Artes vivas y danza contemporánea, nombrar las cosas

Por Noel Bonilla-Chongo

Necesito una flor, una flor, una flor;

me hace falta una flor, una flor…

Pimpinela

Volver sobre las definiciones o las maneras que nos inventamos para nombrar objetos, sujetos, formas, unidades, sucesos, eventos, acciones (“l’art de nommée les choses”, nos diría Barthes) dentro de la danza (más bien contemporánea), integra ese cúmulo de palabras claves de atendible análisis. Y es donde el término “artes vivas”, viene siendo ampliamente utilizado en los últimos tiempos, no tanto en nuestro contexto, pero sí en países (España, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Colombia o México) donde la teoría del arte ha dejado de ser una disciplina agregada a la praxis artística, para ser parte de su meollo activo y constructor de significaciones.

Artes Vivas, acaso ¿se trataría de insuflar vigor a un arte presuntamente agonizante? ¿Será un nuevo término para aludir a la multiplicidad de formas y complejidad actual del hecho teatral, danzario? Quizás sea solo una “metáfora terminológica”, una herramienta epistemológica para el estudio de las modulaciones cambiantes dentro de las artes escénicas, donde la danza contemporánea tiene un sitial distintivo. O, tal vez busque conexiones alrededor de las “escrituras discontinuas”, de aquellas zonas de rupturas donde Arthur Danto anclara su concepción del “fin progresivo de la historia del arte”. Sea una u otra definición, cierto es que la demarcación “artes vivas”, al tiempo que identifica indudables dispositivos enunciativos y de procedimientos constructivos dentro de algunas prácticas escénicas de este minuto, de igual modo lanza signos de ansiedad hacia el futuro de las artes escénicas en un mundo que se hace y deshace con idéntica celeridad mientras nos preguntamos ¿cómo serán las formas de artes escénicas venideras?

Volver sobre las definiciones o sobre las des-definiciones que sitúan el arte danzario hoy en zona de resistencia a todo proceso de aculturación y acomodación, es necesario. Tal como insistimos en nuestra entrega anterior, por muy diverso que sea el panorama expresivo y de modalidades en la danza contemporánea, ella no es sinónimo de caos, más bien se trataría de analizar en ella, en su carácter crítico y político (ídem al arte actual), la apertura, democratización e integración en la vida cotidiana, desde donde emergen experiencias artísticas mezcladas con otras transacciones más allá de lo puramente artístico.

Entonces, en muchas de estas propuestas (en derivas), que transcienden las concepciones propias de la disciplina “danza” en particular, resultan no tan fáciles de clasificar, de nombrar, de definir, aun cuando algunas de ellas traen al escenario trozos de vida latente, haciendo que su existencia pueda presagiar futuros desarrollos tan nuevos como sugestivos. ¿Cómo definir La mujer de carne y leche, recordada propuesta escénica con dirección de la gestora cultural Leire Fernández y la diseñadora Idania del Río; deriva espectacular que juntaba en su artesanía compositiva a creadoras y creadores de distintas disciplinas para trabajar sobre el cuestionamiento de la violencia de género desde el planteo de un análisis poético-visual de la posible fábula? ¿Dónde ubicar la primera versión de Antigonón: un contingente épico, que escribiera el dramaturgo Rogelio Orizondo y dirigiera Carlos Díaz en una mezcla de expresión corporal, silencio orgánico y cadenas de acciones sin rarezas de comportamientos? ¿Qué chose pudo ser Family Trash, de Osikán Plataforma Escénica Experimental en su urdimbre de cuerpos, danzas, textos, acciones y referencias múltiples? ¿Cómo develar las distancias aparentes entre las obsesiones de Luvyen Medero desde Coca-Cola Dreams a Coreovecinos, sin olvidar las mutaciones que su autor/actor/bailarín sufriera en carne y huesos de 2008 a 2022? Muchas de estas propuestas investigan a partir del cuerpo, de la corporeidad que transciende las trincheras entre comunidades teatrales o dancísticas para quebrar aquellas que se erigen dentro de las mismas y exploran valores comunes y desemejantes para volverse testimonios verosímiles de la actualidad. Ah, no olvidemos que estas estrategias (si se quiere de gestión, comunicación, expansión) sirven para reconfigurar nuevos espectadores e incluso para recalificar nuevos espacios o incluir nuevas definiciones de lo artístico, lo teatral, lo danzario, más allá y más acá de presentarse bajo la etiqueta de Artes Vivas.

Y al volver sobre las definiciones, me inquieta de similar manera la producción espectacular del binomio creativo Laura Ríos (bailarina y coreógrafa) e Iván F. Real (instrumentista y compositor) con Gesto del sonido, espacio que complicita música y baile a modo de acorde indivisible. Pretexto para volver sobre el poder decisivo de la investigación matérica de fuentes y referentes en la producción artística para la escena de este minuto. En la relación música-danza/danzalidad-musicalidad, ¿el aparente silencio del cuerpo danzante crea sonoridad? ¿Existiría el sonido sin el silencio? ¿La danza sin sonido, sin imagen sonora o gestual sentido expresivo? Acaso Gesto del sonido, mientras sus artífices “nos proponen reflexionar en un viaje artístico donde la música en función de la danza o esta última en función de la primera”, procuran recuperar la comunión del ontológico supuesto donde la acción coreográfica recobra diálogos operativos entre el cuerpo, el sonido y/o el territorio para experimentar con nociones de tiempo, re-significación y realidad-ficción, hoy urgentes.

Artes vivas y danza contemporánea, sobre sus zonas de juntura y bifurcaciones seguiremos explorando, ejemplos de propuestas escénicas abundan en los escenarios insulares en estos últimos quince años, pandemia por medio. Los nuevos espectadores, si es que en verdad existen y se fidelizan, muchas veces rechazan las propuestas de más tradicionalistas, pues son de la opinión de que esas manifestaciones más conservadoras no van con ellos, o que son caducas, de museo. Nuevas creadoras y creadores persiguen un objeto artístico transgresor, pero tal como apunta Susan Foster, la cuestión es si estas propuestas exploran nuevas formas de temporalidad, de causalidad o de narratividad. Y nuevamente regresa el recurrente asunto de nombrar las cosas…

Nota:

El exergo de la canción de Pimpinela aquí alude a un repetido intertexto usado por Luvyen Medero en sus performances.

… continuará…

En portada: Antigonón, un contingente épico (2013), Teatro El Público. Foto Buby Bode.