Teatro Del Caballero Hace Una Elemental Visitación Sígnica A Vicente Revuelta

Por Roberto Pérez León

 Un signo es una cosa que, además de la especie presentada por los sentidos, trae por sí misma al pensamiento alguna otra cosa.

 San Agustín

Mi generación ha sido una generación privilegiada, entre otras cosas, por un particular esplendor en las artes escénicas. Nosotros fuimos espectadores de las soberanas excelencias de la danza moderna y contemporánea, disfrutamos del Ballet Nacional de Cuba sin angustias por conseguir entradas; si de teatro se trataba, en la noche, a las nueve, siempre había algo y después a Coppelia, abierto hasta las dos de la madrugada para comentar lo visto.

Entre todas las salas de teatro mi preferida siempre fue la del Hubert de Blanck, ahí vi todo y de todo; hasta conciertos de música excepcional, no olvido el espectáculo Nacha de Noche con Nacha Guevara cantando-recitando-bailando, y encantando.

Como sabíamos que era un espacio donde nos poníamos al tanto de lo que pasaba en el teatro no solo en Cuba sino en toda Latinoamérica y el mundo, andábamos al tanto del Hubert de Blanck –entonces hablábamos de “del” y no de la H B, no sé qué connotaciones podría tener esto a la hora de hacer un análisis semiótico– donde desde 1964 estaba instalado Teatro Estudio fundado en 1958 por Raquel Revuelta.

Ella era el centro del ojo del huracán escénico; esa mujer, majestuosa, serena, soberana aglutinaba a su alrededor al colectivo teatral más renovador y significante de cuantos hemos tenido en Cuba en los últimos 60 años.

La Sala Hubert de Blanck fue un templo entonces, es una pena que hoy sea una escueta sala donde suele haber programación de vez en cuando, ya ha perdido el brío propositivo que duró hasta más o menos el 2000.

Por lo  emblemático que me resulta todo lo relacionado con Teatro Estudio asistí hace unos meses al Argos Teatro a ver Misterios y pequeñas piezas: merecido y logrado tributo al hombre que renovó la médula del teatro entre nosotros: el otro Revuelta, Vicente, el hermano de Raquel, un par sin par, seres que sin hacer dúo teatral lograron, cada cual con su fortaleza, remover la escena nacional.

Ahora, en estas semanas, tuvimos otra visitación desde la escena a Vicente Revuelta. Pero tengo que confesar que no he sentido esta vez la satisfacción que me dio Misterios y pequeñas piezas de Argos Teatro, que me hizo volver a celebrar aquellos ochenta fabulosos del siglo pasado para el teatro en La Habana, pero con la mirada, la nueva sensibilidad y la emoción que corresponde a estas alturas del siglo XXI cubano.

El Acto, la puesta en escena que he visto en la sala Tito Junco del Bertolt Brecht, por parte del colectivo Teatro del Caballero, no posee la suficiente energía teatral para lo que se propone.

Por supuesto, es necesario volver siempre a la vida y a la obra de Vicente Revuelta, uno de los pilares de la escena latinoamericana; me atrevo a decir que fue como director y actor uno de los más relevantes en nuestra lengua.

Las nuevas generaciones deben saber que tuvimos en el teatro cubano un hombre llamado Vicente Revuelta, que como todo creador se rodeó de mitos y cansancios, no precisamente clásicos.

En la sinopsis que el programa de mano de El Acto se declara: “Inspirado en la figura de Vicente Revuelta, asistimos a un acto de confesión, de fe y entrega, en el que el actor evocando el legado teatral del famoso director y actor cubano, nos remite una y otra vez al rescate de la esencia del oficio, no importa cuál. Es una fiesta del espíritu que termina siendo no solo una cura personal para el intérprete, sino también para los que participen en su acto.”

Veo El Acto como apuntes escénicos para una ceremonia homenaje a Vicente Revuelta.  José Antonio Alonso, como autor de El Acto, ha hecho un texto de absoluta franqueza, vehemente, ardoroso, para celebrar al maestro.  Pero ya sabemos que esto no es bastante. No siempre nuestras experiencias y deseos de agradecimientos, nuestras pasiones, son suficientes para armar un suceso escénico. El teatro posee sus propios signos que no son precisamente los que la experiencia individual conforma y teje.

En una puesta en escena todo debe ser signo. El actor es signo de un signo. En esa dialéctica se debe desarrollar una figuración visual marcada por una práctica enunciativa que en el caso de El Acto recurre con mucha frecuencia a la plena emotividad.

El texto de El Acto se manifiesta poniendo énfasis en la celebración que merece la vida y la obra de Vicente Revuelta; sin embargo, sucede que en las acciones de convocatoria ceremonial es precisamente donde pierde espesor teatral el montaje, se recurre a lo sugestivo sensorial mediante la apelación al público para que vibre con la emoción del actor, desde este procedimiento se llega a una participación que no es consecuente con la enunciación escénica global.

Creo que se yuxtaponen y a la vez se desarrolla una de-construcción entre texto, actuación y dirección en esta puesta de Teatro del Caballero. Escribir, actuar y dirigirse, precisamente en un monólogo convencional, hoy es un salto mortal que no ha sido muy bien ejecutado en El Acto. El teatro es una práctica escénica no una ilustración de emociones.

José Antonio Alonso es un actor de experiencia que sabe pararse en escena, pero en esta ocasión se escribe y se dirige él mismo. Aquí es donde veo algunos de los problemas de El Acto. La dirección artística –no sé si en este caso refiere a la dirección general–  es compartida con Yoander Ballester.

José Antonio Alonso realiza una tarea ciclópea en esta puesta en escena. Debe ser muy difícil, en un montaje convencional, ser a la vez dramaturgo, actor y director de uno mismo en el siglo XXI en pleno desarrollo.

Ciertamente los límites del teatro han sobrepasado todos los límites; hoy tenemos un teatro dinámico, con vasos comunicantes hacia todas las demás artes, lo que da lugar a una verdadera encrucijada en el proceso de montaje o representación, en la interrelación de los múltiples componentes que forman parte, como sistemas significantes, en una puesta en escena; sin considerar, por otra lado, que el público tiene un diapasón de exigencias que suele sobrepasar con mucho los presupuestos tecnológicos y proposicionales en cuanto a acción, significación y tiempo de una puesta en escena.

El Acto adolece de toda una serie de inconsistencias en la producción de sentido como suceso escénico. Hay una escueta imaginería en los componentes escénicos.

Los desarreglos, estragos, desconciertos, la epifanía creadora, la confusión y el barullo del laberinto de la vida de Vicente Revuelta no se pueden ilustrar, precisan de una invención teatral más riesgosa, donde se alcance la atmósfera adecuada para los ritmos y el tempo que precisa la puesta; no se trata de hacer una composición escenográfica y de desarrollar un diseño de luces,  hay que lograr una espacialidad; al actor no le pueden ser suficientes los movimientos y los gestos para llenar el espacio escénico, debe manifestarse desde la corporalidad que es más que el cuerpo; no es relevante oír a los Beatles, es la sonoridad que ellos deben generar en medio del discurso verbal que tiene que tener una particular semanticidad, dada la relevancia de la palabra en el montaje, no se trata de descargar un parlamento, como que no se trata de oír música sino de sentir la musicalidad.

Los elementos escenográficos, incluida la pantalla y las maletas, no constituyen soportes para significación alguna; es preciso que los materiales escénicos sean concebidos como pre-significantes. Imaginemos la puesta sin las maletas y sin la pantalla, no sucedería nada; sin maletas, el actor solo tendría que sustituir algunas acciones, porque las maletas como objetos propios no son componentes para una dinámica particular. Los artefactos, los objetos materiales en escena deben tener significado, son signos y ellos por sí mismos no son nada si no están definidos desde las relaciones que sean capaces de proponer para producir sentido.

Los sistemas o unidades significantes deben cumplir con una función en la producción del sentido global de la puesta, y no ser ilustrativos o decorativos. Escenografía, banda sonora, pantalla de proyección quedan como unidades para significar y no se conforman como sistemas significantes.

Ciertamente el suceso teatral en El Acto tiene los útiles componentes escénicos: iluminación, sonido, empleo de proyecciones, elementos escenográficos, música, las palabras. Pero no llegan a conformarse como sistemas significantes interrelacionados; falta organicidad, una lógica interna entre ellos para que dejen de ser ilustrativos.

Por otra parte, se hace forzada, desde el inicio del espectáculo, la persistencia en acortar la distancia entre los espectadores y el actor;  resulta esta ambición una acometida inconsecuente, que más debería centrarse en la construcción de una espacialidad vibrante, y no estar todo el tiempo apelando al público, porque pese a todos los esfuerzos no se logra un espacio único entre el actor y espectador; algo que es innecesario dada la vectorización global de la puesta: de-centralizaicón, de-sincronización, simultaneidad, yuxtaposición buscando la heterogeneidad para romper la linealidad, todos estos recursos son válidos para conformar un montaje que no pretende expresar un tiempo lineal.

La falta de ilación entre los distintos eventos sucesivos en escena desmonta el orden lineal y eso resulta teatralmente. Entonces, para qué insistir en violar la cuarta pared, ¿para anular al personaje o diluirlo en insustancialidades como dar Habana Club en vasitos plásticos y brindar entre todos y hacer de la platea un espacio de confraternidad como si fuera un show televisivo de propósitos “paulocohelescos”.

Sí, cuando el actor impele a que se le sigamos, también me puse de pie para no desentonar, pero no deja de ser turbadora y fuera de lugar la invitación a abrazarnos y mirarnos fervorosamente, además de poner al público a hacer calistenia.

¿Cuál es la novedad si es que eso es lo que se busca? Por tales eventos es que la puesta tiene mucho de espectáculo común, de presentación y no de representación, donde lo fenomenológico sobresale y lo semiótico se rezaga, queda opacada la posibilidad de abstracción y la logicidad para una concreción productiva por parte del espectador.

El Acto acude mucho a los sentidos; al alinearse en sensaciones con espectacularidad la percepción profunda se pierde; la ejecución escénica no suscita una fuerza simbólica para que sea su performance productora de sentido desde la abstracción racional y no emotiva.

El Acto es un monólogo convencional donde el logocentrismo es embrionario; la iconicidad, las sugerencias simbólicas, indiciales, no tienen fortaleza en tanto la carga textual es definitoria en el montaje; más allá del discurso verbal no hay más, a no ser alguna que otra conformación del espacio gestual que genera el actor en su elemental performance.

Por los ochenta tuve el privilegio de ver dirigidas y actuadas por Vicente Revuelta La duodécima noche, El cuento del zoológico y Galileo Galilei. Considero que estas puestas, a pesar de todo lo que el teatro ha hecho y deshecho hasta ahora, siguen no teniendo parangón en la escena nacional.

Recuerdo a Vicente en Galileo y siento una satisfacción tremenda, regreso a aquellos ochenta fabulosos para el teatro en La Habana, y es que como afirma Paúl Auster en La invención de la soledad, la memoria es el espacio en que una cosa ocurre por segunda vez. Y por tercera, y por muchas veces, cada vez que tengamos la humildad de recordar con fervor.

Pese al esfuerzo del montaje de El Acto por acercarnos a Vicente Revuelta, los signos que emplea se agolpan unos a otro en su retórica semanticidad, y no nos traen al pensamiento alguna otra cosa superior a lo que representan en los sentidos, como dice San Agustín.

Fotos tomadas del perfil en Facebook de Teatro del Caballero

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