Si Vas A Virgilio, Espera Por Milián

Milián se aleja de la chismografía, de la mera anécdota (aunque las hay, por supuesto, muchas y buenas) para intentar una reflexión a distancia de un carácter difícil e impredecible que por ello, teñía de ese “color” la relación con su admirado compañero de comidas y salas teatrales; creo lo consiguió a plenitud.

Si vas a comer, espera por Virgilio, por Pequeño Teatro de La Habana

Por Frank Padrón / Fotos Yuris Nórido

La Casa Editorial Tablas-Alarcos ha dotado de valiosos textos a quienes aman el teatro impreso. Uno de ellos, en su colección “La Selva Oscura” es Virgiliando, del célebre dramaturgo y director José Milián, y como ya puede adivinarse por el título, trata sobre un ilustre colega y amigo suyo: Virgilio Piñera (Cárdenas, 1912 – La Habana, 1979).

El líder de Pequeño Teatro de la Habana, receptor de distinciones tan importantes como el Premio Nacional de Teatro (2008) y autor de títulos imprescindibles de nuestra escena (Vade Retro, Otra vez Jehová…, Las mariposas saltan al vacío) refiere aquí su contradictoria, difícil pero a la vez entrañable y sólida amistad con el gran escritor (también poeta, ensayista y narrador, como se sabe) cuyos títulos Aire Frío, Electra Garrigó, Dos viejos pánicos entre otros muchos, enaltecen las tablas cubanas e hispanoamericanas.

La primera parte del libro contiene la concreción artística de esa relación mediante la obra Si vas a comer, espera por Virgilio, donde Milián dramatiza, teatraliza sus principales puntos de intersección y (des)encuentros con Piñera en un sitio emblemático: la cafetería del hotel Capri. Obra con gran cantidad de puestas y elencos desde que se estrenó en 1998, no voy a referirme aquí a ella por cuanto he escrito bastante sobre la misma tanto en la prensa como en mis libros[1], por eso prefiero concentrarme en la segunda parte, que da título al volumen.

Si vas a comer, espera por Virgilio, por Pequeño Teatro de La Habana

Milián se aleja de la chismografía, de la mera anécdota (aunque las hay, por supuesto, muchas y buenas) para intentar una reflexión a distancia de un carácter difícil e impredecible que por ello, teñía de ese “color” la relación con su admirado compañero de comidas y salas teatrales; creo lo consiguió a plenitud.

Tampoco cae en el otro extremo: la “canonización” absurda y acrítica, primeramente porque, gracias a Dios, ya Virgilio lo está, pero sobre todo porque ha preferido analizar, sopesar, reflexionar en torno a hechos y circunstancias, siempre en una dialéctica contextualización que nos pasea, y no de paso, por el panorama teatral, artístico y cultural de las convulsas décadas de los ‘60 (principalmente) y’70.

El autor se, nos sumerge en ellas, y coloca tanto la relación amistosa y profesional con el gran dramaturgo, como los pasos iniciales del propio Milián, con los reveses, conquistas y dificultades del momento; lo hace con sentido del humor, con nostalgia, con precisión y fidelidad, desplegando una prosa no solo limpia y asequible sino con el nivel poético, y con la capacidad de sugerencia que caracteriza su propia escritura teatral.

En esas tensiones se mueve su inteligente retrato, que nos devuelve un Virgilio en toda su dimensión humana y profesional, y en el que hay reproches y quejas pero sobre todo mucha admiración y cariño, algo que debemos agradecer porque procede de un ejercicio de justicia (no solo) poética.

Con ese mismo sentido de equilibrio y serenidad nos habla de sí mismo, en un encomiable ejercicio autorreferencial, pero sin autobombos ni estériles egolatrías; enjuicia la época, donde a pesar de tantas dificultades e incomprensiones, siempre deja sentada su confianza en que las cosas tomarían su lugar y todo se convertiría en pasado sin retorno. En más de una cuestión esa esperanza, que alimenta el libro todo, se ha hecho realidad.

Si vas a comer, espera por Virgilio, por Pequeño Teatro de La Habana

Quizá en las páginas finales se nota cierta reiteración de ideas, siente uno como lector que cuando el libro acaba, vuelve sin embargo sobre ciertas conclusiones y precisiones que ya quedaban claras; no molestan para nada pues ya he dicho que estamos ante una lectura no solo reveladora y edificante sino placentera, más para la redondez del texto como pieza literaria pudieran considerarse en vistas de una posible (y necesaria) redición.

Si ello ocurre, ojalá se cuente con un editor tan cuidadoso como Ernesto Fundora y un diseñador con análoga virtud que Michele Miyares Hollands, ambos responsables de tales rubros en esta.

Virgiliando es, en fin, un libro necesario para acercarnos y conocer, de primera mano, pasajes de una compleja pero inspiradora amistad; el desarrollo del teatro y sus tendencias en décadas que signaron el desarrollo de nuestra escena por siempre, y sobre todo a un hombre, un artista, un amigo en todos sus enveses (y reveses), sus miedos y valentías: Virgilio Piñera, en pleno, nos llega desde la cercana y certera pupila de su discípulo y colega José Milián.

[1] Cfr, por ejemplo: “Virgilio come dentro…y fuera del teatro”, en: El cocinero, el sommelier, el ladrón y su(s) amante(s), (Editorial Oriente, 2017),  pp. 143-53

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