Réquiem por Los dos príncipes

Por Roger Fariñas Montano

Durante la celebración por los veinticinco años del teatro de Las Estaciones, en Matanzas, a la que amablemente fui invitado por Rubén Darío Salazar y Zenén Calero, la dramaturga y actriz María Laura Germán me obsequió su libro de Los dos príncipes, publicado por Ediciones Aldabón.

Este extraordinario texto, con subtítulo «Un romance en sombras a partir del poema de José Martí sobre una idea de Helen Hunt Jackson», ya lo conocía por el montaje de Rubén, sobre el cual recuerdo haber escrito también en su momento.

María Laura es continuadora de notables autores dramáticos de nuestra isla originarios de la Atenas de Cuba, como José Jacinto Milanés, Virgilio Piñera, José Ramón Brene y Abelardo Estorino; y, de otros contemporáneos donde despuntan Ulises Rodríguez Febles y el propio Rubén Darío Salazar (cuyas escrituras espectaculares para el teatro de títeres resultan esenciales.)

Desde el soberbio concepto de puesta en escena de Los zapaticos de rosa (2007), Las Estaciones no recurría a Martí. Rubén se tomó casi una década para volver a las baladas martianas, ahora motivado por el hallazgo en alguno de sus archivos de un empolvado guion para teatro de sombras, a manos del dramaturgo y actor titiritero Pepe Carril, escrito para el Guiñol Nacional de Cuba.

El binomio Germán/Salazar se enamoró tanto de la idea de Carril, como del poema del Apóstol sobre el original de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson: «El príncipe ha muerto». Asimismo, del reto que significaba explorar una estética tan riesgosa y poco asidua en la escena nacional como el teatro de sombras. Pero el verdadero reto de la autora fue levantar un texto que recreara espontáneamente una fábula antecedente a la que cuenta el poema sin perder ganancia en resguardar valores como la amistad y la quimérica búsqueda de la felicidad. Debió, además, ser cuidadosa al poner en tela de juicio del espectador más heterogéneo temas tabúes tan vetustos como las diferencias en las clases sociales, a partir de su visión particular de la historia que intenta contar.
El libro, con una hermosa factura visual, consta de dos partes fundamentales: el argumento originario de María Laura, y la inclusión del guion espectacular ideado por Rubén para su montaje. Existen algunas variaciones entre uno y otro texto, como entelequias literarias, básicamente en las acotaciones o «didascalias»: en el primero, operan más desde una perspectiva narrativa y poética; en el segundo, planteadas a la manera tradicional con funcionabilidad dramática. El propio director ha dicho que «las imágenes didascálicas sugerían escenas de una visualidad poderosa», motivo por el cual se valió de esa potencialidad para crear el argumento espectacular.

También podemos percibir que el texto de María Laura se pensó para cuatro personajes (Rey, Príncipe, Pastora, Pastorcillo), en cambio para la representación se necesitó aumentar a seis (Rey y Reina, Príncipe, Pastor y Pastora, Pastorcillo), según las evidentes necesidades demandas de la dirección artística del espectáculo.

En ambos casos la estructura es similar, a modo de breves cuadros, seis exactamente, que marcan sucesivos cambios estacionales: Prólogo o Romance del nacimiento, I. Primavera o Romance del encuentro, II. Verano o Romance de los juegos en el mar, III. Otoño o Romance de la pintura rota, IV. Invierno o Romance trágico de los caballos, y Epílogo o Romance de los dos príncipes. Su disposición ordenada admite aguzar los sentidos en esta historia, hermosa y de muy buen gusto, que acontece en tiempos de reyes, príncipes, castillos y pastores.

Alcanza a remover auditorios y lectores actuales lo bastante ávidos de extrapolarse en el tiempo, al menos por unos instantes, y vivir la ficción que el teatro favorece: la autora nos convida a elevarnos con ingenio en un diálogo epocal. María Laura (re)crea una estructura teatral, donde podemos estimar el vínculo de los versos octosílabos de rimas asonantes, originariamente escritos por Martí —con una complejidad ajena al patetismo lírico de la época—, y de la poesía moderna y la narrativa «trágica» en su expresión más visceral, oda a la visión escritural de la autora matancera: en ambos casos, a tono con la representación de estos tiempos.

Estamos ante un texto valiente, que se lanza a hablarles de la muerte a los niños con el mismo espíritu que Martí lo hiciera en su publicación en La Edad de Oro, editada en la ciudad estadounidense de Nueva York en 1889. ¿No era esta una publicación para niñas y niños? Recordemos que en la obra de Martí el tema de la muerte era recurrente, tanto en su poesía como en artículos periodísticos y discursos. El quid está en cómo contarles a los infantes una historia en la que brote la alegría en la sucesión de las escenas, con amplitud poética y elegancia, no hablar de la muerte simplemente por hablar. Con razón dice el escritor checo Rainer Maria Rilke que «una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad».

Nadie se atrevería a poner en dudas la legitimidad y transgresión temporal de estos inspiradores versos martianos que a la vez nacen del apremiante poema de la poetisa norteamericana, como tampoco la intuición que hizo a María Laura volver sobre la triste historia y entremezclar su alma creadora con la de aquellos dos genios que en su momento sintieron, pese a «los tiempos febriles y mercantiles», la necesidad de decir algo a la sociedad y a sus contemporáneos, e inmortalizarlos.

Aprovecho para aplaudir la cuidadosa edición y la corrección de Yanira Marimón y Néster Núñez, respectivamente; el excelente diseño de Johann E. Trujillo, así como las hermosísimas ilustraciones de Vicente Enríquez Landín. El teatro de títeres en Cuba vive un momento en el que está siendo asediado constantemente por la imprudencia, la irreverencia y la falta de información. Fábulas y montajes burdos, de estructuras y pautas interpretativas demasiado elementales que se auxilian en recursos inútiles como el choteo, jergas obscenas, situaciones y canciones lujuriosas donde predomina el reguetón. Con eso piensan que son simpáticos, o que ya la obra es actual, verosímil. Pero resultan, como diría un amigo muy querido y un gran maestro, con aires «ochenteros o noventeros». Se le está faltando a la legitimidad de este arte milenario que es el títere.

Los dos príncipes puede ser de todo menos una historia amable, es directa y toca temas de manera transversal como el amor —en su estado más pleno y desprejuiciado—, la amistad, el éxodo o el inexplicable dolor que experimentan tanto el Rey y la Reina en palacio, como el Pastor y la Pastora en el bosque, por la pérdida de sus respectivos hijos: quienes han sufrido un escabroso final: la muerte.

La trama aquí aspira a cambiar la mentalidad del infante de nuestro tiempo, trastocar sus sentidos, asimismo ilustrarlo desde la belleza de los títeres, los elementos escenográficos, las atmósferas y la poesía que emerge de estos versos del alma: mas no adularlo. De manera que María Laura Germán se sumerge en una profunda investigación, y eleva esta historia a un argumento teatral consistente para ser representado en el prodigioso retablo de Teatro de Las Estaciones. Esto es lo que, a mi modo de apreciar, es extraordinariamente transgresor, verosímil, actual.

En fin, que el propósito de estas impresiones es proporcionarle, querido lector, una lectura pertinente de Los dos príncipes, y también conocer a una dramaturga intelectualmente honesta e inconsecuente con la desidia padecida por muchos de sus contemporáneos.

Quede entonces a su consideración esta historia de dos príncipes que, sin importar su casta, poseen carácter y ambición suficientes para salir de las sombras en busca de una luz que les haga soñar.

Foto: Portada del libro.

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