Yo también corto cabezas, Saeed Peseshki

Por Edgar Ariel

Yo también huí, Saeed. Yo también hice un Tur, Saeed. Un paisaje, Saeed. Yo también extraño, Saeed. Yo también abandoné, Saeed. Yo también rechacé, Saeed. Yo también contradije, Saeed. Yo también emigré, Saeed. Yo también desatendí, Saeed. Yo también planté, Saeed. Yo también deserté, Saeed.

Bajo los avellanos el verde cazador destripa un caballito de plástico. Yo también deserté, Saeed, porque sé, lo sé, que amar es amar–el–sacrificio. Parduzco y silencioso, el sacrificio.

Despojos

Despojos

Despojos

Son tres cuerpos. Identifico tres cuerpos. Son la una y pico. Pico largo. Casi las dos. No puedo dormir. Extraño. Recostado en el alféizar de la ventana veo, a ratos, la luz del faro, que es como ver el faro, la luz desnatada del faro. Al faro. Al faro terrible, de Virginia Woolf, que me alumbra. Solo contemplo. Extraño. Veo la virgen en la calle Infanta, iluminada por estos días, la Virgen del Carmen domina el cielo de La Habana. Con verdín. Con cardenillo. Solo contemplo porque extraño. Veo la cúpula enchapada en oro del edificio del parlamento. No me gusta la cúpula capitolina enchapada en oro. Pienso en los mineros. Mineros. M.I.N.E.R.O.S. Mineros rusos.

Pienso en la mina a cielo abierto y me repugno.

Identifico tres cuerpos en el edificio de enfrente, en la ventana de enfrente, luz amarilla, como de candil, tres cuerpos. Creo que son tres cuerpos de hombres, pero no estoy seguro. Pueden ser tres hombres, o tres cornejas, o un niño, o una paja, o una osada decisión.

No tengo binoculares, Saeed. Solo contemplo volúmenes enfrente. A esta hora no quiero usar espejuelos. Me cuesta acostumbrarme a la prótesis. Nos cuesta asumir la degeneración. Extraño, Saeed, mis ojos de niño. Bajo los avellanos, entre el follaje, el caballito negro suspira, destripado, su sangre humea por sobre los ojos del bosque. Extraño mi infancia, Saeed. Saeed, también extraño a mi padre.

Anillo de corrección dióptrica. Ocular. Prisma. Objetivo. Rueda de enfoque. Muchos volúmenes en la mirada. Ocularcentrismo. Muchos volúmenes en tu mirada, Saeed.

Un animal tendido ligeramente tembloroso. Saeed, eres un animal tendido ligeramente tembloroso. Suspiras. Y le das vuelta a la rueda de enfoque de los binoculares, contra el piso. Vueltas y más vueltas. Los recuerdos juegan a los escondidos.

Saeed, vamos a jugar a los escondidos.

Saeed, vamos a pitear.

El puño de Pablito. El puño de Lili. El puño de Daisy. El puño de Roli. El puño tuyo y el puño mío. Todos vivos como los pájaros; la euforia, provocada por la excitación del escondite, se asemeja a la que se siente al aventurarse en alta mar.

El índice corre por sobre los puños ceñidos. Pablito no sigue la música y piensa en el pasillo oscuro donde se esconderá con Daisy para tocarles las nalgas. Lili siempre se esconde detrás de la cerca de cardón. Por subterfugio, Roli se esconde debajo de las cuatro faldas de su abuela, como el niño del tambor, el de hojalata, como Oscar Matzerath, para estar con tranquilidad en otra parte, que no era la que la gente creía.

Saeed, vamos a pitear.

Piti —piti—neli

saca—los—manteles

de oro—de plata—de cucuruchú

ha dicho—la reina—que salgas tú.

Sale Pablito.

Foforito—varillú

vete—pal—carajo—tú.

Sale Daisy.

Cúcara—mácara—títere—fue

el—inglés—tiró—la—espada

y—mató—al—cuarenta—y—tres.

Sale Lili.

Cuántas—patas—tiene—el—gato

una—dos—tres—y—cuatro.

Sale Roli.

La—manzana—se—pasea

de—la—sala—al—comedor.

No—me—pinches—con—cuchillo,

pínchame—con—tenedor.

Sales tú.

Me quedo yo.

Cuento hasta diez.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. ¡Ya voooooooy!

Luego, se puso a buscar disimuladas callejuelas. Se puso a buscar alrededor de sus faldas al perrito de la casa. Se puso a buscar vendas limpias. Se puso a buscar refugio en la cama. Se puso a buscar, para pasar la noche, algún albergue más. Se puso a buscar al médico para su padre; toscas evidencias. Se puso a buscar las esquirlas. Se puso a buscar su propia salvación. Se puso a buscar el viento y la nieve. Se puso a buscar un compañero, un jergón, un convento, un fraile de su edad. Se puso a buscar cochinillos y gallinas. Se puso a buscar una liebre bajo el vientre de los perros. Se puso a buscar, titubeante, un botín. Se puso a buscar su ropa y le costó encontrarla. Se puso a buscar brujas quemadas delante de los ojos. Se puso a buscar vagamente algo sobre su pecho. Se puso a buscar, por fin, el amor.

Se puso a buscar por todas partes, sin encontrar a nadie; finalmente, a fuerza de buscar, el verde cazador prendió fuego a los avellanos donde destripó, por cabalgar siempre en círculos y no poderlo enjaezar, al caballito de plástico.

Su sangre de polímeros humea por sobre los ojos del bosque.

 

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