XIOMARA PALACIO Y LA QUIMERA DE DAR VIDA

Por Rubén Darío Salazar
Recientemente se anunció y entregó la Distinción Hermanos Camejo y Pepe Carril 2016, que en su primera edición fue concedida a los maestros titiriteros Xiomara Palacio y Armando Morales. Apuntada como siempre, a cualquier festividad titiritera, Xiomara se había inscrito en uno de los cursos del 12mo Taller Internacional de Títeres de Matanzas, y aprovecharía para recoger el merecido galardón. No pudo ser, nos informaron que una repentina enfermedad le impediría a la actriz compartir esos días de abril con los demás amigos y colegas titiriteros, padecimiento que la hizo despedirse el 22 de julio del presente año, en un adiós tan sorprendente como estremecedor. Miembro de honor de UNIMA Cuba y Premio Internacional Mariona Masgrau, en Bilbao, España, entre otros prestigiosos galardones, muchos la conocíamos por su presencia en el retablo, los escenarios, el cine, foros teóricos, la televisión o algún trabajo de doblaje para los medios audiovisuales. Verla actuar, con un muñeco en la mano o a rostro limpio en cualquier espectáculo era una fiesta. Xiomara tenía el don de la gracia, una voz singular y un temperamento dinámico, siempre ocurrente.
No pude disfrutar de la primera etapa creativa de esta mujer menuda, nacida en Remedios, Villa Clara en 1942. Cuentan que llegó a La Habana en 1957, por lo que solo llego a visualizar una muchachita de 15 años llegando a la gran ciudad con un montón de sueños e ilusiones. Xiomara reconoció en varias entrevistas no haber estado interesada para nada en el mundo de los retablos, tal vez por prejuicios o desconocimiento, pero que una vez cercana a los títeres ocurrió entre ella y el género un enamoramiento deslumbrante e intenso.
De seguro mucho de lo que aprendió al lado de esa gran actriz y profesora que fue la española Adela Escartín, y seguidamente en la desaparecida Academia de Arte Dramático de La Habana, le sirvió para lograr trabajos interpretativos que la desmarcaron del criterio, más o menos generalizado, acerca del pobre trabajo histriónico de los que se dedican a trabajar con títeres. Artistas como la Palacio le han dado con su decir y hacer natural una patada contundente a cualquier razonamiento como este, que tiene mucho de ignorancia sobre la manifestación titeril. Los Camejo y Carril no erraron al seleccionarla para el nuevo elenco fundado como Teatro Nacional de Guiñol, en 1963.
No pude ver ninguno de los trabajos que la hicieron destacarse como joven promesa de la escena nacional al lado de los grandes maestros del retablo cubano en la década de los 60. Solo conozco de manera testimonial, por ella misma o por sus contemporáneos, los comentarios elogiosos de sus papeles en La loca de Chaillot, de Giradoux, como Gabriela, la loca de Passy; su Jicotea en Chicherekú, espectáculo de Pepe Carril sobre temas recogidos por la etnóloga Lidia Cabrera; la graciosa Escoba de La Cenicienta; la Praxagora de Asamblea de mujeres, tras el paso brillante de Asseneh Rodríguez en el personaje protagónico, brillo que la pequeña titiritera, según cuentan no oscureció; Brígida en Don Juan Tenorio, de Zorrilla, en soberbio montaje de Carucha Camejo; hasta llegar a uno de sus roles preferidos: la Cucarachita del cuento tradicional, dramatizado por Abelardo Estorino; Cazuelita cocina bueno de La loma de Mambiala; la Oshun de Shangó de Ima, de Carril; Lota en La corte de Faraón, otro tanto anotado en la esplendente carrera como directora artística de Carucha Camejo. Pinocho, Celestina, el gemelo Kainde en Ibeyi Añá, dirigido por Pepe Camejo. Nada de eso pude aplaudir de forma tácita, pero se lo agradezco sinceramente, porque ayudó a construir las bases sólidas, para que aspiráramos desde esta franja de tierra en medio del Mar Caribe, a tener un teatro de títeres de la mayor calidad.
Si pude deleitarme en los años 80 con sus personajillos de La lechuza ambiciosa, en la puesta en escena de Armando Morales, con quien conformara un invencible dúo durante largo tiempo. Su Jutía en Liborio, la jutía y el majá, fue una lección de animación y gracejo criollo a mares; con su tierno Caspy, en La nana, montaje de Raúl Guerra, tuve que ir tras el retablo para comprobar que no era un niño de verdad. La recuerdo vital y cubanísima en su papel de Blanquita, una gallina sometida por Mandamás, según la historia de Dora Alonso, dirigida por Eddy Socorro. Hasta directora artística se volvió la Palacio y luego directora general de la compañía nacional.
Qué bueno que no abandonó nunca el escenario y que pude aplaudirla en su magnífica creación de Ze Chupanza, según la versión brasileña de Don Quijote, del dramaturgo Oscar Von Pfhul, bajo el mando de Roberto Fernández. Este personaje le valió el Premio de Actuación Femenina en el Festival Internacional de Teatro para Niños auspiciado por la Unicef, en Lima [1], Perú [2], 1990 [3]. Otros galardones nacionales, viajes, reconocimientos vendrían en tropel a coronar su muy completa trayectoria profesional.
Es el joven director Raúl Martín quien la vuelve a poner en el tope de la interpretación en el teatro para niños y jóvenes cubano con su alabado montaje de Fábula del insomnio, de Joel Cano. Entre los jóvenes de las escuelas de arte, canta, rio, sufrió y se retó a sí misma a los 50 años, para salir una vez más victoriosa y respetada.
Los 90 fueron un período duro para todos los que permanecimos aquí, también para ella. Una creadora inquieta que extendió puentes hacia otras estéticas y otros teatros para no morir. En ese fuego recibe y entrega pedazos de su talento pero no desmaya. Aquí permanecerá y permanece. La recuerdo con su teatrino ambulante, por todo el territorio, ofreciendo lo que ella tan bien sabía hacer. Me veo a su lado, en la función homenaje por los 30 años del Teatro Papalote, interpretando ambos los personajes de la pieza de René Fernández, La amistad es la paz.
Estrenó junto a Armando Morales la Suite concertante para dos titiriteros, viajó por el mundo, algo que le encanta hacer a todos los saltimbanquis de la vida. Todo eso fue lo que la hizo mantenerse activa y siempre sorprendente. Uno de los momentos más duros fue su despedida, en los comienzos de la nueva centuria, del Teatro Nacional de Guiñol.
Muchos somos los que extrañamos su timbre característico en las representaciones de la salita que fundaran los Camejo y Carril, más la alegría volvió con su incorporación al Teatro Pálpito, para estrenar Con ropa de domingo, de Maikel Chávez. Su actuación en ese premiado montaje nos hizo evocar su existencia toda en el arte teatral, su paso firme, arriesgado y potente, como solo saben hacerlo los que son de verdad.
Con Xiomara me reí y me molesté, era dueña de respuestas chispeantes y de una fina ironía que parecen haberle legado los cientos de títeres que se calzó en tantísimos años, más no pude nunca alejarme de ella. Tenía una personalidad campechana, que conservaba la hospitalidad de los remedianos, en medio de lo gris que suele ser el comportamiento de los que viven en las grandes urbes. Cocinaba como una maga de los calderos, la admiré como esposa, madre y abuela, cualidades mortales y maravillosas que se suman a su entrega total al arte titiritero.
Entregarle la Distinción Hermanos Camejo y Pepe Carril junto a Armando en 2016, fue hacer justicia a una profesión signada por la quimera de dar vida, de hacer felices a los demás.

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