Ohad Naharin y el método Gaga. Un coreógrafo excepcional (II)

Por Roberto Medina

El método Gaga creado por el coreógrafo israelí Ohad Naharin es el desafío a aprender a escuchar nuestro cuerpo a nivel sensorial, en sus necesidades de moverse con soltura dentro de su entorno inmediato, sintiendo el roce o cercanía de los cuerpos humanos y objetos, y de las condiciones ambientales en su derredor. A permanecer consciente de un modo terrenal de su estar-ahí y ahora. De actuar como un organismo biológico y social, sintiéndose un ser natural, menos socializado, menos condicionado, formado y deformado por lo social.

Gaga explora el movimiento a través de técnicas de improvisación, centradas principalmente en el desbloqueo del cuerpo. Es la técnica que usan los bailarines de la compañía Batsheva Dance Company de Israel, dirigida por Naharin desde 1990. Es la forma de adquirir conocimiento sobre su propio cuerpo e ir más allá de sus límites y hábitos adquiridos. Trata de la eficacia del movimiento, de la forma personal de hacerlo eficiente. No anula las formas de los movimientos conscientes sino aprovecha su conexión con los movimientos aflorados de manera inconsciente. En esa articulación basa el éxito de las expresiones corporales de sus bailarines. No considera antitéticas ambas procedencias. Las aprovecha igualmente en función expresiva.

Este método constituye un acercamiento a una filosofía sustentada en el principio de una vida más natural, despojada de los artificios demasiado frecuentes con la cual es llenada a diario. Una filosofía práctica, movida por el objetivo centrado en energizar el cuerpo y el espíritu, sin demasiado misticismo, arraigada en lo terreno. No es un refugio. Es un método práctico que parece tener filiaciones con los propósitos de métodos espirituales de las religiones orientales, si bien está despojado de aspiraciones religiosas. Se mueve en crear ejercitaciones de la mente y el cuerpo que lo acerque a estados menos artificiosos que los que habitualmente conduce lo social en el día a día.

Se trata de una técnica corporal para aprender a estar más cerca de sí mismo. Esa sería la mejor definición de los objetivos de su método, según yo alcanzo a vislumbrarlo. Por eso exhorta a sus bailarines a acercarse al disfrute de la vida en sus expresiones aparentemente más elementales y vitales, como comer y realizar el sexo con plenitud. Es decir, la liberación expansiva de sus energías personales y sentir satisfacción en hacerlo. Abandonar las falsedades en sus ejecuciones. Ser más natural en sus comportamientos. Es ahí donde cree encontrarse la fuente del placer y el acercamiento a una armonía estrechamente conectada de lo espiritual y lo corporal.

Por tal razón, cree muy necesario dedicar esfuerzo a la remodelación individual de la voluntad, preferentemente comenzar en el niño desde una edad pequeña, siguiendo una ejercitación social en grupo para ir formando hábitos de desmontaje, en pro de ir desincrustando los hábitos corporales adquiridos de forma temprana en la vida social. Es su manera de aproximarlo a las necesidades internas de sus cuerpos, de acercar con eso los cuerpos a las demandas de sus almas.

La noción de tabula rasa se hunde paradigmáticamente en el trasfondo de los fundamentos generales de su método danzario, pues hace referencia a la tesis epistemológica de que cada individuo nace con la mente «vacía», con solo cualidades innatas, las cuales progresivamente quedarán a un nivel profundo, silenciadas por los conocimientos y habilidades adquiridos por las personas, a través de sus experiencias y percepciones sensoriales en el transcurso del aprendizaje cotidiano. A lo largo de su existencia, estos se irán adosando e integrando en una amalgama de disposiciones normativas desde las cuales la persona juzga el mundo circundante y le hace actuar de una manera estereotipada en sus movimientos corporales y en su comportamiento sicológico y emocional, sin darle mucho margen de libertad personal, por llegar a creer equivocadamente que son naturales y propias de su diario vivir.

A ese estado de cosas aceptada, él se opone con su método en una práctica no solitaria pues se realiza en presencia de los demás para irse desencadenando a la vista de todos. Es en lo social donde se dará el progresivo acto de liberación. Quedando después como sensación y experiencia, no solo a nivel intelectivo sino psicosomático, en la memoria del cuerpo físico y mental de los practicantes.

Trata de limpiar del comportamiento corporal de sus bailarines esos modos socializados sustentados en estereotipos, aprendidos en el transcurso de sus vidas. Para llevarlos a sentir respuestas más genuinas de sus cuerpos, partiendo de sus íntimas necesidades personales, más acordes a sus instintos y deseos naturales, una vez se hayan entrenado sus bailarines en ese proceder.

Considera que la sociedad frena y compulsa a las personas, obligándolas a comportarse y aceptar un conjunto de valores supra ordenadores muy exigentes que no les dan oportunidad de ser lo que realmente desearían. Es en cierto modo una condena a la cual todos están condicionados a seguir y no pueden salirse de esa situación. Salvo con una gran voluntad y su denodado esfuerzo personal para que intenten liberarse de esas sujeciones. Por eso y para no perderse en ese camino, sustenta la necesidad de hacer esas ejercitaciones de manera grupal bajo la orientación y supervisión de un guía.

Parte de considerar que al limpiarse paulatinamente de los hábitos de conductas corporales convencionales, adquiridos a lo largo de los años, estarán más preparados los bailarines a comportarse con una soltura que se evidenciará en el modo liberado de los movimientos de su cuerpo, pasando de inhibidos a una libertad de acciones, con gestos amplios y seguros. El cuerpo ha de responder primero con tensión y duda, luego con holgura al rescate de esos instintos primordiales que en su memoria profunda de especie aún conserva.

Implica esa limpieza acercarse a un estado muy inicial de la niñez temprana en los movimientos corporales, cuando aún no se han moldeado y fijado los comportamientos humanos en modos, hábitos y costumbres, de una forma sistematizada por las vías educativas o mimetizados de una manera espontánea, igualmente por el aprendizaje en sociedad.

Gaga es una técnica que la ha conformado en un método, centrada en el desbloqueo del cuerpo que suelta corporalmente a sus bailarines a moverse con un control y eficiencia que parte de ellos mismos, de sus respuestas corporales. Y desde ellos construye Naharin la respuesta coreográfica.

No se trata de hacer mimetizar a los bailarines, modos determinados de actuar, de expresarse. Se trata de desarticular los hábitos a los cuales ha estado sujeto el cuerpo, las emociones y la voluntad de estos sujetos en el transcurso de sus vidas. Estas ideas suyas no se circunscriben al bailarín, pues se extienden y propagan a todo aquel que sienta el deseo de liberarse de las ataduras que han hecho de sus comportamientos habituales un repetir mimético de comportamientos socializados, enrarecidos y alienadores de su ser individual.

Como método creativo, en lugar de copiar una coreografía o de imitar un movimiento, los alumnos en su compañía interpretan la información que se les da y la exploran con acuciosidad según ellos crean. Porque la elaboración depende mucho de sus habilidades personales y de la entrega sincera en su empeño por avanzar y profundizar. Desde las cuales reconstruyen sus propias experiencias, porque lo más importante es mejorar la flexibilidad, la conciencia de sí mismo y el placer de realizar los movimientos.

A su juicio, sus bailarines son muy diferentes entre ellos, pero tienen en común la pasión en su entrega diaria a la ejercitación técnica y mental, dedicada a la exploración de sus propias habilidades físicas, y a desarrollar el poder de su imaginación, componentes básicos para él. Les entrena para saber escuchar su cuerpo, y en cada gesto por pequeño que sea a desafiar los modelos a que los conducen los movimientos habituales. También a relacionarse con el peso de la fuerza de gravedad sobre sus cuerpos, por eso, muchas de sus ejecuciones son a nivel del suelo, buscando sensaciones duras, percibidas a nivel del contacto de la piel con su entorno físico inmediato, para facilitar conectarse con ese lado instintivo natural diríase que animal que permanece adormecido, sacándolo de lo escondido detrás de los hábitos socializados.

Busca ante todo ir a las fuentes mismas de los movimientos en sus modos y fines, desprendidos lo más posible de esos hábitos conformados. En abandonar las experiencias socializadas previamente porque le atribuye propiedades contaminantes. Dejar a cada uno sentir el fluir de sus propias energías, cercanas a la condición natural de sus capacidades, de sus fuerzas y empujes motivacionales. En una conducta gestual, deseosa de recuperar un lenguaje corporal natural más primigenio, y por eso para él más auténtico.

Naharin ha sido muy resistente a mostrar públicamente la preparatoria de sus ensayos artísticos fuera de sus adeptos y participantes en su escuela de danza. No revela las particularidades. Solo muestra los resultados danzarios con los bailarines profesionales de su compañía o por extensión, en lo que toca a sus seguidores espontáneos de diversas edades, atraídos por la inyección de energías que reciben al incorporarse a seguir la experiencia personal de su método creativo.

Su método se propone facilitar nuevas sensaciones corporales, aun en la situación de aquellos que se han acercado a experimentar grupalmente de sus experiencias, sin buscar en el baile otra cosa que la desestructuración de los convencionalismos sujetadores de las emociones, del sentimiento y la personalidad individual.

Su obra pedagógica responde al encuentro de una sanación espiritual y corporal. Para eso incorpora el desmonte de los procesos anteriores asumidos por las personas, condicionados por los modos de vivir en la sociedad. Al resquebrajar esos condicionamientos preliminares fijados en el cuerpo y la mente de quienes se incorporan a ejercitarse en su método de actuación corporal, se abren a la posibilidad de estimular cadenas de impulsos motrices en la esfera física, emocional y volitiva de esas personas, profesionales del baile o no.

Es un acto de liberación en el afán de acercar a quienes las practican a las fuerzas esenciales que permanecen dormidas en las personas, acalladas por el ejercicio de poder inscritos en sus cuerpos individuales por la acción del cuerpo social.

De escrutar reflexivamente a nivel de la sensibilidad corporal las fuerzas desencadenantes de lo propio. Acercarse al interior personal, como se siente al experimentar la liberación. No porque esta se alcance de una vez y de forma definitiva. Es un proceso de desintoxicación. No necesariamente progresivo en tanto no se despliega en un avance sistemático en el tiempo. Es un asumirse de una vez, y desde ese momento desplegarse en una disposición con menos inhibiciones y ataduras a lo cercenador de lo social. Es más allá de una práctica danzaria una forma de autosanación, en la medida en que al desplegar la conciencia de la responsabilidad personal, rompe las ataduras a que ha estado atado antes el comportamiento. No pretende por tanto intelectualizar la práctica. La sanación grupal será beneficiada socialmente cuando sea practicado el método por más personas. Pero no es una panacea educadora de la sociedad la propuesta por Naharin. Se limita a ser pragmática en su alcance pedagógico en aquellos que se involucran y ponen el mayor esfuerzo por lograr la necesaria liberación sanadora. Para él es muy importante la responsabilidad con que se asuma.

Nunca se alcanza de manera definitiva la liberación de los agentes acondicionadores de lo social. No es posible hacerlo, para él no es alcanzable, pero sí lo es el despojarse de las sujeciones inhibitorias, al alcanzar en el cuerpo y la mente de los ejecutantes los beneficios estimulantes de esta práctica danzaria. Práctica efectuada por los bailarines profesionales y los estudiantes en la escuela Batsheva de un modo hasta cierto punto consciente, sin por ello implicar fuertemente un acercamiento racional. Es ante todo un método desencadenador de lo instintivo, de lo natural conservado en el reservorio del cuerpo individual, más cercano a las necesidades de expresión de lo personal.

El camino de la libertad propuesto por Naharin no pasa estrictamente por la razón. Su vehículo es sutil. Es el hallazgo personal en un proceso de auto-indagación, auxiliado por el maestro-coreógrafo o por un profesional auxiliar con dominio del método, en el propósito de ir a despojarse del recubrimiento de las convenciones sujetadoras.  Se trata de estar más cerca de nosotros mismos. De no ser no tan contaminados por los modos condicionados de la sociedad que nos alejan de quienes somos en realidad. Se da hasta en algo tan básico como establecer su práctica con un vestuario cómodo, holgado, adoptado por él para ejercitarse, bailarines o personas comunes interesadas en esta forma de sanación.

Todo en pro de una libertad de movimientos. De soltar el cuerpo a sus posibilidades articulatorias. Esa ropa holgada entraña simbólicamente despojarse de las ropas convencionales, de la moda, es decir de las convenciones estereotipadas de lo social. Con eso comienzan de entrada a desempolvarse, a despojarse de esos envoltorios que la sociedad hace asumir de un modo compulsivo. Atributos identificatorios generales que las culturas promueven, atando a las personas a asumir determinadas formas de comportamiento y manifestaciones ostentosas de presentación del cuerpo, en correspondencia con los valores que promueven, sustentan y proyectan, pretensiosos en la ambición de su artificio por hacerse representativos del pensar y actuar diario, relegando al modo sencillo de ser menos dependientes de lo externo.

Se trata de des-automatizar el cuerpo, de hacerlo perder esos hábitos arraigados, desinhibirlo en una forma profunda y permanente. El resultado observado de las ejercitaciones en su compañía deja ver movimientos precisos, donde las extremidades se hacen muy flexibles, y se muestran en ráfagas explosivas de una gran vitalidad, liberadas de contenciones. Lleva con frecuencia a escena, situaciones enunciadoras de contrastes de violencia y delicadeza, de ternura y agresividad. Matices polares enfrentados con intensidad, no tanto de manera física como a través de la insinuación gestual. Eso le da un sello a las obras de este coreógrafo, al combinar explosividad física en contraste con la calma que repercute en un gran impacto en el público.

Naharin se ha percatado en su vida personal de los beneficios obtenidos en la ejercitación corporal de su método. Sostiene que la libertad es alcanzable de un modo más primario sin la intervención del intelecto, de lecturas sistematizadas, esotéricas o no, pues cree interviene más la acción práctica, al actuar a niveles más elementales donde no media la reflexión, salvo de un modo muy distante. Mucho menos el razonar profundo.

La liberación buscada está aguardando casi a flor de piel por estar en la naturaleza de lo esencial humano. Una vez puestos en práctica los ejercicios con un esfuerzo persistente, se despliegan con soltura los mecanismos desencadenadores, cuyos resultados no se harán esperar demasiado.  Poco a poco irán manifestándose con efectividad. Sin alardes ni espectacularidades porque operan a niveles sutiles. Será necesario deshabituar el cuerpo y los procesos sicológicos conformados socialmente antes de comenzar a experimentar los beneficios de esta práctica danzaria.

A la persona practicante de este método, especialmente el bailarín que se acerca al desbordamiento de los límites autoimpuestos por la presión de los mecanismos sociales, se le facilita sobrepasar las esquematizaciones modeladoras de lo individual. Por supuesto que su alcance exige sacrificio, entrega, dedicación y una gran voluntad. Es necesaria la consagración, dedicada al camino de autoformación gradual en los procesos de desinhibición.

Llamo la atención al respecto que en el pensamiento artístico y ético de Naharin, ocupa un lugar central la responsabilidad personal en cada acto de la vida, especialmente cuando detrás de ciertas actitudes se esconden faltas de diverso orden que afectan al prójimo. Es decir, los modos que la sociedad imprime en el ser de las personas no es solo una responsabilidad de lo social.  Participan de manera importante y hasta decisiva, las decisiones humanas individuales de cada cual. Por tanto, es tarea de las personas seguir el camino del error al que los puede conducir la sociedad, y pueden penar por eso, o bien dar un giro a sus vidas y emprender el de la superación en una autoexigencia que requiere de un gran sacrificio y de entereza en la voluntad personal.

Los resultados del movimiento danzario que promueve no se distraen en la forma inusitada de su aspecto visual. Su efecto no se da necesariamente en imágenes danzario-corporales deslumbrantes, aunque lo ha hecho. Puede ser parco al respecto. No es el alarde en pericia técnica ni imaginativa lo que prioriza. En esa búsqueda lo que importa es el alcance de sensaciones recónditas, bien sinceras de los intérpretes. Ese es el camino propiciado por el método de Naharin. Ese es un sello suyo. Un objetivo meta a tener en cuenta al enfrentarse a alguna de sus coreografías. No por eso alejadas de una gran imaginación y fuerza expresiva. Todo lo contrario. Convoca al público a entregarse visual y emocionalmente. A hacerse participe, a comprometerse con sus obras. A ver en ellas por debajo de la superficie. A sentir la fuerza de lo profundo y de sus repercusiones culturales y existenciales.

Foto tomada de la página GagaLab

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