¡Gracias!

Hay que decir gracias a los bomberos que después del susto de la primera madrugada, y aún con quemaduras superficiales –las que más duelen, según aseguran los caumatólogos que están en el terreno–, siguieron y siguieron hasta rozar lo sobrehumano.

Por Yeilén Delgado Calvo/ Periódico Granma

Los dos carros de bomberos y el carro cisterna atraviesan la ciudad de Matanzas. No van a toda velocidad como casi siempre que se les ve fuera de sus comandos. No corren a apagar un fuego, vienen de derrotar uno.

Muchos bomberos no han querido abandonar la zona de operaciones en estos cinco días de combate al incendio en la Base de Supertanqueros; la gente los ha visto poco, apenas por televisión. Y ahora, al observarlos avanzar en sus vehículos, tan vulnerables en su cansancio y tan grandes en su decisión, tan mortales y tan titánicos, algo se remueve en el pecho.

Uno lo hace primero. Aplaude. Y se suma la calle entera, todos dejan lo que están haciendo para aplaudir y aplaudir a quienes han disipado la amenaza del horizonte. Muchos lloran.

El incendio está controlado, ya no hay peligro, se trabaja en extinguir pequeños focos; y Matanzas, Cuba, quienes quieren bien a esta Isla, se hacen un abrazo, un solo agradecimiento para la heroicidad que obró la victoria sobre la adversidad más tremenda.

Hay que decir gracias a los bomberos que después del susto de la primera madrugada, y aún con quemaduras superficiales –las que más duelen, según aseguran los caumatólogos que están en el terreno–, siguieron y siguieron hasta rozar lo sobrehumano.

Hay que decir gracias a esos jóvenes que llegan al Puesto Médico de Avanzada con golpes de calor, deshidratados; y que después de la ducha, les dicen a los doctores: «Yo ya estoy bien, regreso»; y al par de venezolanos que piden un poco de crema para la piel lastimada y rehúsan recostarse en la camilla para ser valorados, «porque hay que volver; Cuba y Venezuela son la misma cosa, compañeros».

Hay que agradecer al joven trabajador de Cupet, que en la madrugada aciaga del sábado, mientras lo levantaban del suelo para salvarlo tras la explosión, gritaba: «A mí no, a él» y señalaba a alguien que había quedado atrás, pero era ya muy tarde.

Hay que decir gracias a los hombres y a las mujeres que se mantuvieron en sus puestos en la Base de Supertanqueros, y en el aire sobre ella, sabiendo que, ante la alerta de peligro, cuando las llamas venían, la única alternativa era correr y correr, o volar lejos, confiando en hacerlo lo suficientemente rápido, lo suficientemente lejos.

Proeza: resultado del sudor, las lágrimas, de horas sin dormir, y también del miedo, que es el combustible de los valientes. Dentro y fuera de la zona industrial de Matanzas ha habido y hay esfuerzos de todas las edades, las jerarquías, las profesiones. ¡Gracias! Hay que decir gracias. Les debemos mucho.

Foto Ricardo López Hevia/ Tomada del periódico Granma