EL TEATRO MELLA A LA ALTURA DE 55 AÑOS

Por Marilyn Garbey

Situado en la calle Línea, entre A y B, en el Vedado, el Teatro Mella ha sido testigo de importantes acontecimientos culturales. Con una capacidad de 1405 butacas, su programación acoge teatro, danza y música, rompiendo esquemas para beneficio de los espectadores que asisten a la instalación.

Lo primero que llama la atención es la exuberante vegetación de los jardines del teatro. Entre tantos edificios altos, con el ruido de vehículos que circulan a cualquier hora, resalta la nota verde que oxigena la ciudad. Luego la marquesina ilumina la noche y anuncia la función.  Las puertas de cristal, las escaleras de mármol, la enorme bandera cubana que cuelga en el vestíbulo, las fotos de Julio Antonio Mella tomadas por el lente de su compañera Tina Modotti, son las impresiones iniciales.

Cine convertido en teatro en septiembre de 1961, el Mella está inscrito en la historia de las artes escénicas cubanas. El círculo de tiza caucasiano fue la primera puesta en escena que subió a su escenario. El texto de Bertolt Brecht, bajo la dirección de Ugo Ulive tenía en su elenco a Vicente Revuelta, Roberto Blanco, Herminia Sánchez, Adolfo LLauradó. Rine Leal reseñó el acontecimiento:

“Es la primera vez que en Cuba la escena (y la escena del Teatro Mella es de considerables dimensiones) ha tomado vida y ha mantenido en actividad durante largo tiempo sin asomar el desorden por parte alguna”.[i]

Aquí se estrenaron clásicos como Santa Camila de la Habana Vieja, de la autoría José Ramón Brene, dirección de Adolfo de Luis, con Verónica Lynn y Adolfo LLauradó como protagonistas.

“El 9 de agosto de 1962 se estrenaba, en el Teatro Mella, Santa Camila de la Habana Vieja, suceso que haría exclamar al maestro de críticos Rine Leal: “Ojo con José Ramón Brene, ahí hay un autor! (1967.26), y no era para menos, si recordamos los veinte mil  espectadores que atrajo la pieza, cifra inverosímil que marca un viraje en la relación escena-público al borrar de un plumazo la imagen de aquellas salitas donde algún crítico abnegado y uno que otro amigo, eran los únicos receptores de la más apasionada entrega al teatro que pueda imaginarse”.[ii]

María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa, se incluye en esa lista. El montaje de Roberto Blanco que convocó a Lázaro Ross y al Conjunto Folclórico Nacional, a Leo Brouwer y María Elena Molinet, con Hilda Oates en el rol principal. La investigadora Inés María Martiatu lo recordaba así:

“En la noche del 29 de septiembre de 1967, en el Teatro Mella de la calle Línea, en el Vedado -escenario emblemático de grandes acontecimientos escénicos- irrumpió un espectáculo estremecedor que habría de conmover a todos: la puesta en escena de María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa, bajo la dirección del maestro Roberto Blanco”.[iii]

Otros nombres del teatro cubano también trabajarían en el Mella. Héctor Quintero lo prefería, sabedor de su poder de convocatoria. Con el montaje de Sábado corto, protagonizado por Alicia Bustamente; Te sigo esperando, por Corina Mestre, y El lugar ideal con Paula Alí, provocó grandes colas que ocuparon la acera de Línea y doblaban la calle A.

También para la danza los tabloncillos del Mella son codiciados. En la memoria se atesoran las funciones de Danza Contemporánea de Cuba y del Conjunto Folclórico Nacional. La extensa obra coreográfica de Víctor Cuéllar se estrenó aquí. Panorama de la música y la danza cubanas, un abanico de la cultura del país, recibió numerosos aplausos. La voz de Lázaro Ross invocaba a los orishas y alumbraba la noche. Luego vendría otra generación a estampar su huella. Eran los tiempos en que Sergio regía los destinos del Teatro Mella y de la entonces Danza Nacional de Cuba, y su grupo Oru imponía el ritmo del trabajo creativo. Un poco después, las funciones del Ballet Teatro de La Habana en esta institución sacudieron el marasmo de la llamada danza clásica.

“Era la necesidad de romper las cadenas coreográficas establecidas, las diagonales prefijadas, el reducido marco de cinco posiciones como límite inviolable del cuerpo. Descomponer un universo contemplativo, reflejo de una imagen repetida, heredada de un espejo, patrón clásico, único, inamovible, referencia de una imagen detenida en su propia imagen”.[iv]

La música también ha ocupado los titulares del Teatro Mella: conciertos como los de fin de año protagonizados por Pablo Milanés, los de Omara Portuondo o Chucho Valdés, o las presentaciones de Winton Marsalis con la Orquesta del Lincoln Center. También los jóvenes músicos eligen este espacio para su debut, Polito Ibáñez o Diana Fuentes entre ellos, o graban sus conciertos aquí, como Haydeé Milanés cantando a Marta Valdés.

Para eventos como el Mayo Teatral o el Festival de Teatro de La Habana han llegado al Mella el Odin Teatre o a Malayerba. El Festival de Ballet de La Habana ha convocado a figuras como Carlos Acosta o Julio Bocca, a José Manuel Carreño con el American Ballet Theater. Los Boleros de Oro, la Feria Cubadisco, el Festival Jazz Plaza han sido momentos de esplendor para la música toda.

El Teatro Mella fue bautizado con el nombre del joven revolucionario fundador  de la revista Alma Máter y del Partido Comunista de Cuba, amigo de lucha de los muralistas mexicanos Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, compañero de batallas de Rubén Martínez Villena, el poeta organizador de la huelga que derrocaría al tirano Machado.

A 55 años de su apertura como teatro, el Mella debe convertirse en el eje del circuito teatral de la calle Línea. Será la oportunidad para volver a establecer los récords de asistencia de espectadores, a partir del diseño de una programación coherente. Con tales premisas labora su equipo de trabajo, gente infatigable, dispuesta a sortear todos los obstáculos para que las marquesinas del teatro se enciendan cada noche.

[i] (En Tablas no 4, La Habana, 2001)

[ii] (Lilian Vázquez: en Tablas, no 4, La Habana, 1986)

[iii] (“Reflexiones en los cuarenta años de María Antonia”, en Una pasión compartida: María Antonia, Editorial Letras Cubanas, 2004)

[iv] (Armando Correa, en Tablas, no 2, La Habana, 1988)

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