Todos Los Hombres Son Iguales, Donde Se Goza De La Ética De La Risa

Por Roberto Pérez León

“el teatro no tiene categorías, trata sobre la vida.

Éste es el único punto de partida y no hay nada más

que sea realmente importante”

Peter Brook

En la sala Llauradó estuvo una comedia musical o una comedia de enredos o un musical dramatizado o no sé, simplemente una puesta en escena hecha para reír sabroso. Se trata de Todos los hombres son iguales del colectivo teatral Aire Frío, donde hay talento para desarrollar iniciativas ocurrentes y poner a funcionar los sistemas escénicos con el propósito de divertir, sin que esos sistemas significantes dejen de producir sentido para el espectador culto, inquieto e imaginativo, ese que es preciso contribuir a formar y desarrollar.

Todos los hombres son iguales tiene un montaje que no se precisa ser especialista para darse cuenta de la cónsona estructura. La puesta en relación que es una enunciación escénica posee todas las de la ley y hasta las del atrevimiento. La representación global está perfectamente tejida entre sus sistemas significantes: luces, sonido, vestuario, espacialidad, objetos, escenografía, actuación, música.

La simpleza absoluta para un espectáculo de esta naturaleza resulta interesante pues no se trata de la transferencia de un texto en una representación; sino, y, además, de la organización y reacomodo del texto entre las reacciones de la conducta de la gente para hacer lo idiosincrático espectacular sin caer en excesos de exposiciones ni de sobreactuación.

Los acontecimientos escénicos son narrados con vitalidad y fortaleza performática. El fluir rítmico está sostenido por actuaciones muy profesionales. Las tres actrices, en escena todo el tiempo, saben dar los matices para la eficiente vectorización de la voz, la dicción, la gestualidad y la especialización individual y en conjunto.

A su vez, la dirección propone un metatexto que condiciona y reactiva al texto dramático. El metatexto es eso que no está escrito, son las decisiones de escenificación que nutren la representación. La invención del director decide la organización de los elementos según las características polisémicas, tanto de los significantes como de los significados con presencia y acción en escena. La consistencia del metatexto permite una visión socio-semiótica cuando se tiene en cuenta la experiencia creativa como territorio compartido.

Eduardo Eimil, el director, sabe asumir riesgos. Recuerdo su Carne viva, hace años de eso, una puesta inquietante estéticamente al moverse entre el teatro y la música, sin tratarse de un musical, mucho menos de teatro musical, pero donde la música se tornaba imprescindible como motor del accionar escénico. En Carne viva era notable la aventura, el riesgo, la invención. Ahora, en Todos los hombres son iguales también se nota la capacidad para remover establecimientos y ser resuelto.

Todos los hombres son iguales fecunda un buen texto lingüístico desde un metatexto que hace de la representación un suceso que va a todo meter, todo el tiempo. Se establece un discurso de singularidades escénicas que hacen que el montaje sea plenamente creador en todos sus sistemas significantes. Y es que esta obra parte del dueto que conforman Junior García Aguilera como autor y Eduardo Eimir en la dirección. Ya en Carne viva había sospechado algo del poder de estos creadores juntos.

Hace un tiempo me había topado, de manera accidental,  con Todos los hombres son iguales, en la Fábrica de Arte Cubano (FAC). Allí, en el descampado de la Nave 3, noté un discurso escénico contundente pese al nivel de contingencia de un lugar donde se entra, se sale y cada cual con su capricho. Tremendo paseteo es la Nave 3 de la FAC; sin embargo, la puesta me pareció de un calibre a considerar, y, así lo hice notar en su oportunidad. Pero al verla en un escenario convencional defino aquélla primera impresión y creo que he asistido a una representación donde se ha respetado el buen gusto, la risa, lo vivido y lo que se vive sin espavientos ni alardes sociologizantes ni afanes investigativos para buscarle las cuatro patas al gato.

Me gustaría ver con más frecuencia el trabajo de creación conjunta entre Junior García Aguilera y Eduardo Eimir, para disfrutar hasta dónde le meten la cuchareta al potaje de lo teatral que saben hacer tan bien, por lo que he visto hasta ahora.

En Todos los hombres son iguales se canta, se baila, se pone seria la gente, se crean expectativas divertidas y se trajina hasta al más pinto de los espectadores. Minerva Romero, Maité Galván y Gleibis Conde son las tremendas actrices que hacen de las amigas que despiertan después de una desenfrenada despedida de soltera, sin recordar exactamente qué ocurrió la noche anterior. Cada una intenta dar su versión de los hechos, pero los relatos resultan disparatados y poco creíbles. Pero una verdad oculta irá saliendo a flote amenazando con cambiar drásticamente sus vidas. Nosotros desde la luneta empezamos a tomar partido y decidir por dónde le entra el agua al coco.

En Yacuzi, la obra ya camino de lo clásico más reciente entre nosotros, Yunior García Aguilera, como autor y además director, nos ponía en tres y dos para tomar partido por una de las tesis que se manejaban. En Todos los hombres son iguales nos encontramos con una parrandeada exposición de parte nuestra problemática social, lo que desde un tópico muy diferente al de Yacuzi; pero, igual, hay que tomar partido, como siempre ocurre ante un hecho estético.

Todo lo hombres son iguale formal y conceptualmente es de una tremenda factura significante donde la risa es un agudo recurso para tomar partido. Sin dejar de mirar para donde hay que mirar, mira con penetración divertida esta obra.

Tres actrices absolutas redondean la representación que, para ser más excelente, acude a la desestructuración y fragmentación “posmoderna” como recurso estético e ideológico, y no lo hace de manera oportunista para salvar alguna que otra incapacidad creativa. No hay discontinuidades ni rupturas en la partitura, tampoco indeterminaciones.

La transposición escénica del texto de Yunior García Aguilera a través de un lenguaje teatral que por divertido no deja de ser sagaz, hace de Todos los hombres son iguales una puesta preocupada y ocupada en lo nuestro, sin vulgaridades, sin preceptos catequizantes, sin acudir a propedéuticas solo para iniciados en ceremonias cuasi secretas de la logia teórico conceptual de un más allá sin estar acá, donde siempre se está listo para discutir a Derrida et al.

De verdad verdaíta, como dicen los andinos con dulzura concluyente: Todos los hombres son iguales es una propuesta necesaria sin enmarañadas o desatadas prescripciones que cansan y trastornan al placer que no es necesario asociar al consumo o a la frivolidad de estos tiempos.

Todos los hombres son iguales: ¡qué risa tan innovadora y sorprendente!

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