EL ARCA EXHIBE SUS TÍTERES Y UN POCO MÁS

Por Yudd Favier

El sábado pasado tuve una tarde muy feliz. Paseé por el “reparadísimo” puente que conduce hasta El Arca y volví a entrar a ese espacio del museo, que por años vi constituirse. La novedad residía en que las hermosas vitrinas del lugar, que en un futuro albergarán a títeres de todo el país, ahora se colman con los muñecos de varias producciones para la técnica de stop motion o “dibujo a dibujo” de la televisión cubana. De nuevo las manos hacedoras de títeres para la televisión de Ivette Ávila se empeñan un poco más, para extender este panorama televisivo a estancias teatrales y al conocimiento titiritero en general.

Animotion, la vida secreta de los muñes, título de la expo, en verdad logra que se cumplan las predicciones hechas por su organizadora y protagonista cuando escribe: “Es un puente sensorial a los días de infancia para nosotros, los que ahora somos padres. Sin dudas los muñecos, las fotografías expuestas y las muestra audiovisual, que recoge más de medio siglo de muñecos en el audiovisual cubano, es una provocación para unos a sentir, para otros volver a sentir (tal como lo hacíamos ante ‘la hora de los muñes’) el placer de echar un vistazo tras bambalinas y desentrañar los misterios de este lenguaje artístico inevitable a la hora de sentir la vida”.

Hay allí, en efecto, obras de varios autores y épocas, algunos reconocidos por los padres como Papobo o El profesor, y los más pertenecientes a esta nueva etapa renacentista, provienen de video clips de grupos populares, de El Escaparate de Patricia, está Piófilo y Cascarón, entre otros.

Se suman como acompañantes a esta aventura televisiva piezas del museo, entre ellas Alelé, Guarapo¡, María Moñitos, Pelusín y su abuela Pirula, como se ve, indispensables de la memoria titiritera nacional. Mientras, en la tv que sirve de hall, se proyectan filmes y animados tan añorados por muchos como Arcoíris Musical, Papobo o El camino de los juglares, y tantos otros. Sí, los ayes de la nostalgia son repetidos por los padres, pero los niños descubren además los secretos de la animación cuadro a cuadro.

En un segundo recinto –antes sala de concierto en la antigua Casa Pedroso- te recibe un entremés titiritero, dónde están las simpáticas caricaturas de los más representativos maestros titiriteros del país acompañados por algunos de sus personajes teatrales y de las arcas de El Arca –por supuesto que la redundancia es intencionada- se revela, de nuevo, ese tesoro que el museo resguarda.

Hay títeres de los Camejo, de Zenén Calero con Teatro de las Estaciones y Papalote, de Fidel Galbán y el Guiñol de Remedios, están Sisebuto y la Cotorrita Alegría, personajes fetiches (alter egos quizás) de juglares tan diferentes como Pedro Valdés Piña Y Adelette Pérez, respectivamente, está Pluff el fantasmita, de Jesús Ruiz en su dueto perpetuo con Roberto Fernández, El Pinocho de Armando Morales y tras estas figuras están sus hacedores, sus diseñadores o sus creadores, reuniendo así la muestra a directores, dramaturgos, críticos, diseñadores y titiriteros cuyos personajes nos son tan reconocidos como ellos mismos.

Creo que esta habitación se convierte en un regalo sobre todo dirigido al mundo de los titiriteros, porque es menos probable divertirse de una caricatura si no reconocemos el referente real. Para mí fue una emotiva conjunción de ideas e imágenes y el estar allí con personas tan queridas y admiradas desde la desacralización de sus fisonomías y custodiadas por sus figuras, resultó muy placentero. Subyace en la curaduría hecha por Liliana Pérez Recio, ese toque preciso de malicioso guiño, colmado siempre del amor de quien bien conoce nuestra historia.

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