Arte, cultura y una realidad que se impone entre líneas discontinuas

Por Kenny Ortigas Guerrero

Pido licencia para referirme indistintamente a los términos “arte” y “cultura” como si fueran uno solo, complementándose ambos. El parche antes de la gotera… para nada quiero circunscribir el papel del arte (su rol, su juego simbólico, su capacidad de sorprender, sus entamados metafóricos) en lo que pudiera significar la esquemática forma de una “línea”.

Todo lo contrario, el arte es onda expansiva de estremecimientos espirituales, es bebida nutricia para el intelecto y sus encuentros propiciatorios acercan a los seres humanos al goce y disfrute estético de la vida observada desde el prisma de sus creadores, los que, a su vez, colocan sobre el tapete de los sentidos las diversas perspectivas de determinada situación y arrojan, inobjetablemente, luces sobre tal o más cual fenómeno.

Hace dos años atrás, el mundo, que desde sus macros y microestructuras organizaba las formas de acceso al arte y la cultura, parecía mantener una línea inquebrantable de desarrollo (sin contar sus zonas oscuras, esas de los excluidos, de los que aun no reciben los beneficios de hacer y disfrutar de la cultura). Eventos, festivales, programaciones culturales diseñadas en función de establecer el intercambio dentro y fuera de cada país con las más interesantes formas y rostros de la creación artística, marcaban una sistematicidad necesaria para las proyecciones de artistas e intelectuales. De repente, la estabilidad del suelo que pisa el hombre se vio quebrada por el inusitado impacto de la COVID 19. Todo se trastocó; el libre fluir de la cotidianidad se ha visto inmerso en una realidad “otra” donde, para muchos, el estado de la humanidad se ha colocado al límite de su existencia. Se pudiera decir que el arte también, en esta coyuntura, ha tenido que reinventarse, pero no lo considero así de manera absoluta.

El arte habita en la inmensidad del universo, sus límites solo lo constituyen aquellos que dibuja la mente del artista, no obstante, el golpe de la pandemia ha sido funesto para los sistemas de relaciones que se establecen a través de él. Cierto es que el contacto y la comunión entre obra y espectador han sufrido un colapso que produce secuelas en el imaginario e intelecto de ese frágil recipiente que es el público.

Digo frágil y me remito a Eugenio Barba cuando dice que: “el teatro (yo, con la venia del maestro diría ARTE) es el encuentro entre dos seres heridos” y es que asistimos a esa cita mística no con el afán de exprimir lágrimas o auto flagelarnos, pero indudablemente buscamos –entre otras muchas cosas- respuestas a zonas oscuras en intrincadas del comportamiento humano y a través de ese necesario convivio, sanar y replantear parte de nuestra vida.

Quien haya demeritado la fuerza restauradora de la cultura y el arte para el hombre, creo que esta pandemia le servirá para mirar a sus adentros y tomar consciencia de su postura. Lo digo sobre todo para aquellas personas que, esencialmente, asumen puestos decisorios sobre estrategias y desarrollo de este campo, y que no son sensibles ni tienen siquiera la voluntad de querer entender que los procesos artísticos son herramientas contundentes que tocan como nadie el corazón de la gente.

No solo de pan vive el hombre… y en momentos de confinamiento, las inventivas de artistas y sus instituciones, responsables de salvaguardar e impulsar políticas a favor de la cultura han sido medulares en el apego a la fe y la confianza en un mejor futuro.

La pandemia del COVID 19 ha venido a patentizar que, efectivamente la espada y escudo de una nación, nuestra nación, es la cultura. Escucho en ocasiones voces “desorientadas, aisladas” pero que están ahí, latentes; que subestiman la protección salarial que reciben artistas y trabajadores de la cultura en estos momentos pues según ellos “no aportan nada a la sociedad, no producen comida, son parásitos”. Qué injusta e irracional tal afirmación. Mientras un lado solidario, afable y generoso del hombre se hace visible en este complejo momento, otro lado, corroído y egoísta también gana terreno.

Ejemplos sobran acerca del poder emancipador del arte y la cultura. Ambos generan paradigmas, fijan comportamientos, cultivan el intelecto y la consciencia crítica, proyectan la contradicción de donde nace un nuevo conocimiento, abren caminos a otros horizontes… juntos, como un solo bien, sedimentan la memoria de los pueblos para el justo empoderamiento de su destino.

El ejercicio de la responsabilidad social de funcionarios y creadores no ha cejado en el empeño de buscar estrategias para acompañar a la Revolución en esta nueva batalla, y para nada es apéndice de los procesos esenciales que acaparan titulares y esfuerzos como el intenso trabajo de científicos y médicos para contrarrestar al virus o la producción de alimentos. Un brazo de la isla hoy lo es su ciencia y el otro brazo son la cultura y el arte. Cada vacuna, cada investigación, cada pedazo de tierra que se siembra, va aparejado a una canción, una poesía una historia contada por títeres, por el trazo de un gesto que danza aferrado a la victoria en medio del caos.

No quedará mejor crónica de este período que el que está dejando la obra de arte para perpetuarse en el tiempo. Todas son expresiones que dignifican la imagen de la Patria como un todo orgánico. Un país que no cuide su espiritualidad es un país segregado, es tierra baldía. No olvidemos que las controversias y diálogos más complejos para el sostenimiento de la Revolución ante los sistemáticos bombardeos anexionistas, lo enarbolan en gran porcentaje los intelectuales y artistas…entonces, ¿cómo aseveran algunos neófitos y desentendidos que la cultura y el arte, no aportan nada en este tiempo? ¿No se dan cuenta que estos procesos estimulan la formación de una comunidad de intereses que se consolida a través de los años?

Este estado de excepción conduce ineludiblemente a reconfigurar perspectivas frente a la cultura desde todos los ámbitos, a entenderla como un proceso vital del fluir sanguíneo de un grupo de personas, y no como un quiste que origina gastos en un punto de crisis como el que vivimos, ya que los daños que se pueden originar por la pérdida de sus valores, no son medibles en cuantía, pero pueden sentenciar el fracaso de una travesía de años.

Hoy, la línea es discontinua: se abren las salas teatro por momentos, se cierran otra vez por la situación epidemiológica; las redes se inundan de muestras virtuales de todas las artes, se suspenden eventos, jornadas de programación que no llegan “a ser” en toda su magnitud. Se impone entonces la obstinación individual y colectiva de todos aquellos que somos responsables de llevar adelante acciones en función de estimular y potenciar el arte y la cultura. Todos enfocados desde la coherencia del pensar y del hacer, desechando las “fincas” y creando espacios comunes de relación donde las partes se estimulan mutuamente para el crecimiento individual y social. Unidos, en la sensibilidad de una isla que reclama alicientes y no rémoras.

En de Portada Giselle por el Ballet de Camagüey. Foto: Yuris Nórido.

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