Teatro Martí: prodigiosa permanencia. Entrevista a Nancy González

El 8 de junio de 1884 abrió sus puertas el histórico Coliseo de las 100 puertas, en la calle Dragones de La Habana. A propósito del aniversario 137 de este icónico escenario conversamos con Nancy González Arzola (Guanajay,1944) arquitecta, historiadora, diseñadora de vestuario y escenógrafa, autora del libro: Teatro Martí. Prodigiosa permanencia. Ediciones Unión, La Habana 2010.

 Su obra como arquitecta e investigadora ha sido de vital importancia para la reconstrucción histórica de uno de los inmuebles más importantes de la cultura nacional. ¿Cómo nació ese vínculo afectivo tan estrecho, tan profundo, con el Teatro Martí?       

Pues recién graduada, era profesora de la Escuela de Diseño Industrial pero luego por determinadas situaciones decido regresar a mi quehacer como arquitecta y comienzo a trabajar en el Consejo Nacional de Cultura, en la Dirección de Inversiones y una de las primeras tareas que me entregaron fue hacer una investigación sobre el Teatro Martí, que se encontraba cerrado en ese momento, para ver qué tareas se podrían ejecutar con los pocos recursos que teníamos. Siempre hemos tenido pocos recursos pero se trataba ante todo de investigar porque era un edificio histórico que tenía Grado de Protección No. 1 otorgado. Me dieron la misión de investigar para fundamentar la inversión que acreditara la restauración definitiva del edificio, hablamos de mediados del año 1976, 1977 aproximadamente. Esa fue mi primera misión como arquitecta y yo me lo tomé muy en serio. Figúrate lo primero fue hacer una visita, conocer el espacio no como espectadora sino como arquitecta. Y empiezo a comprobar con gran tristeza como ese espacio de tanta envergadura y la categoría que tenía ese edificio estaba en estado crítico de deterioro, depauperación, se encontraba cerrado y con peligrosidad de acceder a sus diferentes dependencias como la torre de tramoya, los caminos de gato, camerinos, había filtraciones que atravesaban los niveles desde el techo de la cubierta hasta la platea.

Había un hombre allí cuidando aquello con mucho amor que le decían Cuco, que era el administrador, que me habló con todo el cariño del mundo, pero con impotencia por todo lo que le rodeaba. Con su ayuda comenzamos a trabajar para defender el edificio y realizar un primer informe de simple inspección ocular. Y así comenzó mi investigación todas las mañanas, la exhaustiva revisión de toda la documentación que se encontraba dispersa, cartas administrativas, certificaciones sobre la peligrosidad del inmueble y su necesidad de cerrarlo ante el grado de deterioro y poca atención que recibía.

Algunos elementos claves que usted refiere como historiadora del Teatro Martí tienen que ver con sus valores arquitectónicos, sucesos que distinguen la propia vida del edificio ¿qué elementos podríamos resaltar al respecto?

Yo llevaba el prejuicio de que allí se había celebrado la primera Asamblea de la República de Cuba, donde además se redactó la primera carta magna. Allí se redactó y se firmó la horrorosa Enmienda Platt y se tomaron decisiones muy importantes para la primera República, así que eso era un elemento fundamental y luego además tienes toda la trayectoria artística y sociocultural que le dio un brillo enorme, tanta gloria a ese edificio durante cerca de 100 años.

Pero cuando iniciamos la investigación y a pesar de conocer esos elementos es que comienzo a adentrarme un poco en la dinámica sobre los teatros de verano, que se decían que eran muy frescos, fenestrados. El Teatro Martí es una de las dos grandes tipologías del teatro del siglo XIX español: un teatro de verano. Y responde a eso. Pero poco a poco me voy adentrando en esos conocimientos y en el estudio de los teatros de verano de España y sus antecedentes en Madrid. Yo iba armada de ese interés, de toda esa pasión. Y además contaba con los elementos de las reparaciones que se hicieron en 1965 y con la documentación correspondiente.

Propuesta de fachada del Teatro Martí diseñada por Nancy González. Imagen cortesía de la entrevistada.

En el prólogo a la primera edición el destacado intelectual Reinaldo González refiere “la minuciosa aplicación a la que se entrega en sus observaciones, el conocimiento, el desvelo amoroso”. Todo ello marca la solidez de un proceso investigativo que se extendió durante largos años. ¿Cómo nace la idea de escribir este libro?

Yo comienzo a investigar y a enamorarme no solo del Teatro Martí sino del siglo XIX cubano, habanero, del teatro en Cuba. Se convierte en una pasión investigar sobre el edificio y su historia. A pesar de tener suficientes elementos para realizar mi proyecto como arquitecta, yo seguía indagando, incluso me fui enamorando de la vida del dueño original, su familia, sus penurias, los avatares que pasó. Es un Teatro que surge entre dos guerras, la Guerra del ’68 y la del ’95 y todos los avatares que sufre el país y el dueño, lo sufre el Teatro también. Me involucré mucho más allá del análisis histórico, que obligatoriamente me tocaba como arquitecta, al punto de que realicé mi especialidad de arquitectura teatral en Alemania. Cuando logro elaborar mi proyecto tenía tanta información acumulada que hay dos personas responsables, hasta cierto punto, que yo me haya persuadido de hacer un libro: la primera, Zoila Lapique, prestigiosa investigadora del siglo XIX cubano de la Biblioteca Nacional que me veía horas y horas y me decía “pero arquitecta usted tiene la obligación, usted tiene tanto reunido sobre ese edificio, debe hacer un libro basado en su investigación”. La segunda persona fue la arquitecta María Elena Martín que era miembro de la Comisión Provincial de Monumentos. Yo había solicitado a la Inversión que mi proyecto fuese presentado a ese nivel para que fuese revisado y luego ver si podía ser aprobado o no. Y al pasar por la Comisión, la arquitecta María Elena Martín recomendó la publicación de un libro que recogiera la parte histórica del Teatro Martí. No solo que se ejecutase el proyecto, sino que se publicase un libro y yo me dije que ya era la segunda vez que me recomendaban esto y pensé en animarme y hacerlo, a pesar de que no soy escritora, pero merecía la pena dejar ese testimonio. Así fue como nació todo.

La consulta de documentación original, la cita de todos esos referentes es otro de los valores fundamentales del texto. Nos encontramos con una amplia consulta abarcan los Fondos del Archivo Central del Consejo Nacional de Cultura, el Archivo Nacional de Cuba, el Fondo de la Secretaria de Hacienda en España…

No puedo olvidar la Biblioteca Nacional y el Archivo del Instituto de Literatura y Lingüística también. Aunque en ninguno encontramos planos ni referencia técnica de los arquitectos que escribían sobre las edificaciones de la ciudad. En ninguno de los que refieren sus valores arquitectónicos aparecen referencias del Martí. Yo supongo, y lo expreso en mi libro, que había tanto prejuicio porque ese era un teatro popular, un teatro que desde que se trazó entraron todas las clases sociales, blancos, negros, pobres, un escenario que se dedicó al teatro bufo y devino en verdadero teatro popular y creo entonces que se dedicaron a escribir más sobre los valores de la Ciudad y otros edificios que tenían más peso arquitectónico, que sobre este inmueble como tal.

Yo no fui a España buscando al Martí, fui becada tres meses a Sevilla por el SENCREM para estudiar los muros tapiales, pero eso hizo que visitara el Archivo de Indias, que es tan importante, para estudiar la arquitectura de mi ciudad, y quería aprovechar mi estancia allí, buscando siempre, siempre estaba en mí la huella del Martí y su memoria, porque suponía que lo iba a encontrar porque cuando se funda el Teatro, Cuba era una provincia de España.

Nancy González y Juan Carlos Botello autor del telón pintado ubicado actualmente en el Martí. Foto cortesía de la entrevistada.

Este libro ha sido un gran aporte para nuestra literatura teatral, para la historia de los teatros en Cuba ¿Cuáles de los sucesos acontecidos en el Martí le resultaron más interesantes?

Desde el inició me resultó muy atractivo lo que estaba sucediendo realmente en el edificio, lo que le sucedió al dueño Ricardo Irijoa, con el capital que él quiso invertir para la construcción, la programación, su compromiso de primero quemar ese edificio que dejarlo prostituir. Aquel dueño que se arruinó con la construcción en plena post guerra, ver cómo compra los tres terrenos que estaban a muy bajo precio en subasta y descubrir entonces que ese era el gran sueño de una persona pobre, casada y con tres hijos. Él pide hasta dinero prestado para hacer el edificio e invierte su dinero para pagarle a un buen arquitecto Alberto Castro, graduado en EE. UU, que tiene un cargo municipal y que había hecho otros edificios importantes, ¿cómo se las arregló Irijoa para conseguir que ese arquitecto le proyectara ese Teatro? Y cómo él abre el Teatro, debiendo dinero y teniendo un acreedor de la Secretaría de Hacienda detrás de él para que le pagaran las deudas, cómo se apropian luego de la mitad del edificio, todo eso me llamó la atención y sobre todo el hecho humano de ese dueño defendiendo su edificio y el Teatro, en medio de la pobreza y los poquísimos recursos que poseían, sin embargo el edificio tenía una gran prestancia hacia la Ciudad, con su indiscutible apariencia que marcó todo una época.

La prensa habla de la maravilla del edificio y yo como investigadora empiezo a descubrir también todo lo que había detrás de esa historia, la renta y el alquiler del espacio y el uso múltiple que le permitía la arquitectura. Esos edificios teatrales del siglo XIX español fueron un lugar de encuentro para una diversidad de propuestas. El trazado permitía esa funcionalidad, ya viste que el piso del Martí giraba y por eso podías acoger las reuniones de la Asamblea Constituyente, con sus sillas y sus mesas, se daban bailes benéficos o acogías un circo como el de Pubillones porque el piso se podía retirar y se le ponía arena.

Me llamó la atención la fama que empezó adquirir el edificio y detrás de todo eso las cartas del dueño dirigidas a Hacienda cuando el 2 de mayo de 1891 ya estaba el teatro confiscado en manos de la Secretaria de Hacienda. Todos sus avatares, su pobreza, todas las penurias del edificio me marcaron y ese lado humano, esas ganas de hacer por parte de los teatristas, actores, músicos, técnicos, es casi una cosa mágica por eso le puse Teatro Martí: prodigiosa permanencia, porque gracias a la magia de los propios artistas permaneció en la memoria y en la historia de Cuba.

Portada del libro Teatro Martí: prodigiosa permanencia. Cortesía de la entrevistada.

La segunda edición del libro, corregida y aumentada por la Casa Editorial Impretur, SRL fue en el año 2016. Nos encontramos con dos colaboraciones importantes con la reproducción fotográfica de Raúl Rodríguez, Premio Nacional de Cine y el tratamiento digital de imágenes y recortes del escritor y poeta Sigfredo Ariel. Coméntenos de este trabajo

Bueno Sigfredo Ariel y Raúl Rodríguez están desde la primera edición y yo los mantengo vinculados al proyecto. La reedición salió a la luz en República Dominicana casi fortuitamente pues esta es una editorial que se dedica fundamentalmente a libros docentes, pero el proyecto les pareció muy interesante. No pudimos venderlo aquí pues, por cuestiones editoriales, era imposible distribuirlo, pero siempre me interesó que al menos una parte llegara a Cuba y a través de Marcia Leiseca hablamos con Roberto Fernández Retamar. Donamos 50 ejemplares a la Casa de las Américas y también allí lo presentamos al público con Reinaldo González y Sigfredo Ariel, quienes habían corrido conmigo siempre la suerte de este libro, junto con Raúl Rodríguez que también se sensibilizó con este proyecto haciendo todo el trabajo fotográfico sin cobrar un centavo. El libro ha venido apadrinado por todas estas personalidades sinceramente por amor al arte.

Aprovechamos y ampliamos con nuevos elementos históricos, incluimos imágenes de su reapertura, y también aclaramos que el Teatro no es Monumento Nacional. Consultando un artículo de Argel Calcines, editor general de la revista Opus Habana de la Oficina del Historiador, encontramos esta referencia[1]. Entonces recopilamos los detalles de dónde se habían extraído los datos, precisando este importante tema. Aprovecho esta entrevista para recabar la atención de las instituciones implicadas en el otorgamiento de la condición de Monumento Nacional para el Teatro Martí porque la tiene más que merecida, no porque lo diga yo. Desde los años 40, según recoge el propio Calcines en su artículo, Emilio Roig de Leuschering, en su condición de Historiador había fundamentado esa condición y la única que no cumplía en aquel momento era que estaba en manos de una propiedad privada y no era propiedad estatal, por lo tanto, no podían aplicarle la restauración que implicaría un monumento. Si desde 1961 la Revolución intervino estatalmente el edificio y deja de ser propiedad privada se puede retomar la fundamentación de Emilio Roig de Leuschering para el Teatro Martí, que tiene todos los elementos y la pido con carácter retroactivo de 1961 (se sonríe) y le coloquen la merecida tarja en el exterior del edificio de una vez.

La dedicatoria del libro incluye desde los fantasmas que aún viven en el edificio hasta sobresalientes figuras como Rine Leal, Antón Arrufat, Vicente y Raquel Revuelta, Eusebio Leal, Eduardo Robreño, entre otros… ¿qué importancia tuvieron en su quehacer como investigadora?

Realmente de una manera u otra todas las personalidades que nombro en la dedicatoria me sensibilizaron con el tema de la arquitectura teatral, el amor por el Teatro, el teatro popular y el bufo y el edificio en sí. Me condujeron al interés de publicar todo lo aprendido, me estimularon a ocuparme del edificio y dejar esas memorias sin olvidar a otras muchas personas que si empiezo a mencionar sería interminable la lista.

Nancy González en las afueras del Teatro Martí en los años setenta. Cortesía de la entrevistada.

Sabemos que tiene ya en proceso la tercera edición de este libro en los Estados Unidos.

Desde mediados del año 2020 entregamos toda la información a una editorial que se dedica a publicar libros de cultura realizados por autores cubanos. Lamentablemente la pandemia ha atrasado el lanzamiento de esta tercera edición que incluye nuevas imágenes e información del inmueble. Hemos mantenido la comunicación y aunque nos han dicho que el libro va a salir, han priorizado el tema de la música y yo les he dicho (se sonríe) bueno el Martí no es música, pero es la caja que la contiene, porque todo lo que ha brillado de la música y la cultura cubana ha pasado por el Martí. Estando el libro cerrado para entregar a edición en el mes de junio, muere Rosita Fornés, la última gran diva que pasó por el Teatro. Yo pensé que, si ya nos habíamos demorado para sacar el libro, podríamos retrasarlo un poco para que salga un gran reportaje final dedicado a Rosita, que pidió ser enterrada en La abana y sus exequias fueron realizadas allí en el Martí. Y realizamos un último reportaje de todo el emotivo homenaje que el pueblo le hizo, y esas son las últimas imágenes con las que cierro el libro.

¿Algún otro aspecto que quiera comentarnos?

Estoy muy contenta realmente de que el Martí abriera sus puertas. Aunque hecho de menos algunos elementos que se le deben y que habíamos concebido en el proyecto inicial, que son una deuda eterna con el Teatro como el giro del piso de la platea o el anfiteatro que se sustituyó por otros palcos. Me gusta que su programa sea aún más variado de lo que es, su programación ha sido privilegiada pero también hay que mirar hacia los elementos que lo hicieron popular, en los años ´40 y 50 y eso hay que equilibrarlo. Por lo demás la pandemia ha obligado al cierre de todos los espacios teatrales de la Ciudad y como arquitecta estoy preocupada porque hay dos elementos fundamentales para la muerte de esos edificios. Uno es el cierre y el otro la entrada del agua. Seamos celosos de evitar la humedad, es necesario que, entre un poco el sol, el aire, tenemos que desinfectarlo, ofrecer alguna que otra fumigación para los posibles insectos que puedan agredir este tipo de edificación. Sus veladores, que los tiene muy buenos, que se mantengan defendiéndolo, cuidándolo, hay que ponerle su tarja de Monumento Nacional y decir “estoy aquí, existo, soy el Martí, soy Monumento Nacional…” eso es lo único que pido.

[1] Se refiere al artículo del autor citado que apareció en la revista Opus Habana. Vol. XV No. 3, Año 2014.

En Portada: Vista interior del Teatro Martí. Foto tomada de la página oficial de Facebook del teatro.

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