UNO MÁS UNO, IGUAL A TODOS

INCENDIOS 2

Por Frida Lobaina Pérez / Fotos Buby

Una nueva propuesta teatral circunda el ambiente cultural de la ciudad. Ludi Teatro, grupo novel que cumple apenas un año de creado, abre las puertas de su nueva sede para presentar Incendios. La obra escrita por el dramaturgo líbano-canadiense Wajdi Mouawad y dirigida por el también director del grupo Ludi Teatro, Miguel Abreu, llega como un grito desesperado de unidad.[1]

Incendios, llevada al cine en el 2010, es parte de la tetralogía La sangre de las promesas. Wajdi Mouawad pone en las tablas unos de los conflictos más temidos y padecidos por nuestra humanidad: la guerra. En este caso toma como contexto la guerra del Líbano y con ella, la historia de Nawal, mujer, nieta, amante, madre y luchadora que vivió y padeció las consecuencias de tal masacre. Una discusión desencadenada tras la muerte de Nawal por el testamento dejado a sus hijos gemelos, en el cual pedía que encontraran al padre y hermano perdidos durante la guerra, da comienzo a la historia.

Esta guerra, sufrida por Nawal en carne propia, convirtió la vida de los personajes principales en un sufrimiento incesante por encontrar respuestas. Los puntos de vista de los hijos, del torturador y de la propia madre son los hilos conductores de la puesta en escena que propone Ludi Teatro. La búsqueda de la verdad es el motor impulsor de esta obra, el cómo es lo que hace a la obra en sí. La manera en la que Nawal, los jimaguas y el hijo-padre-torturador llegan a encontrarse, a reconocerse, todo ese camino hacia el descubrimiento de la verdad, son los Incendios que compartimos.

INCENDIOS 1

Parecería que la puesta en escena de una obra como esta podría necesitar un andamiaje majestuoso, no obstante sucede todo lo contrario. Se debe tener en cuenta primeramente que el espacio donde se desarrolla la obra: la sala de Ludi Teatro. Tiene como particularidad que el público de la primera fila y el escenario convergen en el mismo nivel, o sea la barrera escenario público está debilitada. Sin embargo, existen varios niveles escénicos ubicados en lugares específicos del espacio que se dibuja como escenario, donde suceden algunas de las escenas más importantes. Estas plataformas distribuidas entre el espacio escénico, que sirven además como centros de poder para los personajes, algunas sillas en el fondo donde se sientan los actores al acabar su escena volviéndose una especie de público, una pared de madera con bombillas y una cruz son los objetos que conforman la escenografía, creada por Miguel Abreu y Celia Ledón desde la sencillez, pero sobretodo con la intención de una significación.

A pesar de la composición escénica donde público y escenario conviven prácticamente en un mismo espacio, esta obra es contada desde la ficción. La cuarta pared se rompe en pocas ocasiones y a veces el rompimiento está determinado solamente con la mirada. La puesta en escena que propone Ludi Teatro toma al público como espectador, quizás del juicio final, quizás de la vida de una madre que busca incesantemente a su hijo o de la vida de esos hijos que vuelven al pasado en busca de respuestas y encuentran un padre que es también hermano y a una madre torturada por su propio hijo. ¿Nos volveremos simples espectadores del horror?

El vestuario, también a manos de Celia Ledón, es uno de los aspectos que hacen dialogar la puesta con el país y momento histórico que sucede la obra. Los personajes expresan características y modos de vida a través del vestuario. La hija, profesora universitaria, está siempre impecablemente vestida mientras que el hermano boxeador utiliza ropa deportiva. Además a través de la ropa de cada personaje se entiende el espacio temporal de la escena, por ejemplo cuando la obra está contada desde el Líbano o cuando se habla desde la actualidad. El vestuario está construido de manera tal que un mismo actor consigue modificar su imagen sin necesidad de un cambio de vestimenta.

La música se vuelve un elemento que complementa tanto a la puesta en escena como a la dramaturgia de la obra. La mujer que canta, así llamaban a Nawal y así se expresa ese personaje durante diversos momentos de la obra. La utilización de una guitarra en vivo, interpretada por Llilena Barrientos, permite el desenvolvimiento de la relación entre música e historia.

INCENDIOS 3

Esta es una obra que utiliza un elenco en el que predomina la juventud. Arianna Delgado, actriz principal, representa la mujer que lucha, canta y muere. Con una afinación precisa y un trabajo vocal notable que la distingue sobretodo de sus compañeros masculinos. Las voces de los hombres se escuchan en varios casos ahogadas o entrecortadas. El exceso de energía que desbordan en algunas escenas jóvenes como Francisco López Ruiz, representando el papel de Simón o el estigma vocal que no permite diferenciar la voz de Nazzira a la del mendigo, en el caso de Yoelbis Lobaina, establecen la necesidad de un mayor entrenamiento vocal para este elenco.

Las escenas mostradas representan en su mayoría el terror al que fueron sometidas las personas durante este contexto de guerra y, sobretodo la consternación al descubrir una verdad como la que se trata en la obra. Se hace imprescindible escarbar ante todo esos sentimientos que recrean el dolor para no caer en excesos que se vuelven involuntarios, porque es justamente ese uno de los trabajos actorales más complicados. El actor se maneja mediante instintos de los cuales es imposible desligarse, pero la voluntad y el control para ejercer dominio sobre esos instintos, hacen las grandes actuaciones. Textos atropellados e intenciones que en ciertos casos se acercan al tono de la declamación, son algunos de los elementos a revisar para lograr el ineludible control que permitirá un disfrute mayor de las llamas en este incendio.

¿Cómo llega a los cubanos una obra que trata sobre un tema aparentemente desviado de nuestra historia y geografía?

La contextualización de esta obra no sucede en el diseño escénico o lenguaje de los personajes, ni siquiera en el ritmo cubano marcado por el mendigo con el vaso de las monedas o la escena donde se vuelve el escenario un programa de televisión en el cual el actor Andros Perugorría, canta una canción a modo de transformista. Incendios es una obra que se vuelve universal por tratar un tema como la guerra, que aun azota en muchos lugares de nuestro mundo, con el caleidoscopio del amor y la bondad. Yo hice una promesa de no odiar a nadie, dice Nawal en uno de sus parlamentos. De qué forma combatir las guerras que nos azotan si aún somos un mundo dividido, máxime por el odio. No es nuestra la guerra con francotiradores, ni con niños perdidos, ni con mujeres torturadas, pero hay lucha en cada cubano que se acerca a la sede del Ludi para disfrutar de esta obra, hay un incendio en cada uno de nosotros que nos hace, a pesar de las muchas diferencias, un mismo pueblo; que hace de cada pequeña lucha la misma lucha. Sin embargo, Incendios va más allá de nuestra lucha y la del pueblo libanés, representa las consecuencias nefastas de la guerra pero propone un recuento y reencuentro, no solo del autor con su propia historia, sino de todos nosotros con la verdad acarreada fuera de las fronteras marítimas que escoltan esta isla del Caribe. En medio de un mundo en el que asecha el terror y los rumores de guerra están a la vuelta de la esquina, apagar el fuego que deja una obra de gran belleza trágica como lo es Incendios, sería como disipar una luz de esperanza a la humanidad.

[1] Notas al programa de mano por Miguel Abreu.

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