante una mujer desnuda.

Nunca alcancé a hablar personalmente con Broselianda. Nunca llegué a disculparme por ese exceso de admiración que se aprecia en lo que ahora he citado. Supongo que estaba acostumbrada a recibir aclamaciones de todo tipo. Y tengo la impresión de que ya conocía de antemano el lugar prominente que desde hace rato ocupa en el parnaso escénico de este país, aunque su desmedida modestia, proporcional al tamaño de su pantagruélica risa, no la mantuviera todo el tiempo a la vista del público.

Sin embargo, hoy que no está, es cuando más se notará. Porque cuando sucede algo así (desaparición física de alguien en plena juventud y madurez), me da la impresión de que somos nosotros (los sobrevivientes) los que nos vamos alejando de ese punto luminoso en que tales personas están destinadas a brillar para siempre, pues como advertía Santayana: «Al fin y al cabo la longevidad es un don vulgar, y además vano, si se le compara con la eternidad, es un privilegio del polvo y de los más bajos y primitivos organismos. Los dioses aman y guardan en su memoria la belleza de los que murieron jóvenes».

Foto de portada: Tomada de cinecubanolapupilainsomne.wordpress.com

[1] Luego le siguieron: Bajo presión (1989), de Víctor Casaus (Ficción); Isla Margarita (1990), de Vincozencio Badolizani (Ficción, Italia); Tiburón en La Habana (1994), de Alain Naltum (Ficción, Francia); Sabor latino (1996), de Pedro Carvajal (Ficción, España); Cosas que dejé en La Habana (1997), de Manuel Gutiérrez Aragón (Ficción, España); Las profecías de Amanda (1999), de Pastor Vega; Tiempo muerto (1999), de Andrés Curbelo; Nada (2000), de Juan Carlos Cremata; Dos mujeres (2001), de Max Álvarez (Mediometraje); Niño con lluvia (2002), de José Ángel Alayón; Habanera (2004) (2004), de Joana Oliveira; Barrio Cuba (2005), de Humberto Solás; Siempre Habana (2005), de Ángel Peláez; Una rosa de Francia (2005), de Manuel Gutiérrez Aragón (Ficción, España); Mata que Dios perdona (2005), de Ismael Perdomo (Ficción); Así está bien (2008), de Alejandro Soto (Cortometraje); La Anunciación (2009), de Enrique Pineda Barnet (Ficción); Habanaver. T.A. 31 KB/seg (2009), de Javier Labrador, Juan Carlos Sánchez (Documental); José Martí: el ojo del canario (2010), de Fernando Pérez (Ficción); Túnel (2010), de Daniel Chile; Camionero (2011), de Sebastián Miló (Ficción); El rito del alacrán (2011), de Antonio Alfredo Quiñones (Ficción); Nani&Tati (2013), de Adolfo Mena Cejas; Fátima o El Parque de la Fraternidad (2014), de Jorge Perugorría (Ficción); La nube (2014), de Marcel Beltrán; El acompañante (2015), de Pavel Giroud.

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