Espacios: Condición y Condicionante

Por Kenny Ortigas Guerrero

Todo en lo que habitamos y lo que a su vez habita en cada uno de nosotros, podemos comprenderlo como el espacio. Materia física y espiritual coexisten en este, nuestro universo y rigen cada partícula de la existencia misma.

En el teatro, como en la vida, las leyes y conceptos a cerca de este término dialogan e interactúan de manera simultánea y es preciso comprenderlas para movernos con fluidez y en sintonía con la realidad.

Una vez aprendí en teatro, que los espacios condicionan los estados. La atmósfera de la escena, su construcción dinámica y la recreación de diversos ambientes, obligan por naturaleza a los personajes a tener determinado comportamiento. ¿Acaso no sucede así en la realidad fuera de la ficción que representa el drama?

Ya se recupera otra vez, tras el paso más hostil del COVID 19, una aparente normalidad, que nos lleva a la gran mayoría a retomar actividades que se habían postergado. Pero el ostracismo, la soledad, la distancia a la que hemos estado sometidos, deja cierto sin sabor, condicionando un tipo de comportamiento muy particular. Algunos retoman “la vida” con reticencia, otros con más calma, con agresividad, también con temores. Todo un cúmulo de sentimiento que, estando siempre ahí, con diferentes intensidades ahora toman por asalto de manera irreverente la manera de actuar.

Los espacios también nos cuentan, nos narran historias. Son sitios latentes del pasado, presente y futuro. Así se asume en el teatro y fuera de él. El confinamiento y toda la crisis emergida de la pandemia han dejado huellas imborrables, solo, que ante el apabullante torbellino en que nos debatimos hoy: trabajo, sostén familiar… y todo lo que sabemos, tenemos que tomar conciencia y serenidad para poder alcanzar las mejores decisiones, y así otra vez llegamos al teatro: un actor-personaje que no se concentre en sus objetivos y en las peripecias que le permitan alcanzar lo deseado será entonces un fracaso total, y carecerá de sentido el tiempo que han regalado los espectadores frente a esa experiencia sublimada con el arte.

En teatro hacemos referencia a los espacios múltiples, donde se crean simultaneidades y se juega con la atención del espectador para causar determinados efectos sensoriales, a veces, desde una dramaturgia atomizada que nos lanza imágenes y discursos que luego tenemos que reconstruir en el imaginario individual.

Efectivamente creo, que fuera del escenario, los días se presentan con estructuras dramatúrgicas que alteran constantemente la lectura lineal de la cotidianidad, ¿o es que ya eso es en sí mismo lo cotidiano? El saber dirigir la atención con la efectividad requerida para cada momento es crucial, el desdoblarse con inteligencia y sagacidad nos pueden guiar por los caminos certeros al éxito, sumándole a todo esto el empleo de la dosis exacta de energía. Se hace patente esa lección que aprendimos de las artes orientales donde se emplea un máximo de energía para un mínimo de resultado. Ejemplos hay muchos, que como parábola nos remiten a esa premisa de la interpretación.

Si al inicio comentaba como los espacios predisponen ciertas formas de comportamiento, de igual manera el actor-personaje con su partitura de acciones puede condicionar una forma de percibir un espacio, esto es real, estamos hablando de herramientas fundamentales en el arte teatral pero que no son ajenas, hasta cierto punto, a la naturaleza humana. Si un actor-personaje en un escenario vacío recrea el espacio dramático de una playa y pone al servicio del suceso su total compromiso y vitalidad, de seguro que los espectadores disfrutarán junto a él de la suave brisa y el vaivén de las olas.

Ahora bien, ¿podemos con nuestra actitud, sin caer en tontos fantaseos y desvaríos, cambiar la percepción del espacio que nos rodea, otorgándole nuevas dimensiones y maneras de transitar en él? Por supuesto que sí. El caminar al filo del abismo, no quiere decir que la función debe cerrar su telón con la caída aparatosa del personaje, en Teatro puede que ese sea el final preestablecido por el dramaturgo y el director. Pero la vida siempre será más rica, nada la supera, por eso las artes beben inagotablemente de ella.

Caminemos sí, por el borde del abismo, pero nunca dejándonos al libre albedrío de la suerte, que los espacios no nos dominen. Con la reapertura de las salas teatro y el empuje de los artistas por comulgar otra vez con su público, se ha revitalizado el espíritu y se levanta el ánimo de las personas. Los espacios que hace un tiempo atrás permanecían en total silencio, hoy son nuevamente lugar de confluencias y alegrías. Entonces, condicionemos en nosotros una actitud positiva y llena de optimismo en los nuevos tiempos, no veo otra fórmula. Con sus mecanismos y estructuras creativas el arte jugará un papel fundamental como espacio idóneo para edificar lo mejor del género humano.

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