50 años del ISA: resonancias y multiplicaciones

Hart aquilataba el papel estratégico de aquella institución como punto de llegada y superación de una larga tradición pedagógica de las enseñanzas de las artes en Cuba
Por Oma Valiño
La Universidad de las Artes, ISA, arribó a medio siglo de fundado. Era, en 1976, el preámbulo de verano para el curso inicial a partir de septiembre. Armando Hart, quien asumiría poco después como ministro de Cultura, visitaba y llamaba a artistas de mucho prestigio para que impartieran clases y encabezaran los departamentos docentes.
El ministro recién nombrado, educador por antonomasia, aquilataba el papel estratégico de aquella institución en el futuro como punto de llegada y superación de una larga tradición pedagógica de las enseñanzas de las artes en Cuba. Asumía como primer rector el crítico teatral y cinematográfico Mario Rodríguez Alemán, hoy poco recordado en su centenario y a quien mi generación agradece la orientadora Tanda del domingo.
Yo llegué como estudiante una década después al entonces Instituto Superior de Arte, el ISA, aquella primera sigla, tan pegadiza, en plena consolidación de su autoridad y función en el tejido cultural cubano, desde hace un tiempo Universidad de las Artes.
El así llamado «espíritu de los 80», resultado de la reconstrucción del tejido cultural a partir, precisamente, de la fundación del Ministerio de Cultura en 1976, tiene en el isa alma y espacio físico. Allí confluyeron viejas y nuevas generaciones animadas por la más noble de las tareas: enseñar. Mas en los predios del arte, la enseñanza se practicó como un tándem entre investigación y creación. Y en un clima de real y entera libertad. Su novedad e impacto ha sido reconocido por creadores de todas las manifestaciones y de todas las latitudes.
En cuanto a Artes escénicas, mi facultad entonces, y hoy Arte teatral, creo que el saldo es enorme si asumo con pasión la perspectiva que da el tiempo. No es posible contar la escena cubana sin la marca de este medio siglo. Se transparenta en tantos lo que logra toda verdadera escuela: un saber permanente sobre la historia y sus procesos, y cómo aplicar herramientas e instrumentos de análisis y no solo acumular información.
El teatro, de la mano de Graziella Pogolotti y Rine Leal, asumió el riesgo de volcarse de lleno en nuestra tradición con sus virtudes y carencias. Ello permitió un amplio arco de tendencias, representadas por sus maestras y maestros, protagonistas ellos mismos de valiosas líneas creativas. Raquel y Vicente Revuelta, Herminia Sánchez, Flora Lauten, Ana Viña, Armando Suárez del Villar, entre otros, condujeron las aulas de actuación donde fertilizaba la fricción entre la tradición y la búsqueda de nuevos caminos, animados también por dramaturgos y teatrólogos.
Ese carácter de laboratorio, en el cual influían numerosas tendencias internacionales, comenzó a parir núcleos de creación, directores, luego grupos, más una nueva dramaturgia y un participante ejercicio de la crítica y la teoría que, en su conjunto, transformaron el rostro del teatro nacional.
La realidad hoy es diferente, las perspectivas han cambiado, pero en muchos de quienes somos ahora profesores, perviven los vectores en los que nos formamos junto al recuerdo vivo de nuestros grandes maestros.
El ISA nació bajo las cúpulas diseñadas por Porro, Garatti y Gottardi para las Escuelas Nacionales de Arte en los terrenos del antiguo Country Club, ya enunciadas por Fidel en la plataforma de trabajo cultural que es Palabras a los intelectuales, cuyo aniversario 65 hemos celebrado en estas fechas.
A 50 años de fundado, se puede ver como una legítima encarnación de las ideas de aquel discurso, un escenario de infinitas resonancias y multiplicaciones. Una senda abierta. Un camino que sigue.
Tomado del periódico Granma