La aventura de extender la geografía teatral en La Habana

Por Esther Suárez Durán

 En los últimos años se ha mencionado con frecuencia en el sector de las artes escénicas la idea de El Circuito Teatral de la calle Línea, no pocas veces usando a Broadway como uno de los referentes para que quien escucha, si conoce algo sobre Broadway, se haga una idea con más rapidez o lance la carcajada, si lo desea, que todo se permite.

Algunos reciben la idea con agrado, mientras otros levantan preguntas, en tanto que otros nos quedamos pensando en lo que hasta hoy hemos entendido como un pilar de la política teatral, que es llevar el teatro a toda la población, lo cual bien puede traducirse en extender la geografía de instalaciones teatrales por toda la capital, en el caso de que se trata. Hace décadas tenemos el Teatro La Edad de Oro en la barriada de Santos Suárez, en Diez de Octubre, aunque solo se emplea para espectáculos dedicados a los infantes, sin que necesariamente deba ser así; en tanto, en los meses recientes el grupo teatral Aldaba se afana por alistar el Teatro Saint Bois, en Marianao. En la popular avenida San Lázaro y muy próximo a la concurrida calle  Infanta por años se prepara la sede de Teatro de la Luna, en lo que antes fuera el Cine Pionero.

Pues, bien, Teatro Rompetacones y el Teatro Nelson Dorr, ambos pertenecientes al Centro de Teatro de La Habana,  son hoy el centro de atención. Ya iniciaron la intervención del antiguo y majestuoso, en su tiempo, Cine Palace, situado en la calle Belascoaín, entre Virtudes y Concordia, frente por frente a uno de los laterales del Hospital Hermanos Amejeiras. Que no corren tiempos como para meterse en empresa semejante es algo que todos sabemos, pero los teatristas  habían identificado este local como una de las tantas instalaciones cinematográficas abandonadas desde la época del llamado Período Especial (90-95 los años más duros) y, ya en el 2013 se había hecho el traspaso de la instalación entre el ICAIC y el Consejo Nacional de las Artes Escénicas. Sin embargo, por razones ajenas a la voluntad de los interesados, allí pudo posicionarse, por su cuenta y riesgo, un ciudadano sin más ni más, quien lo tomó como lugar para vivir.

Por su parte, los teatristas no cejaban en su empeño, hasta que la vida decidió jugar en la partida la carta definitiva, esta vez a favor del Teatro, y  mediante una especie de deus ex machina los teatristas  y los fans de Rompetacones –los incondicionales de tantos años de trasiego– pudieron al fin ocupar el antiguo cine, ahora con más de la mitad de sus tejas ausentes y una nada envidiable cantidad de toneladas de basura y escombros, extraída como ha sido posible,  sin desdeñar carretillas y carretas improvisadas cada vez que fue preciso.

Las escaleras del Oalace se mantienen en buen estado.

Para quien, como yo, pudo asomarse a la planta baja en el pasado año (residente ilegal presente) regresar al Palace en este septiembre y poder recorrerlo en toda su extensión resultó ver el inicio de un sueño puesto en marcha y aquilatar en su real medida la voluntad y capacidad de estos colegas, especialmente Rompetacones, con José Enrique Rodríguez y Miladys Ramos al frente, que ya han desarrollado una tarea de titanes. La instalación está absolutamente limpia, los pisos de granito intactos hablan de la alta calidad  y el antiguo esplendor. Las redes sanitarias funcionan, los baños se han recuperado, se han tapiado todos los boquetes que existían en determinados ángulos de las paredes del piso principal para asegurar la integridad del local. Se han revisado los cables eléctricos y detectado los metros que han de ser sustituidos, se han colocado luminarias en los sitios claves de cada piso, se le ha dado una inicial mano de pintura a las paredes del recibidor y a las paredes del piso superior y, por supuesto, cada vez que llueve fuerte hay que volver a recoger el agua que cae dentro.

El recibidor se ha engalanado modestamente con elementos escénicos, algunos propios, y otros donados por los colegas que ya conocen la buena nueva, sin descuidar el toque verde de las plantas.

Aunque las puertas de entrada no han podido ser cambiadas, puesto que las medidas contra la pandemia imposibilitan ahora mismo muchas acciones (como el transporte de la madera  desde otro municipio), la entrada a la instalación ha quedado asegurada con una reja costeada por los teatristas. Hasta hoy todo lo que se ha hecho –que parece obra de un milagro– se ha financiado con los medios propios de los integrantes de ambos grupos quienes, desde el principio, están en contacto con la Dirección Municipal de Cultura de Centro Habana.

Falta mucho por hacer, la estructura de la edificación es muy antigua, pero el propósito de nuestros colegas es crear allí la Sala Teatral Palace, que estará a disposición de todas las agrupaciones escénicas profesionales del país para la presentación de sus producciones, cuando las condiciones lo permitan.

Todo se irá conservando para preservar la historia del lugar.

Teatro Nelson Dorr y Rompetacones cuentan con una historia de años de trashumancia que les permite valorar atinadamente lo que significa para las agrupaciones creadoras el hecho de contar con un espacio propio, adecuado para presentar sus espectáculos al público, sobre todo en el caso de la capital, donde el número de agrupaciones productoras supera con creces los lugares posibles para la programación.

El Teatro Nelson Dorr cuenta con el capital artístico y la sabiduría de su líder, mientras que Rompetacones aporta a ello la experiencia y tenacidad de su Director General y artístico, el imbatible José Enrique Rodríguez Leyva quien tiene en su haber la creación, con anterioridad, de dos salas teatrales: una en Holguín, para el Guiñol de su época en aquella región, y la otra –que todavía puede verse– en la calle San Nicolás, entre Neptuno y San Miguel, en Centro Habana, además de haber dotado al Teatro Ismaelillo, en su sede, de un sólido escenario con la cooperación del colega  Raciel Reyes.

Sobre 1999 José Enrique tuvo  a su cargo la dirección general del Centro Cultural Bertolt Brecht, en la calle 11, entre J e I, en El Vedado.  Pronto se percató de que la creación artística y las demandas crecientes de semejante responsabilidad administrativa no eran compatibles. Se impuso el artista y, dejando todo atrás, partió para el municipio Boyeros, donde desarrolló un proyecto cultural que alcanzó una seria repercusión en el territorio y logró alianzas de valor con organismos e instituciones de gran significación (como LABIOFAM) radicadas en el lugar, hasta que decidió regresar a zonas más céntricas de la capital donde se hiciera posible disponer del talento artístico y técnico necesario.  En la Casa de Cultura del barrio Los Sitios encontró  Rompetacones un pequeño espacio de ensayo y toda la colaboración,  puso en práctica lo que bien sabe hacer: creó lazos con la comunidad y experimentó la relación de estos públicos, en buena parte vírgenes y ajenos a la creación teatral, con un lenguaje artístico sofisticado y sin concesiones, surgieron así las Peñas y la presentación en ellas de los Gestos Teatrales, además de mantener un repertorio de teatro para los infantes.

Sostuvieron y desarrollaron  lazos con la División de Tanques de Occidente, del MINFAR. En coordinación con ella realizaron funciones y giras por varias provincias a la par que intentaban, una y otra vez, programarse en los espacios teatrales del circuito capitalino lográndolo en escasas ocasiones. Recuerdo una breve temporada en la Sala Covarrubias con el espectáculo Águila y Dragones, y otra más extensa en la Sala El Sótano con El mar de los sargazos, en septiembre de 2018. Ambas puestas les han valido ser invitados al Festival Máscara de Caoba, en Santiago de Cuba.

De este trabajo profesional tan serio con la comunidad han salido los cómplices (electricistas, carpinteros, albañiles, más gente sin oficio que viene y ayuda en lo que pueda) que ahora unen sus suertes para avanzar lo máximo posible en la recuperación del Palace; y de hacer del teatro un modo de vida, en cuanto a concepciones vitales, conductas, relación con el medio, empatías, creación de alianzas, creatividad siempre alerta y dispuesta se va desarrollando ya, en las inmediaciones del Palace, un diálogo fluido y constante entre los teatristas y los residentes, trabajadores y habituales de la zona.

Teatro Nelson Dorr y Teatro Rompetacones sueñan desde ahora con poner en práctica un grupo de acciones –algunas inéditas– para promover el teatro, el arte y la cultura en todo este ámbito hiperpoblado del centro capitalino. Para ello, solo esperan que La Habana encuentre la fase segura para que el público pueda volver al teatro. Por ahora, continúan creando las condiciones mínimas y, cuando se pueda, comenzar la fiesta en la Sala Teatral Palace, un espacio donde artistas y público llevarán a cabo ese intercambio intenso, capaz de cambiarte la vida que es, en esencia, lo que llamamos teatro.

Fotos: Cortesía de la autora.

 

 

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