La dramaturgia de la imagen a propósito del Festival de Teatro de la Habana 2021

Por Roberto Pérez León

El espacio social está ahora completamente saturado con la cultura de la imagen.

Frederic Jameson (1988)

El teatro forma parte del paradigma de actividades tecnosociales de la cibercultura. El próximo Festival de Teatro de la Habana 2021 en su concepción nos reafirma la hibridación y la intermedialidad que hacen del teatro un fenómeno no siempre asociado al escenario.

Será un Festival de teatro sin escenarios y sin corporalidad real. La modalidad no presencial y electrónica desmaterializa la escena e incorpora otros hábitos perceptivos.

En un marco intermedial el Festival evidenciará el “factor de creación” y la polivalencia del teatro en su constante evolución: ¿Nueva teatralidad? ¿Nueva performatividad? ¿Nuevo formato? ¿Neo-vanguardia? ¿Nueva parataxis dramática?

La poética teatral y la teatralidad del Festival estarán asentadas en la dramaturgia de la imagen como práctica discursiva que incorpora lenguajes y códigos de las nuevas tecnologías del software/hardware y las performatividades que propician.

La digitalización en teatro ha problematizado su ontología y epistemología. En el meollo de la cuestión está la dramaturgia que cada vez tiene mayor resolución e indefinición en el ámbito del quehacer teatral al desdibujar, borrar o tender fronteras a veces preceptivamente y a veces de manera aleatorio-creativo-crítica.

Ya sabemos por el teorema de Gödel que todo sistema está imposibilitado para analizarse desde él mismo por muy abierto y expansivo que sea. Entonces la dramaturgia tal vez no sea el camino para llegar a la dramaturgia.

En el paradigma de lo digital está el teatro fuera del teatro, un teatro de realidad de realidades con materialidad sintética, artificial que se genera desde la naturaleza numérica del lenguaje electrónico.

Evitemos la linealidad abrámonos a los universos de causas y efectos desde todas las instancias relacionadoras posibles teniendo en cuenta el “pensamiento desviante” (Morin).

El símbolo es lo que está en lugar de otra cosa. El teatro ostenta una condición simbólica. A través de las interrelaciones de los sistemas significantes de una puesta se producen los diferentes modos de simbolización a través de la ecuación objeto simbolizado-símbolo. La digitalización ha dado una vertiente adicional a la construcción del símbolo en el teatro. El proceso de simbolización, como acontecimiento de la acción humana en el tiempo y en el espacio, conlleva una particular dramaturgia que implica una techné (del griego, conocimiento) y una poiesis.

El teatro como sistema simbólico funciona generalmente en el convivio entre productores y espectadores, donde tienen relevancia los “cuerpos poiéticos” y las acciones poiéticas configurantes de gran parte de la coherencia y cohesión de la teatralidad (Dubatti), donde la digitalización no es una alternativa ni una oportunidad de complementariedad.

La digitalización es la incorporación de un recurso de expectación a través de la lógica de conjunciones e implicaciones que incide en la percepción, en la experiencia visual y agrega complejidad a la dramaturgia como realización escénica.

Si el siglo XX fue el siglo de la imagen en movimiento este siglo XXI es el siglo donde no es preciso reproducir la realidad sino crear realidades desde la imagen digital. La tecnología digital relaciona la percepción visual y sonora no de manera inter ni transdisciplinaria sino desde la superposición de dinámicas de intervención mediante la hibridación de lenguajes.

La dramaturgia desde los entornos informáticos establece un diálogo intermedial que otorga a la imagen una polifonía sígnica que hace del teatro un fenómeno artístico de poéticas abiertas. Los medios digitales coadyuvan para que el teatro se reconfigure desde una espacialidad y una temporalidad donde la dramatúrgica de la imagen disocia nociones tradicionales.

La dramaturgia de la imagen persigue organizar un relato para la puesta en pantalla. Los sistemas significantes propios de la puesta en escena son intervenidos por los sistemas significantes del lenguaje electrónico y entonces la correspondiente puesta en forma dota de artisticidad al producto. La imbricación de unos y otros sistemas significantes hacen dramaturgia.

Las estructuras dramatúrgicas permiten la dinámica de las acciones dramáticas que desde Aristóteles, y sobreponiéndose a todos los post, siguen el álgebra: intento-oposición-cambio de equilibrio para conseguir la catarsis ya sea freudiana, posdramática, de purificación aristotélica o simplemente el arribo a una experiencia nueva.

Las tecnologías digitales proporcionan a la dramaturgia de la imagen un espacio escénico expandido y un tiempo de texturas donde somos espectadores/usuarios. La dramaturgia de la imagen como estrategia discursiva concibe dimensiones espaciales y temporales que en el ambiente informático responden al sistema de códigos de expresión y al estatuto semiótico digital.

El espacio, cuando estamos ante un producto digital que requiere de su mostración en una pantalla,  se construye a través de la lógica de la imagen que físicamente es bidimensional pero perceptualmente es portadora de una tridimensionalidad virtual donde la iconicidad es relevante.

Ahora bien la dramaturgia es un proceso narratológico con una instancia narrativa; en el caso de la dramaturgia de la imagen esta instancia se estructura con la cámara, su punto de vista, su objetividad/subjetividad y su perspectiva.

Como ojo omnímodo de fluidas posibilidades la cámara “narra”. El relato se verá enriquecido a través del montaje, sus recomposiciones y fragmentaciones.

En la dramaturgia de la imagen, la imagen tiene un carácter sígnico.  El modelado espacial de la imagen se concibe desde la iconicidad, el encuadre y el movimiento.

Al encuadrar se puede conseguir una perspectiva ajena a las operaciones del ojo humano; el encuadre aporta una sobrenaturaleza que hace contingente la dramaturgia de la imagen.

La dramaturgia de la imagen tendrá su espacio de la enunciación en la pantalla y el espacio del enunciado se fragmenta en campos excluidos del encuadre.

Así pues el marco de la dramaturgia de la imagen tiene la imposición de los límites de la pantalla; el buen encuadre ostentará la latencia del fuera de campo que podrá convertirse, transformarse en campo gracias a la ductilidad de la cámara y al factor de creación de los productores.

Entonces la dramaturgia de la imagen tiene la tremenda posibilidad de un vector imaginario desde el fuera de campo que al hacerse potencial crea indefinidas expectativas.

La sucesión de planos fraguan la tensión en la organización de la dramatúrgica de la imagen; así, el espectador podrá tener la sensación de una semanticidad espacial cualitativamente superior a la de una puesta en escena convencional.

Al concebir los planos delimitadores y a la vez desbordantes se sustancia la imagen y la generación virtual de realidad pondera la expectación.

La tensión entre el campo y el fuera de campo dramatúrgicamente otorga a la imagen énfasis en un movimiento espacial que puede estar nutrido por otros códigos expresivos adjetivadores (efectos sonoros, lenguaje escrito y hablado, música, etc.)

El espacio en la dramaturgia de la imagen por supuesto que tiene un objetivo dramático y puede revelar expresiones estéticas propias del discurso electrónico, expresiones que inciden en los juegos narrativos de visualidad que ponen en trance los sentidos a través de una gramática audiovisual como espacio de comunicación hegemónico.

Otro elemento constitutivo de la dramaturgia de la imagen es el tiempo como principio organizador ya sea del orden o del caos.

La dramaturgia de la imagen emplea marcas temporales a través de procedimientos ópticos, sonoros, de montaje para enunciar de manera sucesiva y simultánea una dilatación temporal subjuntiva, condicional, futura desde el presente indicativo que relativiza.

La dramaturgia de la imagen tiene infinitas posibilidades espacio-temporales. El lenguaje informático deroga leyes espaciales, puede constituir lugares virtuales, contralugares al relacionar espacios y capas temporales que admiten umbrales perceptibles insospechados entre lo real y lo imaginario.

Las heterotopías foucuaultianas en la dramaturgia de la imagen son intervenidas numéricamente y la teatralidad manifiesta otros modos de accionar, nuevas combinaciones de símbolos movilizadores estética e ideológicamente.

Desde la dramaturgia de la imagen se transita por la dramaturgia de la imaginación;  y, como espectadores, llegamos a la especificidad del discurso de la pieza-imagen en el proceso de concreción.

La dramaturgia de la imagen es dadora de una belleza significante, portadora de la historicidad correspondiente al siglo en que estamos.

En Portada: CCPC light 2, Teatro El Portazo. Foto Sonia Almaguer.

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