La Pasión King Lear: Poderosa Autonomía Ante La Majestad Del Rey Lear

Por Roberto Pérez León

La pasión King Lear es una de las puestas en escena con que Teatro D’Dos ha celebrado su  aniversario 30; para mí es un estreno pese a que desde hace años forma parte del repertorio de la agrupación  teatral que dirige Julio César Ramírez.

La anterior ocasión que asistí a ver una puesta de este colectivo en su sede de la Sala Raquel Revuelta me quejé por la ausencia de un programa de mano y además expuse algunas insuficiencias de la representación todo lo cual considero que desató una desmedida expresión de desacuerdo con mis criterios; pero resulta que La pasión King Lear es una vigorosa escritura escénica y esta vez a falta de uno me dieron dos versiones impresas del programa de mano. No trato de enmendar nada con esta consideración, soy consecuente conmigo mismo, mis criterios, ya sean acertados o no, solo están comprometidos con lo que creo desde mí, tal vez inmerecida o usurpada, posición de crítico de teatro.

Ya sabemos que después de Shakespeare empezó el peso de la angustia de las influencias; hemos tenido que contar con sus establecimientos concebidos desde el más intrincado sondeo del ser humano; sin contar con la filosofía y solo a base de una genial mirada ideo-estética Shakespeare nos abarcó a todos en todos nuestros conflictos esenciales.

Desde los griegos ha sido muy difícil no depender de la filosofía. Pero Shakespeare alcanzó la independencia plena por el impulso creativo de la poesía; sus textos se convierten en paradigma de relaciones sociales, individuales, desde las entrañas de la soledad del alma dan lo que significa ser humano. Estoy de acuerdo con Harold Bloom en eso de que  Shakespeare es más trascendente en nuestra cultura occidental que Platón y Aristóteles.

La pasión King Lear es una construcción simbólica desde la revisitación sin equivocación alguna de El rey Lear, la vertebral tragedia de Shakespeare. La puesta de Teatro D´Dos llega  sin alarmantes imaginaciones para afianzar parentescos entre Britania y Cuba, dos islas en la vehemencia del aislamiento de un particular destierro: la insularidad como destilación exclusiva del vivir hacia dentro.

La pasión King Lear es la posibilidad de entrar como espectadores a un espacio arte, el de la imaginación, el de la simbolización, muchas veces descuartizado por los afanes miméticos. Esta puesta en escena es un advenimiento de emociones, pensamientos, sentimientos; las operaciones de creatividad que se desarrollan en su montaje tienen una exclusiva conciencia estética inherente a la capacidad del teatro para territorializar espacializaciones genésicas.

Fuera de las estancias de la cotidianidad, el teatro construye un espacio otro que logra un espacio-tiempo singular donde las capas temporales son vencidas: el pasado, el presente y el futuro quedan  reciclados por la acción escénica y su construcción intelectual, adquieren una organización de poderío semiotizador que se convierte en acontecimiento creativo más allá de la misma puesta en escena que imagina y puede simbolizar al texto dramático.

Esta habilidad-capacidad del teatro para crear espacios diferentes donde lo objetivo y lo subjetivo son elementos constitutivos en la formación de ideas, conformación de experiencias y representaciones capaces de general una alteridad movilizadora es lo que se denomina heterotopía. Michel Foucault, en 1967, planteó desde la filosofía el nuevo término para designar lugares especiales posicionados socialmente y que difieren notablemente de los restantes.

El teatro es heterotópico porque cada montaje potencialmente contiene una propuesta espacio-temporal impar.

La cualidad heterotópica del teatro da la oportunidad de ponernos ante nuevos e insospechados horizontes reales e imaginarios; esa capacidad para crear nuevos modos de actuar, nuevas combinaciones de símbolos hace del teatro un espacio cultural decisivo.

El espacio escénico es heterotópico por antonomasia. Se trata de un espacio heterogéneo que se configura mediante la acción e interrelación de todos los sistemas significantes que hacen posible una puesta en escena: luces, sonido, actuación, texto lingüístico, etc.

La ocurrencia de singularidades en La pasión King Lear es tremenda precisamente desde la marcación heterotópica de su montaje.

La marcación heterorópica del teatro desde lo polimorfo del espacio escénico decidido y sostenido por la performance global de la puesta es lo que hace que el teatro no sea una reificación de la sociedad, que no sea reductor sino una soberana ocurrencia estética, ideológica y artística con valor de acción social.

Teatro D´Dos desde lo heterotópico como cualidad de lo teatral nos pone ante insospechados horizontes reales e imaginarios, produce nuevas combinaciones de símbolos que hacen de La pasión King Lear un espacio cultural de resonancias a partir de la particular convivialidad de sistemas significantes que arman un bucle que los espectadores tenemos para desenredar.

El espacio escénico queda resemantizado al invertirse las habituales áreas del recinto teatral; los espectadores somos ubicados en una zona de donde comúnmente nos excluyen: el escenario se hace platea y la platea sirve para angular un espacio dramático de considerables potencialidades más allá de la física de Euclides.

Resulta casi mágico el momento en que se corre la cortina y quedamos frente a las lunetas que por demás en la Sala Raquel Revuelta; sentimos que algo insospechado nos ha sucedido, nos meten de lleno en un paisaje de dimensiones que solo nosotros vamos a decidir.

La pasión King Lear tiene solo tres actores y por ellos llegan a escena muchos personajes desde El rey Lear; tres actores que arman un tejido relacional mediante una convidante sensibilidad emocional que los hace sugestivos, impresionantes, atractivos.

Shakespeare, el genio canónico como lo calificara Harold Bloom, queda intacto y a la vez en una compleja perspectiva nativa no bosquejada. Tengo la  plena certeza de que al crítico y teórico literario le hubiera gustado mucho esta puesta que ha regresado a la Raquel Revuelta para celebrar los 30 años de Teatro D´Dos que con este montaje no teme a la angustia bloomeriana de las influencias.

En La pasión King Lear es notable la certera vigilancia de las actuaciones desde la dirección. Entre los tres actores se logra la debida consonancia cinestécico-cenestécica, pese a que hay momentos que pueden carecer de la debida lógica propia de la organicidad compartida, pero globalmente, tanto en las transiciones como en las mudas de personajes es palpable la atención corporal externa e interna: el trabajo actoral disfruta de un equilibro sostenido: evolucionan, entran, salen cómodamente de cada personaje, son consecuentes, digamos naturalistas, con equivalencia matizan vocal y corporalmente, no confunden ya sea cuando se sitúan fuera de lo actoral o cuando se tiran de cabeza en el personaje correspondiente; entre actor y personaje, entre personaje y actor existen las distancias adecuadas y se consigue un dinámica lúdica como esencia del calidoscopio de los espacios gestuales y vocales de Giselle Sobrino, Fabián Mora y Edgar Medina.

La puesta en escena que comentamos parte de un texto lingüístico inherentemente dialógico, lo que le otorga a las actuaciones una complejidad especial para no chapotear en la espesura del tedio.

Desde el texto lingüístico de Yerandy Fleites, la puesta en escena de Julio César Ramírez sabe andar entre la intertextualidad y reformularla con operaciones de deconstrucción que conjeturan y refutan desde la teatralidad más espesa, contaminada por el ánima isleña y aferrada a ella.

El montaje no trata de rectificar ni inventar nuevos ángulos en la perfección del círculo de lo shakesperiano; se explaya un nuevo orden, la puesta desde el texto lingüístico maniobra con los eventos inmanentes a El rey Lear y en un inglés en español o en ocasiones en un español en inglés, profetiza, negocia o resucita porque después de todo el inglés es un idioma que tenemos en este país como un sambenito descolocado.

Hay que poner en relieve el texto lingüístico de Yerandy Fleites. Se trata de un texto donde los significantes shakesperianos son desplazados y ganan propiedad y circulación más allá de sus significados originarios para adquirir así una semiotización de atractivos procedimientos.

No hay grandes propuestas iconográficas pero la contundencia de las que se presentan es definitoria. La resolución plástica de la puesta anima a imaginar y a meditar, porque estamos mirando algo concreto y viendo otra cosa, todo lo cual nos aviva la intuición e inventamos, tal y como sugería Leonardo da Vinci para alentar el ingenio.

No obstante la modesta presencia de sistemas significantes como el de las luces, la escenografía, el vestuario la puesta arma imágenes expectantes que hacen que nuestra percepción quede dramatizada; nos acompaña durante la representación un sentimiento claro-oscuro como significado de lo que hemos disfrutado; creo que fue Henry James quien dijo que en el arte el sentimiento es significado.

En La pasión King Lear los significantes que parten del texto lingüístico y del montaje precisan de un significado que conseguimos nosotros con la concreción espectatorial.

La banda sonora es de una fineza escalofriante; en el último momento se escucha una marcha que nos paraliza al reconocer acordes que tenemos los cubanos incorporados a una emoción polarizada. Durante toda la representación está el incesante fluido de la isla y, justamente, al final cuando se asoma una silueta de la geografía del país, nos punza el sonido para quedarnos consternados y eufóricos a la vez.

Fotos tomadas del perfil de Facebook de Julio César Ramírez

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