Luis Carbonell: de cuando la literatura antillana sube a escena

Por Roberto Pérez León

Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende.

Manuel Torres, el fotógrafo que documentó la Granada de la primera mitad del siglo XX, y a quien Lorca consideraba “el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende. Y no hay verdad más grande. Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte.”

La obra de Luis Carbonell, que este 26 de julio estuviera cumpliendo 98 años, no se puede considerar desde el algoritmo más o menos establecido de la crítica y el análisis de las artes del espectáculo: incalculables posibilidades actorales, inclasificable gestualidad, precisión vocal, expresión corporal, estrategias enunciativas, presencia escénica, ritualidad, intercambiabilidad de personajes, etc. No. Nada de eso. Por su praxis teatral de acciones de dimensiones inhabituales a Luis Carbonell se le puede explicar desde la teoría y juego del duende de Federico García Lorca.

A Lorca acudo para tratar de entender el milagro que dentro de la cultura cubana es Luis Mariano Carbonell.
Lorca define así al duende:

[…] el duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir a un viejo maestro guitarrista: “El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies”.
Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.

Quién que sea cubano no ha oído hablar de este legendario hombre, hacedor sui géneris de la literatura latinoamericana, el que hizo de ella un instrumento fecundante, de posesión, identidad y disfrute cultural suculentamente popular. Digo literatura y no solo poesía.
La performance de Luis Carbonell es una resultante socio-cultural de gran potencialidad epistémica por la confluencia e integración de aspectos icónicos y simbólicos, volitivos y afectivos que denotan un quehacer teatral particularmente fecundo. Fecundidad que propicia el duende misterioso e inexplicable, estremecedor.

Fueron los años cuarenta el horno del éxito absoluto del “acuarelista de la poesía antillana”.
A finales de la década del cuarenta Luis Carbonell llegó al Teatro Auditorium, nuestro Amadeo Roldan ese coliseo que ojalá logren que resurja de las ruinas y vuelva a ser un espacio de relevancia en la escena nacional.

Su presentación en el Auditorium fue definitiva. Luis se refirió a ella en varias ocasiones. En aquella función en homenaje a René Cabel, el tenor de las Antillas, la voz de El reloj y Tú me acostumbraste, entre otras canciones intactas pese al tiempo, Carbonel recitó y lo vio Pepe Biondi humorista, acróbata y artista de variedades argentino quien en una conversación le declaró su admiración y le preguntó si no había actuado más en Cuba; Luis le confesó que había cierto rechazo cuando un hombre recitaba. Y entonces Biondi le sugirió, según cuenta el mismo Carbonell:

Pero usted nunca diga que recita. Y al oír eso, me preocupé y le dije: Pero si yo no recito, ¿qué es lo que hago? Y él me contestó: Mire, cuando yo lo vi, el movimiento de sus manos, sus gestos, su expresión vocal, su actuación toda, sentí la impresión de que en realidad lo que hace es dibujar, es pintar lo que dice, usted es como un pincel poético, como una acuarela.

Aquello dio pié al “logotipo hablado”:

En efecto. Cuando yo debuté verdaderamente, en enero de 1949, en el Programa Bacardí se usaba —y aún se utiliza— ponerle a los artistas una especie de slogan como “el de la voz de seda”, por ejemplo. Y en mi caso buscaron algo que me caracterizara y me preguntaron a mí, pero yo no sabía qué decir de mí mismo. Como me llamó la atención el comentario de Biondi de que yo era como un pincel poético o una acuarela expliqué que él me había dicho eso, y aquella persona enseguida expresó: “¡Ah!, entonces a ti te pega muy bien lo de El Acuarelista de la poesía negra.” Y yo le respondí: “Sería mejor decir de la poesía antillana, porque es un término mucho más abarcador” y de ahí nació esa especie de “logotipo hablado”, por cierto, primera vez que lo llamo así.

En 1949 debuta, en lo que hoy es el cine Yara que era entonces el cine-teatro Warner, con un espectáculo que dirigió el actor y productor argentino Adrián Cúneo.
Ahí en esa esquina prodigiosa e historiada sin historia oficial aun, en L y 23, Luis Carbonell obtendría su primer y rotundo éxito en Cuba, fue el inicio del posterior desarrollo de la concepción de sus puestas en escena acompañadas con instrumentos musicales, cantantes y bailarines.
Las artes escénicas cubanas tienen en la obra de este hombre momentos de un esplendor de indecidibilidad sostenida.
La intervención Ernesto Lecuona en los inicios de Carbonell fue decisiva. Además de un músico genial que ha intervenido en la concepción melódica a nivel planetario, Lecuona fue un promotor cultural, un lúcido veedor de talentos.
En diciembre de 1947 Lecuona hace que en Estados Unidos Luis diera su primer paso profesional de relevancia al ser entrevistado y actuar en un programa especial de la NBC transmitido a todo el continente americano.
También por mediación de Lecuona en marzo del 48 da un recital de Poesía afroantillana en el Carnegie Hall, escenario que aun sigue siendo una de las metas de los triunfos artísticos por lo menos en nuestro continente, allí declamó textos de Guillén, Ballagas, Tallet, Feliz B. Caignet, Lorca, entre otros.
Los cinco últimos años de la década del cuarenta consolidaron el inicio de la gesta épica que Luis Carbonell emprendería para lograr alcanzar la cima que merecen los griot, esos seres que en África son potentados de la palabra reconocidos por el pueblo como cantores historiantes.
Al respecto dice Barnet de Carbonell:

Ha heredado del griot africano y del cuentero español las savias de la oralidad y del teatro popular de ambos continentes y los ha licuado en una alquimia personal que lo convierten en el más genuino exponente de la poesía hispanoamericana de todos los tiempos.

Un griot es un ser humano especia. Desde antes de la aparición de la escritura y aun hoy, un griot es un juglar africano que canta y cuenta la historia de su pueblo, es el depositario del arte de la oratoria conjuntamente con prácticas musicales donde la palabra centra la expresión.
Carbonell el 25 de febrero de 1949 al estrenarse el programa radial “De fiesta con Bacardí” del Circuito CMQ pone de moda la llamada estampa poemática.

Y Luis define la estampa:

La estampa fueron las cosas populares, cosas en forma de sketches de la vida cotidiana. Que Caignet fue el que empezó con Cóctel del son, con Soy bongosero, con Me voy de flirt. Otros autores se incorporan a esta modalidad. Álvaro de Villa era en el momento que yo llegué a La Habana un escritor importantísimo humorístico. Me hizo la estampa que en aquel momento fue el furor, que se llama Mi Habana.

Tenemos en 1952 la magnífica veeduría estética de Alejo Carpentier, cuando lo recibe en Caracas, y advierte:

El afroamericanismo alcanza, luego de la actividad precursora de la magnífica Eusebia Cosme, el plano de vastos empeños de Luis Carbonell, el famoso recitador cubano. Y hablo de vastos empeños porque con la noble ambición de su talento, nos ofrece algo nuevo, que puede prestarse a un desarrollo de alta jerarquía.

Luis recuerda sus inicios en la radio como recitador y alude al juicio carpenteriano:

La primera vez que recité en un programa fue también una casualidad. Tuve oportunidad, ya en la emisora, de poner en práctica algo que se me había ocurrido, que luego he desarrollado mucho y que Alejo Carpentier elogió cuando me escuchó en Venezuela y predijo que aquello se prestaba a una elaboración artística importante. Pensé que no era suficiente con declamar los poemas, sino que debían ser enmarcados en un ambiente para darles más prestigio, más valor. Fue cuando se me ocurrió acompañar el poema con ritmo. En la misma emisora tenía los músicos, y un día le dije al bongosero: ‘Tócame un ritmo de son’, y empecé a explorar el modo de recitar con ritmo. Eso que hoy se llama rap ya lo había hecho yo en el año 45, o así lo dice un libro de Cristóbal Díaz Ayala cuando habla de la historia de la música cubana. Yo mismo me sorprendí cuando lo leí, porque aquello lo hice intuitivamente. También recité con acompañamiento musical. Tuve oportunidad de trabajar con el dúo de las hermanas Reyes y se me ocurrió también imbricar la música dentro del poema, no simplemente como un telón. El fondo musical no me interesa porque no tiene ningún mérito. Empecé a recitar poemas de ambiente musical en los que estaba justificada la música y por lo tanto se considera una creación dentro de la declamación.

Cuando aún no se reconocía entre nosotros el valor socio-estético de la narración oral ya Carbonell tenía trazado el camino y contaba, narraba, nos decía con la excepcionalidad de un creador literario a Chejov, a Lydia Cabrera, a Virgilio Piñera, a Aquiles Nazoa, a Feliz Pita Rodríguez, entre otros.
Paladeaba la literatura y la henchía de una nueva creación que en su caso era una teatralidad a través de signos plásticos y sonoros nunca antes empleados para entrar a la más probada prosa y ponerla a germinar en el escenario.
En enero de 1957 cuando en la Sala Hubert de Blanck, ya un espacio consolidado para el teatro contemporáneo cubano, Luis Carbonell, sin abandonar las estampas, los pregoneros textos populares, pone en escena cinco cuentos de cinco autores cubanos y representa los personajes creados por Lydia Cabrera, Félix Pita Rodríguez, Virgilio Piñera, Miguel Ángel de la Torre y Miguel de Marcos.

La puesta en escena de cada cuento contaba con una grabación musical ejecutada al piano por el mismo Carbonell. Me cuenta Eduardo Arrocha quien fue testigo del suceso escénico que a la majestad interpretativa de Luis se agregaba la escenografía de Andrés García Benítez, uno de los afamados dibujantes de las portadas de la revista Carteles, y además recuerda Arrocha que el espectáculo tuvo un diseño de luces de soberana presencia realizado por María Julia Casanova y Carlos Lafont.

Tenemos en el periódico Información el criterio de Luis Amado Blanco donde destaca que antes de Carbonell la cuentística cubana no había tenido la posibilidad de saltar la talanquera de la literatura y formar parte de un espectáculo escénico maravilloso:

Claro que para llegar a esto hay que ser un gran artista. Y si es verdad que antes, Luis Carbonell era para nosotros un afortunado cultivador de un género sin mayor importancia, hay que convenir que ahora, por la sola fuerza de su genio, ha logrado incorporar e incorporarse a un orden de máxima categoría que de seguro ha de popularizarse para bien de los autores y del prestigio de la cuentística.

Deberíamos hacer una cruzada por Luis Carbonell y poner a circular sus grabaciones para que las nuevas generaciones, además de las sonoridades callejeras de hoy, incorporen aquéllas estampas: la de Félix B. Caignet, Me voy de flirt; la de Jorge González Allué: Los quince de Florita o la Espabílate Mariana de Rafael Sanabria; Esa negra Fuló del brasileño Jorge de Lima, la del puertorriqueño Fortunato de Viscarondo esa maravilla que es Y tu abuela ¿dónde está?; El agua medicinal y En trance de Emilio Vallagas, en fin tantas y todas de lujo.

Si algún joven, obnubilado por la que considero sonsa, estupidizante y cansonamente rítmica sonoridad en boga, no sintiera “que sangre nueva corre por las venas” al oír o ver a Luis Carbonell debe preocuparse por la peligrosa reificación de su precepción ideo-estética y por su depauperada emocionalidad.

Foto de Portada tomada del Periódico Vanguardia.

 

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