LUDI TEATRO: LA ALQUIMIA DE UN ROMPECABEZAS

Sobre la importancia de un árbol genealógico en el centro del boque y del teatro. A propósito del estreno de Bosques.

Por Yamina Gibert / Fotos Buby

Sabemos que La Sangre de las Promesas es una tetralogía que comprende las obras Litoral (1999), Incendios (2003), Bosques (2006) y Cielos (2009). El cuarteto de textos que conecta los conocidos cuatro elementos naturales agua, fuego, tierra y aire, relacionados como circunstancias y ambiente de ficción con evidentes referentes reales. De este suceso de alta poesía es responsable Wajdi Mouawad, uno de los autores de culto de la contemporaneidad teatral.

Mouawad, nacido en 1968, para quien no lo conoce, es un escritor, actor y director de teatro de nacionalidad canadiense de origen libanés, radicado en Francia donde dirige Teatro de La Colline. Descendiente de familia cristiano-maronita refugiada por conflictos civiles[1], sufrió como emigrado odiseas de adaptación en Francia y en Quebec. Creció como emigrante y finalmente por el conjunto de su obra en el año 2009 obtuvo el Gran premio de Teatro de la Academia francesa.

Estos son pequeños datos de obligatoria consulta si queremos entrar en su obra, que algunos tildan de catarsis y exposición de problemas íntimos, que no parecen ser de incumbencia común. Sin embargo, no dudemos, son situaciones que a todos atañen en esta patria global.

Conocí la obra de Wajdi en el 2010, estando de visita en Canadá. Por azares de la vida tuve la suerte de asistir al estreno de Incendios, la versión cinematográfica de Denis Villeneuve que después fue nominada al “Oscar”. Un momento de conmoción que aún conservo en la memoria con total nitidez, y que me hizo acceder a la lectura de sus obras.

En Cuba, el joven director Miguel Abreu ha creado su proyecto de trabajo utilizando como plataforma de formación grupal una selección de textos de este autor. En el breve tiempo de existencia (cuatro años), Ludi Teatro ha recorrido gran parte de su camino teatral con los montajes Litoral, Incendios y finalmente Bosques. Este último, es el aporte de Ludi Teatro a la temporada teatral habanera. Muchas son las ofertas del verano capitalino de estos días, pero llama la atención la explosión de público que se genera en la Sala Teatro de 11 e I, sede de Ludi.

Lamentablemente no tuve la oportunidad de ver las dos primeras entregas escénicas del ciclo “Wajdi”. No cuento con esos puntos de referencia, y eso quizás me impida una opinión mucho más certera, pero, después de ver la reacción del público ante el montaje Bosques, me respondo: “Algo hay de trascendente en la obra de ese libanés-franco-canadiense, al parecer tan distante, pero está demasiado cerca… algo interesa y conmueve”.

Bosques: Argumento y escritura metafórica

El árbol es significante poderoso para cualquier libanés. De hecho, en la bandera del Líbano figura un gran cedro, sin embargo, los bosques de cedro del Líbano (tan citados en la Biblia y en otras obras de la literatura antigua) ya no se extienden por el país. La tala excesiva a lo largo de los siglos les redujo su presencia natural. Este árbol sagrado fue violentado, como también lo es constantemente la gran familia del medio oriente y esta es la idea que se mueve en el subtexto de la narración teatral Bosques: La necesidad perpetua del encuentro de la sagrada familia que no existe por circunstancias adversas.

La historia de Bosques se puede contar de varias maneras. Tiene una presentación extraña y discontinua, pero el argumento esencial es único y armónico: la historia de Lobo, una adolescente rebelde “que viste el negro”, y  la odisea o experiencia de viaje por la historia de su familia. Parece fácil, pero definir esa sinopsis es un problema para la construcción de esa dramaturgia espectacular.

Algunas ideas de la fábula

Aimée (Amada Lambert) está embarazada y padece de ataques epilépticos o convulsiones que la hacen delirar viviendo situaciones que no puede explicar. Su mal es incurable, muere y en su lugar vive su hija, a quien decidió salvar y llamar Lobo. Pero Lobo es alguien que está muy molesta con el mundo y con la prematura muerte de su madre. Deberá buscar el origen de la enfermedad misteriosa que le dio muerte al ser querido insustituible: un hueso de un gemelo instalado en el cerebro materno. Cumplir el encargo del perdón y el autoconocimiento familiar. Se sumará al camino otro personaje -el paleontólogo Douglas Dupontel- que busca la identidad de una mujer que fue asesinada en el campo de concentración nazi “Dachau” ,donde murieron 40 mil personas. El cráneo que porta este personaje, tal vez pudiera revelar el gran misterio que a todos convoca.

Ambos personajes para solucionar el misterio, o lo que es lo mismo, encontrar la identidad perdida, emprenden un viaje por distintas épocas y lugares en el espacio metafórico que se erige entre el presente y distintos tiempos del pasado. El laberinto los conduce al bosque Las Ardenas de Francia, donde en otros tiempos convivieron hombres y animales como familia, pero donde también hubo predominio de salvajismo y barbarie, además de soldados desertores de las guerras buscando refugio. Allí, coincidentemente, ocurrieron los cruces obligatorios de las contiendas bélicas más difíciles de Europa.

En el texto se tejen distintas tensiones. El descubrimiento avanza con el avistamiento de situaciones desagradables, enfrentamientos guerreros violentos, adulterio, incesto, vicio y asesinato. Remembranzas que reviven el pasado y dialogan con el presente. Superposiciones de temporalidades que funcionan como piezas de un rompecabezas que debemos terminar de armar en nuestras mentes. Es un texto demasiado difícil, con complejísimas líneas de acción. Hay ocho mujeres protagonistas de ocho generaciones que atraviesan  el siglo XXI, la caída del muro de Berlín en 1989, la Guerra Franco-Prusiana de 1870-1871, el Imperio austrohúngaro de 1867-1914, la Primera Guerra Mundial 19141918 y la Segunda Guerra Mundial 1939-1945.

Así, por caminos tan enrarecidos, se mueven las líneas familiares que son violentadas por estas circunstancias históricas, y de ese entrecruzamiento sale un cuento con pistas falsas que nos enrolan y nos sorprenden por el final inesperado.

La obra es una tragedia, pero la escritura que le da cuerpo es muy personal y extraña, porque difiere del orden lógico dramático al que generalmente aspiran los críticos. Aunque se inscriba en las nuevas tendencias dramatúrgicas que tratan la autoreferencialidad, el testimonio, lo documental, el trabajo con fuentes históricas y fuentes teatrales, pasa el pos-drama y visita los orígenes occidentales del teatro como clásico, pensando en la poética del teatro griego dinamitada por la postmodernidad y con una especie de nuevo surrealismo.

La investigadora argentina Estela Blarduni, como parte de un grupo de especialistas que se han ocupado del estudio pormenorizado de artistas relacionados con el tema Desarraigos, en la experiencia de escrituras teatrales y de la obra de Wajdi, ha dicho que en ella se despliegan nuevas/viejas preguntas acerca de lo estético como actos de resistencia que plantean nuevos desafíos a lectores y espectadores. Opina que en los últimos tiempos ha habido una diseminación de la deconstrucción, pero escasas reconstrucciones de nuevos modelos que esta obra logra considerablemente.

Fragmentaria, múltiple, e inacabada, donde el fragmento significa deconstrucción de lo existente, es a la vez osada reconstrucción que muestra una forma literaria bien pensada que garantiza con su manera extraña, la presencia de la realidad del autor incorporado como ficción en el texto dramático, siendo capaz de llamar la atención sobre la importancia del proceso de producción de la obra de arte, no sobre sus resultados.

Es, además, un tipo de escritura que se vincula con dramaturgos contemporáneos como Müller o Koltès, y al contexto que suele llamarse “posdramaturgia”. Pero en Mouawad, la idea de posdramaturgia adquiere pleno sentido cuando comprendemos que su apuesta estética se basa en pliegues, que producen devenires múltiples que no esperan fijar identidades, sino recrear experiencias sensibles en los espectadores. Es otro tipo de mirada y otro tipo de apuesta por repensar la relación del arte con la cultura[2].

De más está decir que el reto de Ludi Teatro, al enfrentar el montaje de un texto de tal magnitud, constituye otra vez una prueba de fuego. Miguel Abreu egresó como actor del ISA en el año 1998. Ha trabajado con grupos como La Colmena con Carlos A. Cremata, Argos Teatro con Carlos Celdrán, Teatro El Público con Carlos Díaz, Buendía con Flora Lauten… Dirigió su primer espectáculo 30 de papel, en el 2006, y en los últimos años Litoral e Incendios, de la tetralogía citada. También le han situado entre los directores noveles cuyas apuestas han tenido merecida atención. Ahora, dando por cerrado el ciclo Wajdi y culminando su Máster de Dirección de Escena, en la Universidad de las Artes, presenta como tesis esta versión de Bosques, una obra que como decimos en buen cubano es “camisa de once varas”.

El estreno de Ludi Teatro

El ritmo fragmentado y la construcción dramatúrgica original de esta obra ya dijimos que es un reto difícil, un riesgo y un peligro para cualquier director de escena, sin embargo, Miguel es capaz de hacer surgir ficción teatral desde la sencillez, la sugerencia y con un equipo mínimo de actores. Arma una historia convincente y logra construir su sentido tomando los sucesos o eventos fundamentales del original, que sujetan las vidas de ocho mujeres en los períodos históricos que marcan el devenir de la familia.

El drama escénico aprovecha la referencia epocal y conecta la autoreferencialidad del autor con las referencias personales de todos los miembros del equipo creador. Visita el laberinto histórico familiar de Bosques y sus momentos aparentemente inverosímiles, para llegar a la identidad sustituida que tensa la historia. Pero el hecho importante de contar no está en el cuento en sí mismo, si no, en lo sustancioso de lo que se cuenta, la idea de la identidad como concepto para entender el desarrollo psicológico y social de cada ser humano, su esencia cultural, su ineludible sentimiento de pertenencia a una colectividad histórica.

La puesta dice sin trabajar el realismo vano a exprofeso, dice con abstracción metafórica, con la palabra poética y el flashback histórico. Mezcla lo colectivo y lo individual, y subraya el entrecruzamiento de la trama original, que es uno de los aspectos que más ata al espectador en busca entender lo que sucede.

Para lograr la puesta, este director se apoya en un equipo juvenil y audaz, dispuesto a habitar el ámbito escénico desempeñando tareas con difíciles desdoblamientos. De cuarenta personajes del original, son interpretados dieciocho por once actores, que se entregan orgánicos a un decir complejo de habla poética logrando enlazar el verbo a la actividad física. Menciono el elenco completo porque todos son importantes. Todos tienen en sus manos el hilo conductor de la puesta, que no admite ningún descuido interpretativo.

Giselle González: Amada Lambert/Odette Keller; Grisell de las Nieves: Leoni/Sara Cohen; Claudia Alonso: Helena/Juana; Francisco López: Alberto Keller/Samuel Kohen; Rone Reinoso: Bautista/Edmundo El Jirafita; Evelio Ferrer: Aquiles/Alejandro Keller. No se desdoblan los actores Karla Menéndez, May Reguera, Aimée Despaigne y Yoelvis Lobaina porque interpretan respectivamente a Lobo, Ludivina, Luz y a Duportel; personajes cruciales de la trama que exigen otro tipo de presentación, aunque se unen al juego total del coro escénico, que también interviene y tiene su rol en diversos momentos.

Todos son actantes encargados de dar coherencia al entretejido de las épocas que hablan en presente. Por la confianza teatral, estos actores logran crecerse, pero lo hacen con un esfuerzo que es notable. En la fusión entre lo cotidiano y lo fantástico, discretos, emotivos, con los tonos necesarios, convincentes, se ocupan del desplazamiento espacial y de la escenografía dinámica, dando sentido a los elementos simbólicos.

No hay dudas, salen airosos a pesar de no conseguir por momentos el desdoblamiento que exige la pieza por su difícil condición dramatúrgica. El arma principal es la inteligencia escénica para dosificar la energía, no abandonar la encomienda, saber crear lo sutil, la sugerencia que juega con la obviedad para representar el diálogo entre vivos y muertos, entre antigüedad y modernidad. Para lograr hacer evidente el conflicto generacional entre hijos y padres, entre zonas y países, entre ideologías y políticas adversas.

Por ese pronunciamiento de ideas y el lirismo orgánico, por el manejo hábil escenográfico y de accesorios, la tarea –aún en proceso- se logra en su sentido y objetivo, porque actores y público se conectan, tienen entendimiento artístico. Ambos son capaces de sortear los obstáculos que han sido diseñados por el autor, para activar la mente y recrear la historia central.

Al final, deja de ser importante la reconstrucción del árbol genealógico al que fuimos convocados, lo trascendente es en definitiva la relación emotiva que establecemos con ese viaje histórico y con la necesidad de ir a la semilla de nuestra identidad, de ir al reconocimiento otra vez del “ajiaco” que somos, al drama de la conformación y crecimiento de nuestra identidad.

No se trata de árboles, se trata de la tala metafórica indiscriminada del bosque que somos los humanos, de las heridas en el tronco común que es la patria mundial. Sobre todo, de que los jóvenes hablen con la historia y del respeto a los ancestros.

[1] A los siete años vio arder un autobús de refugiados palestinos en Beirut y fue testigo de numerosas represalias y asesinatos. Este pasaje y otros de su vida se conectan con la obra Incendios.

[2] Ver Teatro, Historia y Arte en Le sang des promesses.

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