Vicente Revuelta A Poco Más De Nueve Décadas De Su Natalicio

Por Esther Suárez Durán
El maestro Vicente Revuelta Planas nos dejó el 10 de enero de 2012. Este cinco de junio cumpliría 91 años. En efecto, nació el mismo día que Federico García Lorca, pero en 1929. En los años anteriores a esta fecha iba al teatro cada vez que encontraba un cómplice para hacerlo y leía mucha poesía. De vez en cuando, entre amigos se fraguaba algún plan para una nueva obra, pero, por muchas razones no pasaba de ahí.
Me pregunto qué conocen las generaciones más jóvenes de teatristas acerca de él. Como sabemos, el hecho teatral es un acto efímero. De igual modo la permanencia de los teatristas en la memoria de los demás es problemática. Existes mientras estés en escena. Después, ¿qué hay? ¿Cómo trasmitir a los que recién arriban, el legado de quienes ya no están? Imagino que la mejor manera sería de boca a oreja, contando anécdotas, pasando de unos a otros el testimonio. Claro que eso funcionaría mientras estemos sobre la tierra quienes lo vimos ensayar, preparar un ejercicio o un personaje o un plan de dirección para una escena, actuar, darle una pista a un intérprete, asistir a una función, salir de la función al aire de la calle y decir o preguntarse algo… Creo que eso alimenta la leyenda.
Por ahora, sobre estas cuartillas queda decir que fue un individuo que nació en un medio muy humilde, en una familia poco convencional, de cara a los años treinta en Cuba, exactamente en La Habana. Que siempre tuvo enfrente su timidez, como un terco contrincante. Que no hizo ordenadamente la enseñanza primaria, al punto de que llegado un momento dejó de ir a la escuela. Que empezó a trabajar muy joven en empleos de poca monta y ningún interés y que pese a ello comenzó a estudiar Pintura en la Academia de San Alejandro. Que leía todo lo que podía y se refugiaba en el cine de barrio al amparo de la tanda completa porque durante una zona de su adolescencia era en la pantalla cinematográfica donde hallaba la única vida, todo el resto era un colosal aburrimiento, hasta el día en que encontró el teatro y por vez primera ya no tuvo que estar solo, había hallado otra familia, en ella sus amores, sus hijos, su tribu.
Su extraordinaria capacidad de observación y de mímesis y su talento sin par le posibilitaron ser un actor sobresaliente y muy poco después un director muy especial. Como tal se reveló desde Juana de Lorena, en 1956, en aquella versión tramada en complicidad con Julio García Espinosa en pleno ambiente insurreccional –cuyas funciones Julio no pudo ver, escondido de la policía batistiana y de los esbirros del BRAC, el Buró de Represión de Actividades Anticomunistas–, y se confirmó en la puesta de Viaje de un largo día hacia la noche, en 1958, que todos los que la vieron califican de descubrimiento excepcional, porque en ella se materializaron los resultados del seminario activo que, sobre el método de Stanislavski, habían estado desarrollando en la azotea del edificio de 5ta y C, en El Vedado, quienes a partir de ese estreno serían los fundadores de Teatro Estudio, la institución teatral más importante del siglo XX en Cuba. Y es que esa era, desde muy temprano, la manera que tenía Vicente de estudiar el teatro, de intentar entender, probar y profundizar en lo nuevo que llegaba a su vida y parecía interesante; siempre lo hizo de modo activo, junto con otras personas, analizando cuidadosamente los resultados.
De esta forma encaró a Brecht, sobre cuya obra conocía algo desde su estancia en Europa, antes de 1959, y que tras el triunfo revolucionario pareció el tipo de teatro justo para los nuevos tiempos, por su absoluto compromiso con el materialismo dialéctico, su manera novedosa de plantearse la relación obra-espectador y la nueva misión que proponía para el arte teatral. Así abordó no solo varias obras de Brecht, en el intento de comprender y dominar la nueva propuesta hecha por el artista alemán, sino que hizo en dos oportunidades diferentes Madre Coraje y sus hijos (1961 y 1973), al igual que Galileo Galilei (1974 y 1985). En la segunda ocasión descubrió tonos nuevos, trabajó con más soltura, dio espacio a la diversión; en sus memorias ha confesado como encontró paralelos con elementos del teatro bufo cubano en su segundo encuentro con La Coraje.
Investigador e iniciador de nuevos derroteros por excelencia, la gira europea de ese otro experimento exitoso que fue la puesta en escena de La noche de los asesinos, un texto sumamente atractivo de un autor teatral tan importante como José (Pepe) Triana, le puso en contacto directo con una zona significativa de la vanguardia teatral de Occidente que le posibilitó estudiar y probar en Cuba los nuevos sesgos, en particular el que parecía más audaz y completo, el proyecto de Jerzy Grotowski con su Teatro Laboratorio de las trece filas y la nueva mirada hacia el intérprete y su nexo y encargo con el público. Como resultado se lleva a cabo la aventura del Grupo Los 12 (1968-1970), un verdadero hito en la indagación teatral y artística cubanas.
De este modo, en el lapso de apenas doce años Vicente había desbrozado los caminos de tres propuestas renovadoras del teatro contemporáneo, todas generadas en Europa y de una manera muy curiosa encabalgadas las unas sobre las otras en un diálogo secreto e íntimo, el que se produce en el seno del discurrir auténticamente creador. Es así que en 1972 prepara con pasión Las tres hermanas, de Antón Chéjov, un verdadero laboratorio creativo donde dialogan las experiencias de Stanislavski, Brecht y Grotowski que, lamentablemente, no pudo compartirse con el público en su espacio generatriz: La Casona de Línea con sus varios aposentos y áreas y que, no obstante aquella “traición” espacial, fue capaz de incorporar nuevos códigos que mantuvieron su libre aire de performance y su genuino diálogo ideo-político con la época.
Su teatro se caracterizó por la austeridad de medios, el valor conceptual y el predominio del actor. Sus mejores puestas en escena entre las que clasifican, además de las mencionadas, espectáculos como El retablo de maese Pedro (1960), Fuenteovejuna (1963), El cuento del zoológico, El perro del hortelano (ambas de 1964), El precio (1979), En el parque (1986), Medida por medida (1993) resultan inolvidables, auténticas experiencias estéticas para quienes las disfrutaron, y es que este hombre, autodidacta en casi todos los ámbitos de su vida, devino individuo cultísimo gracias a su curiosidad insaciable, su inteligencia y su enorme sensibilidad y es, aún hoy por hoy, y pese a las desmemorias propias de las artes de la escena, una de las figuras más estremecedoras e inalcanzable del teatro y el arte de esta región de las Américas.

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