TEATRO DE TÍTERES HOY: ENTRE LA IRREVERENCIA Y LA CONFORMIDAD

Por Rubén Darío Salazar / Foto Sonia Almaguer

Tanto en las redes sociales, como en algunos foros teóricos especializados en teatro de títeres, persisten hoy dos debates. Uno defiende la necesidad de resguardar la esencia de esta manifestación escénica, el otro aboga por la creación de nuevas poéticas espectaculares para los retablos. Cada día me siento más inconforme con el tan traído y llevado asunto de la pureza en el universo de las figuras. Creo que ese límite inexpugnable ha sido inventado por aquellos que necesitan ensimismarse en el género, vaya usted a saber por cuál ausencia. Este arte tiene poquísimo de aséptico; nació de los ritos religiosos, pero nunca ha perdido su esencia paródica sobre lo humano, sus costumbres, creencias, pensamientos, calando una hendidura en la sociedad y sus estratos.

La mirada de los hombres y mujeres amantes de este género, profesionales o aficionados, pasa por los deseos, avideces y esperanzas en ser o hacer algo más en esta vida con nuestras propias vidas. Desde antaño los muñecos han sido instrumentos para comunicarnos con los demás. Hoy día la expresividad de los títeres se extiende hacia diferentes formas animadas, visualidades y objetos…, en un sinfín de traducciones materiales acerca de lo que pensamos sobre nosotros mismos y respecto a los otros. Los títeres se han convertido no solo en retratos de los humanos, sino también en espejos.

Las poéticas titiriteras, esas marcas de creación personal que dejan una huella en la historia, se construyen desde las esencias de los creadores, desde sus capacidades para generar, admitir e intercambiar con el mundo circundante, sin ánimos de integridades inútiles. ¿Para qué levantar un valladar imaginario o real, que solo conseguirá aislar más a la profesión, de lo que ya lo ha estado por muchos años? Convengamos, además, que una poética no se inventa porque sí. No puede fructificar lo que no ha sido generado a partir de inquietudes y descubrimientos, por la constatación de fortalezas y debilidades que dan un vuelco a la visión individual del mundo, que podrá luego influir en la de los demás.

La búsqueda de lo nuevo debe comenzarse desde el conocimiento de lo viejo, que ya fue nuevo alguna vez. No desde hallazgos casuales que pueden transformarse en fórmulas, en recetas de éxito con fecha de caducidad temprana. Más allá de purezas o renovaciones, lo que no puede abandonar el teatro de títeres es la capacidad de asombrar a sus espectadores, de llevarlos por senderos inexplorados, que hallan eco en la psiquis humana, en su intelecto, mediante la visualidad, la emoción o la extrañeza. No pocas veces el desconcierto me ha regalado sensaciones inolvidables, y eso también es afín al teatro todo, no solo al que se hace con figuras u objetos.

El desarrollo científico y tecnológico del planeta conlleva cambios y transformaciones en nuestros espectadores infantiles y adultos. Algo deberá tener ese volumen esculturado o insinuado en las sombras, proyecciones o en la luz negra, que compite en la actualidad, cara a cara, con el poderío de la virtualidad, esos aparatos que lejos de acompañarnos parecen dejarnos cada vez más solos. Es ese avance vertiginoso el que debiera preocuparnos, y no para competir con él —sería una rivalidad desigual—, sino para desentrañarlo. La modernidad hace galas de su dominio sobre la información, las visualidades impactantes, el esplendor de un cosmos electrónico inusitado. Mas no hay que olvidar que todo eso nace de los propios hombres y mujeres, los mismos que hacen el teatro de títeres, un género que debería ser nuestra ciencia, nuestra asignatura en constante aprendizaje. Sería esa la mejor mirada hacia la profesión ¿u oficio?, que de los dos tiene, para no hundirnos en lidias inútiles e ingenuas.

Ni la robótica, esos títeres automáticos o cibernéticos que los humanos construyen y perfeccionan desde épocas pasadas, podrá suplir conceptos, creatividades o nociones puestas en función de ese momento mágico de la representación. Miramos a nuestros muñecos para que ellos miren por sí mismos, para que sean dueños de una realidad nacida de nosotros, para otros como nosotros. El público que acepta el juego, no debería adivinarlo de antemano, apenas intuirlo, sin certezas ni evidencias que provocan aburrimiento y desinterés hacia lo que se propone en escena.

No puedo dejar de evocar en estas disquisiciones, la angustia del Doctor Coppelius[1]  al comprobar que esa muñeca casi perfecta que vio danzar con vitalidad no era su Coppelia mecánica, sino la bella Swanilda. Casi logró que los transeúntes que pasaban ante la vidriera de su tienda de juguetes, creyeran que la muchacha de los ojos de esmalte era una joven de verdad. En ese casi hay un mundo. En esa aproximación está la llave. En esa cercanía que juega entre lo ilusorio y lo real, palpita el misterio que ha hecho perdurar al teatro de títeres, junto a la música, la pintura, la literatura o la danza, entre otras artes, todas renovadas una y otra vez, sobrevivientes de periodos rigurosos y menos rigurosos.

En este punto es donde entro en crisis con los que exigen un arte titiritero ortodoxo, inamovible, casi cercano al dogma. La misma crisis que sostengo ante aquellos que creen que hacer títeres es cuestión de modernidades rabiosas, nacidas de ninguna historia, trayectoria o tradición. Hay que saber; siempre será necesario conocer, investigar, estudiar todo lo que ya aconteció con nuestro género, para entender el presente y avanzar hacia el futuro. Obviamente, si queremos que nuestros espectadores encuentren autenticidad o magia en la expresión de los muñecos o en las formas animadas o visuales de los espectáculos que les proponemos, primero tendremos que desprejuiciarnos nosotros mismos, alejarnos de cualquier presunción. Lo nuevo late en lo ignorado, sí, pero primero hay que descubrirlo y desarrollarlo.

Hay que aguzar la mirada para ver, advertir y comprender lo que aletea ante nuestros ojos, con un movimiento como el de los colibríes, en constante agitación. A esta reflexión me gustaría añadir la palabra responsabilidad, tan cercana al vocablo compromiso. ¿Estamos comprometidos con el arte que profesamos? Si la respuesta es positiva, entonces hay que pasar de la reflexión a la acción, abrir puertas y ventanas a una manifestación que encuentra hoy por doquier maravillosos ecos.

Tengo un montón de referencias en la cabeza. He caminado Cuba y buena parte del mundo registrando poéticas, intentos o esbozos de formas interesantes de hacer. Todo me sirve para el teatro que construyo junto a mi equipo; ninguna de ellas me hace cerrar los ojos a los aciertos de creadores inexpertos o atrevidos, aciertos incluso mesurados, de un alcance todavía por medir y pulsar. Todo lo futuro palpita en el aire. Nuestros títeres no dirán nada que no provenga de nosotros mismos. Sus dudas, sus miedos, sus glorias, serán las nuestras amplificadas en ellos. Todo lo demás son disquisiciones elucubradas, la clásica noria de anhelos e insatisfacciones cotidianas.

Notas:

[1] Personaje del ballet clásico, en tres actos, Coppélia o La muchacha de los ojos de esmalte, con música de Leo Delibes y coreografía de Arthur Saint-Léon, estrenado en París, en 1870.

Tomado de La Jiribilla

 

 

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