Berta Martínez: pasión por la escena

Por Roberto Gacio Suárez

Los estudios teratológicos son amplios y diversos, incluyen la teoría del teatro, la crítica teatral, los estudios de movimientos e instituciones, compañías y grupos artísticos, historia de la escena a través de siglos y décadas de quehacer teatral, y por supuesto, la memoria y valoración de figuras trascendentales, aportadoras al desarrollo de este arte y a la cultura de sus países.

   Este es el caso de la reconocida Berta Rosa Martínez López (Yaguajay, Sancti Spíritus, 1931-2018), actriz, directora, pedagoga y diseñadora de condiciones excepcionales para el ejercicio de su profesión como teatrista integral.

Finalizando 1957 conocí, mejor dicho, vi por primera vez a esta mujer quien se iniciaba además como directora. Fue en la sala Prometeo del muy elogiado Francisco Morín, sita en el Paseo del Prado capitalino.

Ambos habían llevado a las tablas El difunto Sr. Pic, original del francés Charles Payret Chapuis. Situada después de la Segunda Guerra Mundial, trata de una familia cuya madre, recreada por Berta, personaje dominante, imperiosa, una dictadora terrible tanto de su hijo como de su mujer, interpretada por la también excelente actriz Ernestina Linares, y el muy profesional Manuel Pereyro. En realidad el conflicto, plagado de odios y rencores, estallaba a cada momento con una violencia impresionante.

Desde el año anterior, 1956, yo asistía a las salitas teatrales habaneras: Talía, Arlequín, Prado 260, entre otras, cuando observé el desempeño de la Martínez, quedé absorto y deslumbrado. Ella abanicándose frecuentemente, ordenando, criticando, enfrentándose a los demás, llena de absoluta verdad artística, causaba en los espectadores choques emocionales y profunda admiración. Era una anciana de más de setenta años.

Cómo sería mi sorpresa, cuando al finalizar la función Berta se acercó al borde del escenario para saludar al reconocido teatrista Adolfo de Luis, entonces descubrí que ella no llegaba a los treinta. Había realizado, entre otras cosas, una caracterización magistral en la integración del mundo interno y exterior de esa honorable anciana.

Por ese entonces yo no había comenzado a estudiar actuación, pero comprendí que había estado frente a artistas de un nivel muy superior a los que había visto en otros teatros.

En 1959 ella actuó en la sala Talía, del Patronato de Teatro, en la pieza El águila de dos cabezas, dirigida por Ramón Antonio Crusellas, y junto a dos intérpretes de destacada trayectoria: Florencio Escudero y Alicia Fernán. Esta última me confesó que ponerse al lado de la Martínez al actuar era un verdadero reto para cualquier profesional. En esta ocasión enfrentó la creación de una reina poderosa, soberbia y consentida —Rine Leal dijo palabras muy elogiosas de este desempeño, igualmente lo haría posteriormente por Madre Coraje y otras interpretaciones.

En 1960 me encontraba ya en el segundo año de actuación en la Academia Municipal, un actor conocido en espectáculos anteriores me llevó a los ensayos de Santa Juana, original de Bernard Shaw, esto tenía lugar en la salita del Palacio de Bellas Artes. Al frente de este proyecto, en la dirección, se encontraba Martínez, y también en el protagónico.

Allí participé en los coros de los nobles de la corte y en el conjunto de obispos, frailes y sacerdotes de la escena final. La dramaturgia cuenta la historia de la doncella de Orleans, la misma sufre visiones y alucinaciones con santas y santos, quienes le dan consejos y orientaciones acerca de la guerra y de las acciones que debe ejecutar el Delfín, a quien ella protege y apoya. Pero, acusada de hechicería, ella finalmente es quemada en la hoguera.

El exquisito vestuario de la pieza corrió por cuenta del atelier del modisto Julián, fiel colaborador de Morín. Berta empleó una armadura completa mandada a confeccionar expresamente.

Con absoluta precisión nos mostró a la ingenua campesina del primer acto, algo primitiva en sus reacciones, la guerrera del segundo acto, y en la escena final nos conmovió a todos al negarse a firmar con firmeza el acta acusatoria. Rodeada de un elenco conformado por Adolfo Llauradó y José Antonio Rodríguez, entre otras muchas figuras, Juana, llevada por Berta con intensidad y lágrimas muy sentidas, nos estremecía y recibía de todos los espectadores unánimes expresiones de reconocimiento.

Con posterioridad, en 1961 incorporará la hija muda de Madre Coraje, original de Bertolt Brecht, bajo las riendas de Vicente Revuelta, en el teatro Mella, obra encabezada por la también grande de nuestra escena Raquel Revuelta.

Esta actuación sin palabras, mediante extraños sonidos, gestos y acciones corporales, situó a la actriz en un altísimo pedestal de reconocimiento. Su espeluznante final, al avisar mediante gruñidos y gritos entrecortados a unos campesinos sobre la presencia de soldados asesinos, nos dejaba atónitos y conmovidos al máximo, nos parecía que un animal herido profería aquellos sonidos aterrados y aterradores.

Al año siguiente, 1962, ocurre una de las representaciones más trascendentales representaciones del teatro cubano, Fuenteovejuna, de Lope de Vega, a cargo de Vicente, y como Laurencia, su hermana Raquel. Entonces Berta asumió a la reina Isabel de Castilla, y lo hará con el acento, la mesura, la elegancia y el acento y tono vocal y corporal de la realeza del siglo xv.

Pudiéramos considerarla una actuación especial que ella logró elevar a un sobresaliente sitio dentro del extenso reparto. Fuenteovejuna contó con la presencia del Comandante Fidel Castro, en una función histórica tanto por la temática grandiosa y debido a su carga revolucionaria, pero también debido a su calidad estética en la historia del teatro de la nación.

Berta Martínez y José Antonio Rodríguez en Contigo pan y cebolla.

Un intenso y extenso plan de funciones encerró 1964 para la actriz, puesto que en febrero estrenó la primera versión de Contigo pan y cebolla, comedia costumbrista con elementos dramáticos del prolífico autor cubano Héctor Quintero. La protagonista, Lala Fundora, se convierte en manos de Berta en un emblemático y representativo modelo de la madre cubana de extracción humilde en la Cuba anterior a 1959. Su creación estuvo sustentada en la precisa y enriquecida cadena de acciones que desplegó para dotar de riqueza interpretativa y originalidad al personaje. Asimismo, atendió a la diferenciación emotiva en cada acto, acompañada de rasgos caracterológicos específicos. Personaje definido para siempre en el histórico devenir del teatro nacional.

Esta versión fue dirigida por Sergio Corrieri y estuvo inclinada hacia lo dramático, donde lo cómico perdió mucho peso; años después, el autor la dirigió, desarrollado diferentes claves artísticas.

El espectáculo contaría con innumerables reposiciones y giras nacionales e internacionales.

En el mismo año, pero en septiembre, ella estrenó la dirección de La casa vieja, de Abelardo Estorino, mención del Concurso de la Casa de las Américas. Aquí comienza Martínez a abandonar la actuación y dedicarse por completo a dirigir.

Respetó todo el texto estorineano y ofreció un conjunto de actuaciones valiosas con Raquel, Herminia Pereyro y Lauten. Su aporte consistió en el derrumbe al finalizar la función de las paredes de la casa, significando el derrumbe de prejuicios y formas viejas de pensamiento.

Por último, ya en diciembre, con El perro del hortelano, de Lope de Vega, también con Vicente como director, la Martínez alcanzó nuevas cotas de grandiosidad al dar vida a la condesa de Belflor, mujer de clase muy enamorada de su secretario, lo cual establecía una barrera para la realización amorosa de ambos.

Me incorporé a Teatro Estudio en esos momentos y actué en dicho título. Berta llevaba años allí y tenía a su haber la hija muda y la reina Isabel de Castilla. Ahora daría un nuevo giro al darle vida a esta aristócrata, y se expresaría en preciosos y difíciles versos, para lo cual contó con la asesoría de Julio Mata.

Su rigor y talento se manifestó en los movimientos suaves y sinuosos, casi se deslizaba por una enorme escalera que subía y bajaba frecuentemente con un traje de cola, el diseñador Andrés García decía que Berta era una de las actrices que mejor llevaba su traje de época. En su desempeño, al desplazarse encerraba, al igual que en sus gestos, las contradicciones psicológicas del personaje. Otro de sus logros consistió en la enunciación de las estrofas que dejaba muy en claro las intenciones de la condesa, matices y suavidad susurrante del texto acompañaron su desempeño. La actriz consiguió un desdoblamiento total pleno de lirismo, refinamiento y emotividad como parte de sus dotes histriónicas excepcionales.

Un poco después, en mayo de 1966, se producirá un programa teatral compuesto por dos obras, ¿Quién pidió auxilio?, única obra original de Berta, que acompañó a Todos los domingos, de la autoría de Antón Arrufat. Dramaturgia de pequeño formato que consiguió en la segunda tonos y atmósferas surrealistas tanto en el conflicto central como en las intervenciones de la cartomántica o con el viejo de las tijeras. Para ello diseño un juego de luces, algo que siempre ella disfrutó hacer, desarrollado con mayor ímpetu en espectáculos posteriores.

Un año después, en septiembre de 1967, se estrenó La ronda, del austríaco Arthur Schnisler, aquí Martínez, bajo la dirección de Raquel Revuelta y Abelardo Estorino, encarnó a la señora que engaña a su esposo con el joven amante. Igualmente, las acciones físicas al despojarse del sombrero, el pequeño bolso y los guantes, y luego de retocarse frente al espejo, son memorables, para este intérprete no había obstáculos en cuanto a expresar una época, una clase social, o una psicología determinada. Otra cualidad a destacar era su manera de plasmar el tono de una representación, su ritmo intrínseco, y por último, la comprensión de los géneros, esto puede afirmarse de la actriz consagrada y de la directora de excelencia.

Al año siguiente Berta fue a dirigir en el grupo La Rueda un texto de José Milián: La reina de Bachiche, pero problemas organizativos impidieron el estreno, y sólo se obtuvo la experiencia de un montaje inconcluso.

Con posterioridad, en 1969, subiría a la escena de la sala Hubert de Blanck, sede permanente de Teatro Estudio, donde ocurrieron las variantes escénicas que hemos comentado y continuaremos reseñando, una de las más reconocidas creaciones de la figura que nos ocupa, me refiero a Don Gil de las calzas verdes. Este clásico, también del Siglo de Oro español, se convierte en el primer título de gran formato de más de treinta actrices y actores, donde como directora Martínez demostró su sabiduría en la distribución espacial de los personajes dentro de la escena. Los diseños, como ocurriría a partir de este espectáculo al siguiente modo, la escenografía, integrada por los propios actores como estatuas vivientes, integrando verdaderas instalaciones plásticas.

Puesta en escena Don Gil de las Calzas Verdes.

En cuanto al vestuario, se escogieron piezas recicladas de otras puestas, y se compusieron a partir de texturas y color, en una mezcla atractiva y deslumbrante. Por otra parte, las luces creaban atmósferas radiantes mediantes haces de iluminación que procuraban ámbitos y zonas de acción de una belleza inigualable.

Don Gil, espectáculo de grandes dimensiones, sonoridad muy alta, y juegos corporales de acción constante y trepidante a la vez.

Berta continuaría más adelante con los macro espectáculos, para lo cual también estaba dotada. Inteligencia, rigor, organización y disciplina, caracterizaron su método de dirección.

El año 1970 marca el montaje de Bernarda, versión libre de La casa de Bernarda Alba, de corte experimental; la directora realizó un fuerte entrenamiento para las actrices —elenco totalmente femenino—, la singularidad de la escenificación consistía en la propuesta de dos actrices para un mismo personaje, cada una de ellas asumía el interior una, y la otra la parte exterior, de modo que accionaban al unísono y reaccionaban de igual modo.

La fisicalidad, la energía corporal, rigió todo el discurso escénico en una compleja combinación de conceptos y modos, y también maneras de abordarlos con vigor y dinamismo. Toda una concepción experimental en una época donde brilló este estilo de teatro-danza, y contó con la colaboración de maestros de danza.

Dos años después Berta recreaba La casa de Bernarda Alba, de García Lorca. Muchos de los criterios y recursos teatrales empleados en Don Gil se usaron en La casa, pero ahora alumbrando una tragedia donde la luz y la sombra poblaban toda la atmósfera, trajes negros, austeridad terrible y total, ambiente asfixiante, como corresponde a una dictadura matriarcal que envuelve a madre e hijas. Los cambios de escena contaban con las acotaciones o didascalias leídas por los que integraban el coro. Considero lo más significativo de esta escenificación las tensiones que se establecen entre los personajes, los coros, las mujeres abanicándose en el velorio, pero también los silencios, los cuchicheos, los tonos amenazantes y los cautelosos o miedosos, que otorgaron a esta historia trágica la trascendencia que las acompañó en todas sus presentaciones.

En 1975, Héctor Quintero realizó su puesta de Contigo pan y cebolla, tan exitosa que se mantuvo muchas décadas en el repertorio y las carteleras del Hubert de Blanck, así como participó en giras nacionales e internacionales.

Berta, como Lala, mantuvo lo logrado desde el punto de vista dramático, y acentuó lo propio de la comedia con aspectos ridículos e irónicos, sarcásticos. Ella lleva al personaje por la cuerda tragicómica, esa fue su visión muy personal.

Otro texto de Quintero, Si llueve te mojas como los demás, apareció dirigida por el propio autor en el grupo Teatro Estudio, espacio donde se desarrolló la carrera artística de Berta Martínez. En esta ocasión se desenvolvió dentro de una solterona de índole poética, sensible y contenida, una presencia especial para una actuación especial.

Estamos en 1976, tres años después, en 1979, ella estrenará su gloriosa representación de Bodas de sangre, también de García Lorca, quizás pudiéramos considerarla su más lograda dirección teatral. Otra gran recreación del mundo español a través de la música, los ambientes y la compresión honda de estas bodas como un contrato de negocios. De ahí el rechazo por parte de la novia de un hombre al que no ama. Es un bello espectáculo signado por los elementos folklóricos del mundo hispano. Luminosidad, color, vitalidad, presiden el discurso escénico. La directora siempre pretende equilibrar lo textual, lo sonoro, con la energía física de las grandes masas en movimiento y traza sobre la escena verdaderas pinturas, su teatro se visualiza como un cuadro plástico de grandes dimensiones.

Bodas de sangre recibió los más altos elogios y las críticas más laudatorias dondequiera que se presentó: en Belgrado, Madrid, Barcelona y Portugal. Estas piezas lorquianas formaron parte de sucesivas y numerosas giras de la compañía Hubert de Blanck, que reemplazó al grupo Teatro Estudio, el que se trasladó para La Casona de Línea.

 La década del ochenta encierra tres nuevas creaciones de la brillante directora, y son Macbeth (1984), La aprendiz de bruja (1986), La zapatera prodigiosa (1987) y La verbena de La Paloma (1989).

 Construcciones teatrales muy diversas y complejas; la obra de Shakespeare, Macbeth, contó con elementos culturales del folklore cubano y africano, con hojas de yaguas se configuró el bosque que avanza en la guerra que aparece en la dramaturgia de Shakespeare.

Para las actuaciones contó con Herminia Sánchez, José Antonio Rodríguez y Pancho García; estos actores defendieron la obra con verdadero afán.

La obra se Alejo Carpentier se hizo valer con La aprendiz de bruja, historia de la revolución mexicana y de la india llamada Malinche en su relación con el español Hernán Cortés.

La aprendiz… plasmó los contrastes oscuros, crueles, criminales, de la Conquista, un tono grave, violento y patético, rodeó la puesta en escena, que asumió la densidad de la historia y el verbo empleado. También permitió una vez más observar el dominio de las composiciones escénicas de la creadora a la cual rendimos homenaje en este Festival de Teatro 2021.

Luego vendría La zapatera prodigiosa, otro Lorca que la Martínez colmó de ternura y de un finísimo encanto. Se respira ternura y mucha sensibilidad.

   La difícil relación criticaba socialmente la relación de una mujer joven y un viejo con buen gusto, emotividad y respeto por el autor y también por la directora. La zapatera… corrió a cargo de la luminosa comediante Ana Viña, que otorgó al personaje todas las mieles del talento.

   Berta Martínez fue también una investigadora acuciosa, y se propuso indagar en la zarzuela española y su posible empatía o coincidencia con nuestro teatro bufo. En su versión de La verbena de La Paloma recogió algunos aspectos cubanos, pero sobre todo consiguió un espectáculo musical moderno donde los actores se desdoblaron en cantantes. Una representación tan hispana como cubana; humor fino, agradable, exquisito.

Fui testigo del éxito obtenido por la presentación en el Festival de Moscú (1990), allí fue recibida con halagos y felicitaciones del público que la disfrutó.

 Más adelante subió al palco teatral, es decir, al escenario del Hubert de Blanck, el 21 de abril de 1991, El tío Francisco y las Leandras, que constituye la última obra que ella dirigiera.

El tío Francisco y las Leandras, dirección de Berta Martínez.

Otra zarzuela, más bien revista musical, recreada con gracia, ingenio y picardía. Una noche de gracia, jolgorio y humor criollo nos depara El tío Francisco…, donde se asumen números musicales del original; tuve el placer y la honra de actuar en ella defendiendo el personaje de porras, esto ocurrió en la última reposición de 2006, ¿cómo iba a pensar que este sería el final activo de Berta?

Como hemos visto, no sólo fue una legendaria actriz, también una directora de altísimos quilates, también una pedagoga no sólo en el Instituto Superior de Arte, sino en el diario trabajo de montaje con los actores.

Creo que nunca debería olvidarse su estatura artística; ella, Berta Martínez, junto a los también excepcionales Vicente Revuelta y Roberto Blanco, integran las columnas fundamentales de la generación que se presentan en el teatro de los cincuenta. Ellos a partir de 1959 desplegaron una labor cultural y teatral que junto a los mejores ejemplos de las generaciones posteriores situaron al teatro cubano en un sitio muy destacado del patrimonio de la nación.

Otras consideraciones

Antes de verla por primera vez, Berta había protagonizado varias obras dirigidas por Morín. Ya en 1957 y 1958 era la actriz hecha que conocí.

Como directora le daba igual importancia en su atención al protagonista o a la última figura del coro.

Se preocupaba enormemente por los que comenzaban.

Desde la Santa Juana, recibí su afecto y consideración; aparte de mi admiración, también sentí profundo respeto y cariño hacia ella. En los últimos años de su vida establecía conversaciones sobre problemas del arte del actor.

¡Que la admiración por ti nunca se apague!

En Portada: Berta Martínez en El círculo de tiza caucasiano. Fotos Archivo Cubaescena

(Visitado 88 )

Exportar a PDF:

Comparta nuestros contenidos en redes sociales:
Leer más
Teatro De Las Estaciones Regresa A República Dominicana

Teatro de Las Estaciones regresa al Festival Internacional de Teatro de Santo Domingo, tras 12 años de haber participado en...

Cerrar