Maneras de usar el corazón por fuera

Por Roger Fariñas Montano

La primera vez que escuché hablar de Maneras de usar el corazón por fuera, un texto dramático de Yerandy Fleites, fue en una comida cubana en casa de Lázaro Montoro, en el barrio de Embajadores, ubicado en el distrito Centro de Madrid. Durante la sobremesa, el director teatral Alberto Sarraín, nos «servía» una serie de argumentos por los que esta obra, inspirada en El Chino de Carlos Felipe, mereció el Premio de Dramaturgia Virgilio Piñera 2018, del cual este había formado parte del jurado.

Un tiempo después llega a mis manos la obra, publicada bajo el sello de Ediciones Alarcos, y con la primicia de haber sido dirigida en Cuba por el propio Sarraín. No es casual que en el exergo del libro podamos leer un mensaje que Lázaro Montoro, el anfitrión de aquella comida en el país ibérico, le enviara a Sarraín, donde afirma:

Se trataba del proyecto Diez días que estremecieron al mundo, que tú conoces bien… En aquellas maravillosas noches en que se sospechaba de orgías con jovencitos y marihuana a pulso, y sobre las cuales informaba puntualmente Luis Brunet a Raquel Revuelta, me tocó estudiar la erotizante y casi pornográfica Constitución a la crítica de la Economía política del pervertido Carlos Marx. La frase en cuestión (“La búsqueda de la verdad, es la verdad desplegada en sí misma”), corresponde a ese libro […] Para Marx no hay verdad absoluta que conduzca al hombre a su realización plena como pensaba Hegel, en tanto no encuentre su realización como ser social… y esa búsqueda infinita la sentí en Maneras…[1]

Lo cierto, es que la lectura de Maneras de usar el corazón por fuera se me antojó con apetito y frescura, ávido por saber cuáles son los móviles que llevaron a Fleites a desandar aquella Habana picaresca y alegórica de una de las piezas teatrales menos exploradas —que no menos importantes— de uno de los más grandes dramaturgos cubanos del siglo xx. Para ello debía comprender las claves esenciales de esta dramaturgia sostenida por el texto y la palabra significantes, algo que luego fui intuyendo y fue revelándome la lectura desde un entendimiento del lenguaje, pasando con destreza del más realista al más experimental. Asimismo, se me antojó vislumbrar ciertas estrategias del autor para crear realidades y situaciones teatralmente potentes, resultantes de una sólida estructura dramática.

Yerandy Fleites ha creado un relato liberador en lo estético y desgarrador en su esencia, que reevalúa aquel mito del autor de Santa Camila de la Habana Vieja, incluso expía en él y lo transgrede, proponiendo una visión renovada, redentora de un crimen del pasado que quedó ¿impune? con el propósito de zanjarlo en el presente. Sitúa la acción en el núcleo de un grupo de teatro que ensaya El Chino, como una manera «creativa» para (re)construir en escena el enigma de la muerte del Violinista, un niño que pierde el juicio por amor aquella noche nefasta en la «clásica» posada de Damas y Desamparados, al ver a su querida Palma en los brazos de José el Mejicano. La Palma que creó Fleites, valga acotarlo, no busca emigrar con su amante, tampoco es ya prostituta ni joven, pues se exilió en Miami y mucho tiempo después retornó a la Isla para producir la obra  El Chino que se ensaya en la representación, y buscar respuestas. Así es que esta tragedia vuelve a ser noticia en el siglo XXI e inquietar al lector-espectador actual.

Raúl Durán e Ysmercy Salomón en Maneras de usar el corazón por fuera. Foto: Daniel Hernández

¿Crimen pasional por una puta? ¿Suicidio? El caso se investiga aún, mientras el Violinista vuelve a ser herido de muerte con un cuchillito de mesa, sucio de tanta sangre, y pareciera que usara el corazón por fuera. Momento trágico que el autor poetiza con tanta agudeza en su discurso dramático, que llegamos a vislumbrarlo desde cierta ternura, también desde la perplejidad que un suceso como este suscita, mas no desde el horror —sin dejar de serlo.

No hay desperdicio en este texto. Cada frase, desde la más coloquial a la más culta y literaria, o bien del viaje sutil de la situación catártica a la hilarante, está minuciosamente pensada y otorga verosimilitud a la trascendencia de la acción. Asimismo, en la crudeza del lenguaje, el juego con referencias múltiples e intertextos, un exquisito tejido lingüístico, así como la manera en que están gestionadas las quince escenas— fragmentadas y casi oníricas—, y la virtud de estos personajes que se quitan las máscaras —aquellas que proyectan a la luz pública y que encubren sus oscuros deseos— para erigirse identidades: es que radica la belleza de esta obra.

¿La mayor virtud de Maneras de usar el corazón por fuera? Su convicción a la hora de sustentar una trama escrita en el siglo pasado que logra mantener ese influjo del original sin heredar tanto, paradójicamente, ni en lo estructural ni en la forma. Lo cierto es que Fleites tiene un largo y fructuoso camino recorrido en la praxis de reescribir mitos y reinterpretarlos con un agudo sentido paródico (Antígona, Jardín de héroes, Un bello sino, Ifigenia, La pasión King Lear), según las urgencias y exigencias de su tiempo, su contexto y sus preocupaciones más apremiantes.

Maneras de usar el corazón por fuera representa una gran metáfora de lo que ha sido y es Cuba, de la utopía y sus formas de política y de convivencia en sociedad, el folclore, su gente y sus contingencias existenciales. Esa es, quizás, la tesis de la obra: perpetuar con conciencia nuestro pasado para afrontar con dignidad y arrojo nuestro presente.

Con esta pieza, tengo la certeza de que Yerandy Fleites, una de las voces más sólidas de la dramaturgia cubana actual, ha logrado una creación ingeniosa y llena de sutilezas donde exponer con el corazón por fuera —para estar a tono con el título de la obra— el concepto que él tiene de la actualidad, sus enigmas, los misterios inconfesables y cuentas pendientes con el pasado.

 

[1] Yerandy Fleites: Maneras de usar el corazón por fuera, Ediciones Alarcos, 2020, p. 13.

En Portada: Cartel del estreno de la obra por la Compañía El Cuartrel.

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