Teatro y danza en filmes del Festival

Por Frank Padrón

La 42 edición del Festival de la Habana, que corre desde el viernes en la capital, trae siempre a las artes escénicas como tema o fuerte motivo dramático en más de una obra en concurso, y este año no es excepción.

Isabella, del argentino Matías Piñero, que compite en la categoría de largometrajes de ficción, tiene como referente indirecto nada menos que a ese eterno contemporáneo llamado William Shakespeare, cuando una actriz de Buenos Aires intenta por todos los medios obtener el papel protagónico de Medida por medida, la comedia del bardo inglés, mientras encuentra en su intento a una colega que también lo procura y se cruza frecuentemente en su camino no solo en lo profesional sino en lo familiar y personal.


Premio al mejor director en Mar del Plata y seleccionada oficialmente en Gijón, la obra da continuidad a un estilo ya asentado en este director (Hermia y Helena, Viola, La princesa de Francia…) quien además de su evidente fascinación por el mundo femenino se caracteriza por una narrativa deliberadamente caótica y anti aristotélica, que mezcla tiempos y espacios de manera desconcertante y se apoya en iteraciones que sin embargo incorporan siempre nuevos elementos diegéticos.

Aquí el recurrente dramaturgo y su pieza son apenas un remoto hipotexto, pero que a tiempo completo gravita sobre el relato fílmico, no solo porque todo gira en torno al montaje de aquella sino porque esa obra va de la duda como motor del accionar humano, pero a la vez de la importancia de actuar e ir siempre adelante.

Son muchos los ideologemas que Piñero anhela desarrollar (la naturaleza como posible relajante a las tensiones cotidianas, el arte dramático tal catalizador eficaz de las angustias existenciales y sus posibilidades alternativas –no olvidemos que la protagonista monta a la vez una instalación lumínica con piedras- o esa recurrente certeza de que la vida se parece al arte y no solo vicerversa) y quizá por ello su discurso se atora entre la excesiva fragmentación que incluye demasiadas peripecias y circunloquios los cuales terminan por agotar al espectador, el cual concluye que casi nada se ha desarrollado a plenitud, si bien se siente atraído hasta el final por la deslumbrante visualidad –fotografía de fuerte énsafis en lo policromático, dirección de arte, planimetría- por supuesto con un sentido semantizado, y el destacado trabajo de los actores, sobre todo como es de imaginar, de las actrices: su musa, María Villar; Agustina Muñoz, Ana Cambre.

La argentina Karnawal, de Juan Pablo Félix, y entra en la lista de óperas primas sigue a un joven “bailaor” de malambo, suerte de zapateado del folclor gaucho que caracteriza la región donde se mueve la historia, en la frontera entre Argentina y Bolivia.

El Cabra, como le apodan, apenas habla y se refugia en su arte con soltura y esfuerzo, vive con la madre y el padrastro con quien no tiene buenas relaciones, y ha delinquido portando drogas para adquirir, pobre como es su familia, las botas imprescindibles para la danza.

Su evolutiva relación con el padre quien, pese a su condición delincuencial no carece de ternura y atenciones para con él y su madre, da cuerpo a un filme lleno de subtextos y sugerencias, de esos que expresan más en los silencios e insinuaciones que en sus diálogos y acciones directas.

Mediante un clima de dosificado suspense, la trama nos envuelve en esa reivindicación del arte como escudo ante las dificultades de la vida. El Cabra, como apodan al joven, no necesita las palabras pues tiene su baile, y en el ímpetu y la fuerza que él aporta y recibe de la vehemente danza logra arrostrar la pobreza, la desestructuración familiar y las rebeldías adolescentes.

El director, quien fuera bailarín en esa etapa de su vida, sabe entonces de lo que habla, y nos entrega este notable híbrido entre el thriller social y el coming of age.

Aunque el premio de actuación en el Festival de Guadalajara fue para el siempre brillante actor chileno Alfredo Castro como el padre (también el director fue reconocido en este certamen) debe encomiarse la labor del bailarín profesional Martín López Lacci, campeón nacional de malambo en su natal Argentina, y quien además de brillar en la pista, actúa muy bien, sin olvidar la importancia dramática que la propia danza y la música –no solo la que acompaña el baile sino toda la incidental, como la banda sonora completa-tiene dentro de la puesta en pantalla.

Dos filmes para no perderse quienes además del cine, aman el teatro y la danza.

(Visitado 72 )

Exportar a PDF:

Comparta nuestros contenidos en redes sociales:
Leer más
Vicente Revuelta En Imágenes

La exposición Noventa Revueltas será el telón de fondo para que en la propia sala Villena de la UNEAC, los...

Cerrar