Sueño de una noche fílmica con Shakespeare

Por Frank Padrón

Se ha dicho que el llamado “cisne de Avon” es el más “prolífico guionista de Hollywood”, y de más allá, habría que agregar, porque las versiones de su teatro en producciones de otros lares no son raras.

En efecto, lo más (y hasta lo menos) conocido entre las tragedias y dramas históricos escritos por el líder del teatro isabelino (siglo XVII) ha sido llevado muchas veces a la pantalla grande; pero, aunque pareciera que no tanto, las comedias también han tenido esa suerte.

En especial Sueño de una noche de verano, que concibiera el dramaturgo y poeta inglés alrededor de 1595, ha conocido por lo menos tres versiones cinematográficas, todas norteamericanas (1933, 1968 y 1999), una de las cuales, la más reciente, pasó hace unos días en el espacio Letra Fílmica (CE), de TV cubana.

Sé por experiencia propia lo difícil que es conseguir filmes para nuestros espacios de cine, pero en esta ocasión, el que se especializa en la literatura adaptada a ese medio, escogió la más endeble, y aunque la guionista quiso argumentar su inclusión sosteniendo que pese a la generalmente dura recepción crítica, la esencia shakesperiana permanecía, no resultó muy difícil desde los primeros momentos comprobar por qué los colegas de diversos lugares no han sido generosos con esta pieza rescrita para el cine por Simon Boswell y dirigida por Michael Hoffman.

Claro que Shakespeare es difícil de “camuflar”; la fuerza de su verso, su verbo, es tal, que aun en los peores casos se le puede sentir, palpar; tampoco el fracaso de la cinta estriba en trasladar la acción a la Toscana del siglo XIX; el propio autor acostumbraba a remontarse a otras épocas, y bien se sabe que cualquier traslado cronotópico es no solo legítimo, sino hasta enriquecedor. Así, el célebre escritor y sus criaturas han  viajado por Siberia, Japón, Cuba, se han trasladado del medioevo a la más concomitante actualidad, en medio del rock, la gastronomía, el rap, las latentes redes sociales…do quiera haya pasión, traición, amor, crimen, o del otro lado, equívocos, sonrisas, optimismo, ahí “cabe” Shakespeare, pero siempre acompañado por la poesía y el vuelo estético de quien no por gusto es y seguirá siendo “nuestro contemporáneo”, como escribiera con acierto el teórico polaco Jan Kott.

Sueños…puede leerse no solo como la clásica “comedia de enredos” con parejas trocadas e intercambios entre fantasías, mundos míticos y realidades, sino –lo más interesante a mi juicio- como un ejercicio metateatral donde la praxis de representación contempla sendos niveles: ficcional y escénico, algo que implica una “puesta en abismo” en tanto la realidad incluye el estado onírico (que pueblan los seres mitológicos) y entre ambos, tal frontera apenas perceptible, la preparación de una puesta en escena a cargo de personajes pueblerinos.

Quizá en esa sección radique esta vez el aporte shakesperiano, en tanto ello deviene una verdadera “ars poética”, con frecuentes alusiones al quehacer dramático que si bien discursaba sobre la realidad teatral de la época (hombres representando mujeres, actores asumiendo varios roles, angustias de producción…) de las que se burla el autor con su habitual sentido crítico e inagotable ingenio, ello trasciende como siempre el momento para insertarse cómodamente en nuestros días.

La falencia en la lectura fílmica comienza por el escaso partido que de esta capa textual ha extraído Hoffman, más interesado en los efectos especiales –abundantes y muy bien elaborados, todo hay que decirlo- al punto de que, pese a los esfuerzos de ese inmenso actor que es Kevin Kline en el papel de quien desea justamente todos los personajes, este esencial motivo queda desdibujado.

A ello se suma lo impostado de los desempeños en general: no por el hecho de contar con figuras de primera línea (Michelle Pfeifer, Rupert Everett, Stanley Tucci, Sophie Marceau…) se logró algo más que estirados recitativos que restaron frescura y espontaneidad, esa que tanto fluye de principio a fin en el libreto.   Los niveles diegéticos no empalman con suficiente precisión ni gracia; todo se siente forzado y el montaje de Garth Craven no consiguió, al contrario, salvar el escollo.

De cualquier modo, bienvenido siempre Shakespeare a nuestra TV. Un bardo algo desdibujado y sin sus ropas más vistosas es preferible siempre a otros autores sin su rango y “caché”.

Fotos cortesía del autor.

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