Anfiteatro de La Habana: Un coliseo casi centenario

Por Frank Padrón

Los noventa años del Anfiteatro de La Habana fueron celebrados este 20 de mayo con un programa concierto donde la danza y la música cubanas fueron protagonistas.

El Anfiteatro es un espacio por donde pasaron tantas glorias nuestras (Bola de Nieve, Rita, El Benny…) o foráneas (Bertha Singerman, Libertad Lamarque, Pedro Vargas…), que lo mismo ha acogido esenciales obras del patio que de grandes títulos del musical en Broadway, o importantes ensembles (la Orquesta Filarmónica de Leipzig, artistas de diversos países), se reconoció esa noche a figuras vinculadas con la Oficina del Historiador de la Ciudad, a la que pertenece, además de otras instituciones que lo han apoyado y con el que han colaborado.

Uno de ellos fue Alfonso Menéndez, su director desde 1996 hasta 2020, quien junto al Teatro Lírico, la propia compañía del coliseo y músicos, dramaturgos, directores orquestales y corales, artistas y técnicos destacados de otros ámbitos, se convirtió el gran impulsor del musical norteamericano desde sus títulos más emblemáticos.

En el programa brilló la compañía Acosta Danza, que aportó un dúo inicial de indudable virtuosismo y un amplio segmento de su célebre pieza De punta a cabo, ambientada como se sabe en el Malecón habanero y donde en su banda sonora se mixtura música cubana con lo sinfónico,  recreando, digamos, «La bella cubana», de White mediante elementos de rumba y son, mientras integra en la coreografía, elementos de la escuela clásica como de danza contemporánea y bailes populares.

La música per se invitó a figuras reconocidas de nuestra cancionística: María Victoria Rodríguez demostró de nuevo que, además de en lo campesino, puede brillar en la balada (justos aplausos arrancó su versión de «Como cualquiera», de Lourdes Tórres); Hayla propuso un creativo homenaje a Chucho Valdés e Irakere, al recrear con arreglos modernos la etapa gloriosa de la gran banda cubana y de su fundador y líder; mientras la musicalísima, Beatriz Márquez, abandonando el escenario y mezclándose con el público, reafirmó su clase en la canción.

Otras compañías como Dance y Tiempo Sabás reforzaron coreográficamente varias de las piezas rítmicas interpretadas por las solistas.

Lástima no haber contado con integrantes del Teatro Lírico, o algún que otro fragmento de obras de Broadway cuyas versiones cubanas firmadas por Alfonso marcaran varias etapas del Anfiteatro, pero quizá no fue posible por la complejidad de sus montajes. De hecho, no pudo utilizarse el amplio y espacioso escenario por reparaciones.

Entonces, fue un programa sencillo, nada extenso, pero suficiente para reverenciar una de las instituciones que más ha trabajado durante décadas por hacer del teatro, la danza y la música, expresiones  aplaudidas y aprehendidas por vastos sectores populares.

El Anfiteatro de La Habana ha sido, sin demagogias ni otros discursos que los de las propias obras, el arte llevado y fundido al pueblo.

Fotos © Néstor Martí