Elogio de un alafín cubano

Por Zuleica Romay Guerra

Él replicaba frente al espejo los movimientos y pasos de baile que veía en la televisión y los protocolos y gestualidades de los hombres negros y bien trajeados de “Los Jóvenes del Vals”, la sociedad a la que concurrían sus padres. Su arsenal danzario se enriqueció notablemente tras la mudanza al barrio de Santa Amalia y la participación de su familia en las actividades de La Esquina del Jazz, un espacio fomentado por jóvenes seguidores de la música contemporánea afroestadounidense y de los más novedosos ritmos cubanos.

En la antigua bodega “El Embullo”, sede de la también llamada Peña del Jazz, escuchó y bailó swing e integró nuevas sonoridades a su catálogo personal. Junto a su hermano Juan, se nutrió de las charlas que sobre la música y la vida sostenía su padre con sus amigos Guillermo y Alejandro Barreto, y de las pláticas culturales que animaban el hogar de los hermanos Chucho y Mayra Caridad Valdés. Desde muy joven, sus pies han recorrido los laberínticos caminos de la diáspora africana en las Américas y su cuerpo ensaya mil y una maneras de expresar las sensibilidades, alegrías y dolores de unos ancestros cada vez más cercanos.

Contaba trece años de edad cuando partió a alfabetizar a Campechuela, primera decisión personal que sus progenitores respaldaron, arropando en ternura angustias y temores. Nuevas rutinas, como madrugar todos los días, doblarse sobre la tierra bajo el sol, emprender largas caminatas en procura de alimento y, no pocas veces, adormecer su hambre adolescente con boniato hervido y agua azucarada, conectaron al muchacho habanero con esa otra Cuba, reconocida al fin como parte de la nación en el texto de la Ley de Reforma Agraria. La pobreza que no conoció en los barrios populares de La Habana, le hizo crecer, endurecerse y tornarse, a la vez, más solidario. Pero también disfrutó la majestuosidad del paisaje serrano, la nueva libertad de los campesinos a quienes enseñó y el orgullo de sentirse parte de una gran herejía.

Con la estación lluviosa, se iniciaron los preparativos para el carnaval y los ensayos de las comparsas del pueblo. Y allá se fue él, a compartir el baile y la humana expansión de la risa y los afectos. Pocos días después de sumarse a una de las comparsas, sus integrantes le reconocieron como bailarín líder y, casi inmediatamente, como coreógrafo. Fue su primera experiencia pedagógica y artística.

Su partida a Checoslovaquia, para perfeccionar en la Universidad Carolina sus dotes deportivas, le ofreció otra oportunidad para explorar el cuerpo y sus posibilidades. Praga fue una estación temporal donde mostró sus habilidades coreográficas y fortaleció su vocación como artista de la danza. Pocos meses después de su regreso, una convocatoria para nutrir el Conjunto Folklórico Nacional sellaría su destino. El deporte cubano no logró formar al talentoso basquetbolista que prometía ser porque Juan Jesús –Jesusito para familiares y amigos– experimentó un segundo nacimiento que le convirtió en Johannes, un nombre que la historia de la cultura universal refiere a la música, la física, la astronomía, las ciencias médicas, las matemáticas y la literatura. En Cuba, sus piernas y su corazón han inscrito ese nombre, el preferido por Olga, su madre, en los anales de la danza.

Su modo de bailar, dinámico y exultante, como en terrena posesión, descubre desde el discurso concertado del cuerpo y el espíritu un horizonte de significaciones, siempre nuevas, estimulando debates en torno a las capacidades expresivas de la danza y sus probables límites. Escultor de personajes únicos por su estética y estilo, en el Conjunto Folklórico Nacional dio vida a un Changó que reconocemos suyo apenas en la silueta y la cinética corporal, aunque no haya en la sala luces ni sonido; al inolvidable Obdebí el Cazador y al líder cimarrón de Apalencados. Otros, como el hilarante “Pelúo” de Rumbas y comparsas, nacieron de su profundo entendimiento de la teatralidad del baile popular. Modelo de la integralidad que ha de caracterizar a los profesionales de la danza folklórica para los cuales –no se cansa de repetirlo– la condición de bailarina o bailarín es apenas su epidermis, hizo grande su rol en María Antonia y deslumbró al público cubano con las técnicas de capoeira que le exigió a su personaje la puesta en escena de El pagador de promesas.

Dedicado a sembrar arte donde quiera que va, Johannes es artífice de varias colectividades artísticas y de espacios, eventos y proyectos en los que la danza actúa como argamasa de gente muy dispar, sobre todo, jóvenes. En 1967 funda la primera escuela del Conjunto Folklórico Nacional, garantía de continuidad y crecimiento técnico-artístico de la compañía; cumple un encargo de la Juventud Comunista cuando crea y dirige la escuela de Bailarines de Cabaret y, dos años después, alumnos suyos en el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias y egresados de la Escuela Vocacional de Vento le acompañan en la constitución del Conjunto Folklórico Universitario. Colabora, junto a otros expertos, en el nacimiento del Conjunto Artístico de las FAR y en 1979, 11 mil kilómetros más lejos, funda el Conjunto Folklórico de la República Popular de Angola. La más joven entre esos hijos artísticamente procreados –su entrañable Compañía de Danzas Tradicionales de Cuba JJ– cuenta ya 28 años.

Gran conocedor de las culturas populares de matriz africana, Johannes ha insuflado el devenir universal a las danzas tradicionales de Cuba, instaurando estéticas y estilos perceptibles en varios de sus proyectos más queridos, como la comparsa de la FEU, que dirigió durante más de dos décadas, el Conjunto Estudiantil Maraguán, al que asesora hace 36 años y su benjamín: la Compañía JJ. Tampoco el diseño coreográfico del carnaval habanero continuó siendo el mismo después que él se integró a su consejo científico. Como si fuera poco, el hombre que homenajeamos hoy no reporta ausencias a ninguna de las grandes batallas de su generación. Multiplicando el tiempo humano, ha sido alfabetizador, miliciano, machetero, constructor e internacionalista, y compartido sin remilgos las exigencias físicas de su especialidad con las rudas faenas de obreros y campesinos.

Nativo del Caribe y, por tanto, heredero de todas las civilizaciones del mundo, el arte de Johannes propone infinitos diálogos y retroalimentaciones entre tradiciones y géneros danzarios de temporalidades, espacialidades y orígenes diversos. En Cancún y Veracruz se le recuerda y reconoce como coreógrafo y director de grandes espectáculos. En Guyana, Trinidad y Tobago, Jamaica, Surinam y Martinica –la tierra de su “padre espiritual”, Aimé Césaire– ha materializado sus conceptos coreográficos, que enhebran las músicas y los bailes de las Antillas como perlas de un collar. Desde estas islas, infinitamente multiplicadas por sus diásporas, Johannes García ha tendido puentes hasta Harlem, el Caribe de Norteamérica.

En nuestro país, un Premio Nacional por la obra de la vida constituye justo reconocimiento a un quehacer literario o artístico que se juzga relevante, influyente o fundador. Regocija reconocer todas esas cualidades en lo que Johannes García ha creado durante más cinco décadas, vividas con una asombrosa intensidad. Hombre modesto, que jamás refiere resultados sin invocar a sus maestros, es excepcional bailarín, innovador coreógrafo, tenaz impulsor del movimiento de aficionados y de proyectos comunitarios, director que enseña y guía bailando entre la gente porque la grada le enajena. En todo lo que hace, él exhibe un estilo propio, siempre heterodoxo y retador.

Este artista, merecedor de 19 premios –tres de ellos internacionales– ostenta también la Distinción por la Cultura Nacional, las medallas Alejo Carpentier, Rubén Martínez Villena y Raúl Gómez García, y la réplica del Machete de Máximo Gómez. Sin embargo, estos y otros lauros importantes, que la escasez de tiempo me impide enumerar, no constituyen elemento ornamental en su palacio de alafín cubano, sino recordatorio de nuevos compromisos. Todavía prodigará Johannes mucho alimento a nuestros espíritus. Y aunque sabe que un día Ikú vendrá a buscarlo, como a todos, él promete volver siempre que pueda para seguir bailando entre nosotros.

¡Felicidades, Johannes! Gracias por tu entrega y por tu amor.

Foto de portada: Nika Kramer

 

 

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