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¡Qué Cosa! Un San Isidro Sin Yarini

Todos los fines de semana de mayo, la sala Hubert de Blanck mantuvo en cartelera La pasión según San Isidro, pieza de Julio Cid con dirección de María Elena Soteras.
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Reaplicar el bufo o el llamado teatro vernáculo con la misma construcción simbólica que tuvo originariamente no crea cohesión con los contextos de nuestra cotidianidad

                                                                O inventamos o erramos.

Simón Rodríguez

Por Roberto Pérez León

Todos los fines de semana de mayo, la sala Hubert de Blanck mantuvo en cartelera La pasión según San Isidro, pieza de Julio Cid con dirección de María Elena Soteras.

Se ha dicho que es una comedia e incluso se le ha adjetivado como comedia bufa, pero a mí me parce que no es del todo comedia y mucho menos bufa; podría ser una suerte de revista compuesta de viñetas donde se canta y se baila, con varios monólogos que quieren enterarnos de la vida del barrio habanero de San Isidro, de las andanzas del chulo  Yarini en aquellos tiempos; toda la representación trata de quedar hilvanada a través de la trinidad cómica por antonomasia: el gallego, el negrito y la mulata que forman parte de nuestro teatro, pero ojo, no son nuestro teatro.

Y digo esto porque sospecho que en la puesta hay una especie de añoranza por la pérdida de estos personajes y sus salsas; me parece lógico que ya no estén como lo estuvieron en el pasado; son pasado, si no queremos que sean historia muerta no hay que revivirlos tratando de que sean como fueron; si anhelamos negritos, mulatas y gallegos no pueden ser ahora como fueron aquellos, hagamos otros personajes –como se esfuerza, a veces infructuosamente, el movimiento del humor actual; lo cierto es que los eficacias del ayer no son las del hoy, ya es otra la realidad y la sensibilidad nacional.

Al inicio del espectáculo dice el negrito que lo que el público va a ver es un homenaje a Berta Martínez. ¡Bravo! Me parece muy justo que se haya hecho mención a la gran directora y actriz que en ese mismo escenario hizo que el teatro nuestro, por la realización y encuentro de originales iniciativas poéticas, tuviera un calibre distinguido en el contexto de las artes escénicas hispanoamericano.

La verdad es que La pasión según San Isidro le debe muchísimo a Berta Martínez, sobre todo porque ella, en un ejercicio de plena libertad creadora y de absoluta invención teatral, montó en los noventa Las Leandras y La verbena de la paloma, alió lo más elaborado desde el punto de vista artístico con lo más popular y esa supuesta elementalidad que algunos creen que se manifiesta en ello.

Lo que hizo Bertha Martínez aún no ha podido ser superado entre nosotros, está entre las cosas más maravillosas que haya visto, justamente en la sala Hubert de Blanck: el llamado género chico español ajiacado con el bufo y lo sainetístico, el choteo, la burla, la broma en la cazuela de la cotidianeidad nacional.

La pasión según San Isidro pretende legitimar una práctica escénica, pero sin actualizarla, sin que se convierta en recreación del presente, sin función para el presente, a no ser que se crea que soltar algún que otro chiste y caer en la choteadera sobre la cotidianidad es suficiente para la legitimización de lo tradicional; la distracción dramatúrgica que padece no permite producir significado y por ello la puesta se queda en una presentación naturalista de la tradición que retoza, sin orgánica ludicidad, con lo retrospectivo y referencial.

Los muchos monólogos de la puesta, a manera estrategias performativas, son irregulares y hasta heteróclitos, resultan cismáticos como recursos dramáticos. Y es que dramatúrgicamente no veo debidamente elaborada la relación entre el presente y la presentación anecdótica de un pasado sin interpretación; la “tradicionalización” de la mulata, el gallego y el negrito como guías del pretendido paseo por el tan visitado, revisitado, andado barrio de San Isidro resulta poco articuladora para la calidad del argumento o la fábula o el cuento que nos quieren hacer.

La mulata, el gallego y el negrito no conforman una sintaxis pragmática en sus apariciones para cambiar la dirección del suceso escénico, no logran imprimir la dinámica adecuada en el paso de una situación a otra.

La pasión según san Isidro cuenta con un texto lingüístico que no extrae significado del pasado, no conduce a la producción de sentido en tanto significación y dirección; es un texto que no establece una acción dramática central; las mismas alusiones a un  Yarine fantasma, endeblemente hecho anécdota, no hacen de La pasión según San Isidro ni siquiera una narración, más allá de que no hay un modelo actancial que en su dialéctica relacione los distintos personajes de la obra cuyo sujeto y objeto debería ser Yarini, y es que los actantes no evolucionan, no existe un universo dramático establecido.

Los personajes son la tropilla de los tipos que en su momento signaron el barrio de San Isidro o el de Pajaritos o cualquier otro barrio de prostitución: la Francesa, la Mexicana, Elena, El Mariquita, la Espantalavirgen, El Chulo, Anita la huerfanita.

Como hay doble elenco y en la función a la que fui no se dio los nombres de los actores y las actrices tengo que decir que me tocó ver un Chulo muy simple, una Mexicana que logró coger las riendas, una Anita la huerfanita lacrimosa en exceso, un Mariquita sin llegar a la mariquería sustancial actoralmente, en cuanto al negrito, la mulata y el gallego no tuvieron otras propuestas actorales que las que ya sabemos y están establecidas desde el inicio de los remotos tiempos teatrales.

Ahora bien, aunque estamos ante un texto lingüístico pobre, la puesta en escena, con algunos momentos divertidos y un ritmo aceptable, llega a darle a la representación cierto brillo, resulta un espectáculo organizado con pericia, donde los exteriores al propio texto resultan atractivos gracias al trabajo de conducción de María Elena Soteras.

Pero no son de destacar la escenografía ni la iluminación ni la banda sonora que resulta la esperada; con esos componentes performativos y el performance de actores y figurantes no se realiza una práctica significante sobresaliente, sino más bien pobre al caer en más de lo mismo de hace tanto tiempo.

En la puesta en escena sospecho una nostalgia al regodearse en un pasado que no llega al presente como catalizador; se lastra la frescura inmanente que debería ostentar un espectáculo como La pasión según San Isidro al presentarse laminada por los ingredientes de algo que fue elocuente, pero que no llega a hacer historia ni ser historia, no ve lo que fue desde lo que somos no solo en el orden de las artes escénicas tampoco en el socio cultural.

Creo que fue Jorge Luis Borges quien dijo algo como que el pasado lo conocemos pero no lo podemos cambiar, que el futuro no lo conocemos pero sí lo podemos cambiar, entonces, digo yo, que ahí entra a funcionar el presente, pero si el presente lo vemos con nostalgia del pasado, el futuro arribará mareado.

Reaplicar el bufo o el llamado teatro vernáculo con la misma construcción simbólica que tuvo originariamente no crea cohesión con los contextos de la cotidianidad nuestra.

La pasión según San Isidro quiere evocar un teatro que tuvo su apogeo pero que ya no es que podría “teatrarnos” hoy.

No olvidemos a Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar en su lúcida advertencia: o inventamos o erramos; en el teatro, como en todo acto de fundación perenne, puede ser una consigna eso que el sabio convirtió en una exhortación para la América toda.

Foto de portada tomada de http://www.canalcaribe.icrt.cu