El regreso lírico de la viuda a escenarios holguineros

Por Erian Peña Pupo

El Teatro Lírico Rodrigo Prats de Holguín volvió a llevar a escena La viuda alegre, famosa opereta de tres actos, con música del compositor austrohúngaro Franz Lehár y libreto a partir del original en alemán de Victor Léon y Leo Stein. Durante dos fines de semanas, viernes incluidos, se presentan en el Complejo Cultural Teatro Eddy Suñol como parte de las actividades por el 58 aniversario de esta importante compañía escénica.

Llevarla a escena es portar una tradición consabida, que hace rememorar las actuaciones de Raúl Camayd como en Conde Danilo, o de Náyade Proenza y María Luisa Clark como la viuda Ana de Glavary, pero es revivir y hasta insuflarle cierta contemporaneidad a una obra que se caracteriza por una trama disparatada, divertida, basada en enredos y peripecias, y por momentos insulsa, como cualquier telenovela de turno: una joven viuda, Ana de Glavary, ha heredado varios millones, pero de casarse con un parisino su fortuna abandonará Pontenegro, creando la ruina nacional, por lo que, alentados por el barón Mirko Zeta, embajador de ese ficticio país en París, varios pontenegrinos la seducen. Pero ella le interesa una antigua pasión, el conde Danilo Danilovitsch, quien jura demostrar que no se casará con ella solo por su fortuna, sino por amor.

Frívola, puede ser. Cargada de inverosimilitud, también. De por sí la opereta es un género musical animado y peculiar, caracterizado por contar con una trama inverosímil y disparatada, a partir de diálogos hablados y canciones entre las que se intercalan historias, y bailes como la zarzuela o el cancán (como sucede en la propia La viuda alegre). Se desarrolló en París primero y en Viena, Austria, después, a lo largo del siglo XIX. La viuda alegre, estrenada en 1905, no deja de poseer estas características del género.

La puesta holguinera, con dirección general de María Dolores Rodríguez y artística de Abel Carballosa, respetó la obra original, su concepción escénica, en buena medida la trama que desarrolla, la propia hilaridad que la peculiariza, aunque matizando varios parlamentos. Más allá de revisitar el género, lo homenajeó, tratando de cuidar los detalles. ¿Cómo hacer que una obra como La viuda alegre, creada para el gusto y la diversión del público vienés de 1905, pueda interesar a los espectadores contemporáneos en Cuba? En ello interviene –más allá de La viuda como obra de arte, como opereta clásica llevada a escena y grabada muchísimas veces en varias partes del mundo– la dirección artística, la puesta en escena, la espectacularidad que de por sí porta la obra, lo atractivo que llega a ser el desenvolvimiento dramático, la calidad de las actuaciones… No es una típica zarzuela, una gran ópera, sino un divertimento operístico, con una historia que, en su esencia, puede ser bien contemporánea, cotidiana, pero que, no por eso, deja de ser frívola, superficial, palaciega, casi vodevilesca.

El “Rodrigo Prats” se ha caracterizado por las excelentes voces de sus intérpretes, los más jóvenes salidos de las aulas de la Filial de Canto en la Universidad de las Artes en Holguín. Esta puesta –en la noche en que la vi, y siempre mis consideraciones serán sobre ella– tuvo en el escenario a intérpretes jóvenes junto a voces consagradas de la compañía. El desenvolvimiento escénico, actoral, viene a ser una de las limitantes, en buena medida, del teatro lírico cubano. Es un tema que han subrayado reconocidos críticos en varias ocasiones. No es solo cantar bien, de por sí todo un mérito, sino saberlo conjugar con la actuación y en ocasiones, como sucede aquí, hasta con el baile. Los intérpretes de La viuda alegre lo hicieron lo mejor posible. Combinaron la actuaciones –algunos, claro está, mejor que otros– con el dominio de sus voces. A veces mejor, otras con falta de expresividad, matices, fuerza, aunque a esta puesta le faltó la “pasión” –palabra abstracta, digamos, difícil de definir– de cuando la vi en el estreno. Esta pasión, que pensándolo bien no es otra cosa que creerse, que vivir la interpretación, que insuflarle vida creíble, no artificial, a los personajes, se extrañó en la misma: entre Ana de Glavary y el barón Mirko Zeta debe existir, palparse, un ardor contenido, fruto de un romance truncado, sensualidad, anhelos, deseos furtivos, coartados por la sociedad; las bailarinas del Maxim´s desbordan gracia, erotismo, deseos… (Pero, como hemos visto, dentro del género, todo o casi todo es también posible).

Si algo pudiéramos recomendarles en esta parte a La viuda alegre holguinera, es, sobre todo, cuidar algunos detalles relacionados con la actuación, con el dominio escénico tan necesario en sus intérpretes; incluso varias interpretaciones pudieran mejorar, matizarse, cuidar detalles vocales, para el bien de una obra que requiere de pleno dominio y versatilidad sobre el escenario, a la par del desparpajo, la futilidad, de una historia, que corre el riesgo, con sus enrevesados vericuetos, de aburrir un poco. Y aburrir –lo sabemos muy bien– es todo lo contrario que se ha propuesto el Lírico de Holguín, por eso la dirección artística de Abel Carballosa y la dirección coreográfica de Alejandro Millán han insistido tanto en el dinamismo y la contemporaneidad de la puesta.

Por otra parte, el “empaque” es visualmente atractivo, sugerente, uno de los grandes logros de la puesta, remitiéndonos al París de plena belle époque. Alejandro de la Torre realizó el diseño de vestuario y escenografía cuidando los más pequeños detalles de manera casi artesanal. Cada traje, especialmente los de la viuda, fueron trabajados velando las telas y la pedrería, los cambios de las modas de la época… La embajada de Pontenegro en París, y la mansión de la viuda, con su jardín cómplice de infidelidades y rejuegos, adquieren una verosimilitud –dentro del género, claro– que el público agradece.

Es necesario subrayar también el trabajo coreográfico de Millán al frente del ballet del Lírico, la dirección coral de Damaris Hernández –vemos incluso al coro incorporarse a las coreografías–, y la dirección musical de Oreste Saavedra (en esta puesta extrañamos la Orquesta de Cámara de Holguín junto a invitados, en vivo desde el foso).

La viuda alegre, del Teatro Lírico Rodrigo Prats de Holguín, es una pieza ambiciosa y necesaria por más de una cuestión: rescata una obra antológica no solo del mundo de las operetas, sino del repertorio de una compañía que celebra, precisamente con esta puesta, el 58 aniversario de su fundación. Porque la devuelve para un público que añora los años de esplendor del Lírico y que vio esta puesta, pero también para los espectadores jóvenes, ávidos no solo de teatro lírico, sino de teatro en sentido general. Porque pone sobre el escenario a consagrados y noveles, incluso estudiantes, para el bien de una obra que busca ser contemporánea, pero sin dejar de tributar al clásico; por el cuidado detalle en el diseño de vestuario y la escenografía, cuestión que, a priori, el público se lleva en la retina. Porque La viuda alegre, incluso con los detalles o sugerencias que cualquiera puede indicarles –pues si hay una cosa que el público holguinero cree saber es de teatro lírico–, es un camino, un punto de crecimiento esperado ansiosamente, una necesidad para la vida cultural de esta ciudad. En resumen: una obra que, por esperada, por darlo el Lírico de Holguín todo en ella, se manosea, se comenta de boca en boca, se piensa, y, sin lugar a dudas, también se agradece.

Fotos Carlos Parra

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