El mismo Sergio que yo conocí

Por Omar Valiño

Junto a su madre, Gilda Hernández, estuvo Sergio Corrieri entre quienes concibieron y fundaron el Grupo Teatro Escambray (GTE) en 1968. Fue el punto perfecto de una unión profesional de ambas personalidades que comencé a evocar, en dos partes, desde la entrega pasada de esta columna.

Al llegar allí, el actor era ya el protagonista de la inagotable Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea. Lo abordó el cineasta Manolito Pérez en el panel sobre Corrieri durante la jornada por el aniversario 60 de la Uneac, al vincular cómo había encarnado al citadino Sergio pequeñoburgués y, pocos años después, bajo su dirección, al héroe Alberto Delgado en El hombre de Maisinicú, enriquecido por la vivencia que ya poseía sobre el hombre del campo.

Sergio fue el capitán de aquella expedición, cuyo objetivo no era «trasladar» un teatro hacia el macizo montañoso del centro de la Isla, sino hacerlo, precisamente, desde las problemáticas, comportamientos y anhelos de los habitantes de la zona, en principio los campesinos. Es el mérito radical del GTE y su aporte hasta el día de hoy, en que se renueva el interés por el trabajo comunitario. En lugar de intervenir, interpretar y devolver una imagen, cercana a la vez que crítica, frente a la cual el espectador pudiera reconocerse, pero al mismo tiempo percatarse de las nociones de cambio exigidas con inteligencia en el discurso artístico. Lo certificó el actor Carlos Pérez Peña en el mencionado encuentro: no crear un teatro en el lomerío, sino insertar su aporte en el curso de aquella zona en transformaciones.

Representaba un gran cambio en el arsenal que Corrieri dominaba desde sus inicios en Teatro Universitario, luego en su paso por Prometeo y otros grupos, hasta la fundación y permanencia en Teatro Estudio. Tanto Manolito como Carlos recordaron, curiosamente, el impacto que les causó ver Viaje de un largo día hacia la noche, de Eugene O´Neill, la puesta de Vicente Revuelta en el arranque de Teatro Estudio. Ellos dos eran tan jóvenes como el Corrieri sobre la escena. En esa etapa de los años 50 y 60 el repertorio asumido por Sergio como actor es impresionante, abarcador de toda la modernidad teatral universal hasta ese minuto. También comenzó a dirigir y, entre sus montajes, cuenta el estreno mundial de Contigo pan y cebolla, de Héctor Quintero.

Con dicha sedimentación, Sergio fue el líder de la aventura del GTE. Riesgosa por experimental de veras, porque exigía un alto ejercicio de pensamiento y un liderazgo político (no de poder, que no tenían) para desbrozar el camino. En ese aspecto fue decisiva la presencia de un dirigente excepcional, al frente entonces del Partido en el regional Escambray, Nicolás Chaos, quien propició el encuentro de Fidel con la agrupación ante la puesta de La vitrina, de Albio Paz.

La crítica de arte Luisa Marisy, desde la cercana mirada de quien se reconoce como hija de Sergio, aportó su realización documental Sergio Corrieri, más allá de la memoria, y destacó en la Uneac la condición intelectual del también poeta y escritor que nos dejó una novela inédita sobre los años del Escambray.

Jesús Cabrera, el director del mítico serial En silencio ha tenido que ser, se refirió al carácter, la amabilidad, la calidad de Sergio, el hombre y el actor, y la actriz Elena Álvarez a su severa humildad.

Del conjunto de remembranzas emerge la figura raigal del intelectual inseparable de su vocación de servicio. Ese también fue el Sergio que yo conocí, el mismo que condujo en La Macagua un debate sobre Molinos de viento, de Rafael González, ante un grupo de estudiantes de 15 años de la Vocacional Che Guevara, y el activo presidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos que asumió por deber la organización del VII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, poco antes de fallecer en La Habana en 2008. Nos quedan, apretadas en un puño, sus imágenes, su legado y su memoria.

En Portada: Sergio Corrieri y Raúl Pomares en El hombre de Maisinicú. Foto tomada del periódico Granma

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