Del Niño Bucólico, Latente O Pionero… Al Niño Citadino, Protagonista Y Bandolero (II)

Los tres pichones, puesta de Teatro Paquelé. Foto: José A. Rodríguez Ávila

Por Yudd Favier

Existe en Cuba una buena cantidad de textos dramáticos para adultos producida, fundamentalmente desde los ochenta, con un auge en los noventa, donde el tema de la emigración, del viaje o su proceso, del irse como un no-regreso, es recurrente; sin embargo en el teatro para niños ha sido un tema apenas tratado. Esto quizás se deba a que la decisión de emigrar la toman los  adultos, pero son decisiones que, cómo todas las que se generan en las familias, afectan a los niños.

Es  muy sostenida  y dolorosa la historia de potenciales emigraciones que han traspasado a nuestro país y, con ello, a nuestros niños. Por sólo mencionar las mayores podemos enumerar la Operación Peter Pan que separó 14 mil niños cubanos de sus padres entre 1960-1962; Camarioca en 1965; el éxodo del Mariel en 1980; los cientos de padres que se tiraron al mar, sin sus hijos –o, peor aún, con ellos- cuando el Maleconazo de 1994, los 50 mil cubanos que salieron a Ecuador a partir del 2008  y todos los que en la actualidad se crían sin uno de sus padres o sin ambos porque salieron a buscar “un futuro mejor para ellos” y su relación paternal se  convierte en un tráfico de mesadas. Existen muchos niños cubanos que tienen a sus padres en otros países, a sus tíos y primos, a sus amigos del colegio o ellos mismos son llevados hacia nuevas geografías  por sus tutores. Este es otro de los temas no-tratados en el teatro para niños cubano; aunque  el problema migratorio en nuestro país, por más que no se trate, caracterice nuestra  cotidianidad y con ello signe nuestra  identidad.

El primer texto que leí/vi que abordaba directamente el asunto es Relato de un pueblo roto de Raudel Morales (Koky) y Maya Fernández. La historia narra el amor entre dos niños-adolescentes que viven en un pequeño y derruido  pueblo de mar. La  fábula confronta al niño Trotamundos, nieto del titiritero del pueblo, con la niña María Inés que sólo repite lo “que su mamá dice”. Hay un amor no correspondido,  sobre todo, porque los niños están educados desde las antípodas: para María Inés el futuro está en IRSE y para Trotamundos está en luchar por reparar su pueblo.

MARÍA INÉS: ¡Mi tía escribió hoy!

(…) Cuenta que le va de maravillas. Ahora dice mi mamá que los más  atrasados de la familia  somos nosotros.

(…) Porque dice ella que este pueblo se está cayendo en pedazos.

(…) Trotamundos… ¿de verdad no te gustaría saber, por ejemplo, que hay detrás de aquella palma?

(…) Dice mi mamá que lo más importante es irse para siempre de este pueblo.

TROTAMUNDOS: No, no, no… lo más importante no es eso. Mira, por ejemplo, para mí lo más importante es ser mar si tú fueras ola, ser ola si tú fueras mar.

(…) Quiero decir que sería capaz de todo con tal de que tú estuvieras a mi lado.

La rutina del pueblo cambia con la llegada de unos marineros que “siempre regresaban a su hogar” Flin y Flan que traen consigo un tesoro para repararlo y la niña, que sólo quiere irse, lo roba para poder partir. Trotamundos la atrapa in fraganti e intenta convencerla de que no se lleve el tesoro del pueblo, pero la deja marchar con su botín Porque la quiere (o) y  no hubiera soportado el castigo que ella merecía; y como se siente responsable, se va  a trabajar junto a los marineros para reponer el dinero de las reparaciones.

La ayuda desde el exterior la representan esos marineros, y luego el hecho de que Trotamundos también zarpa para ir a hacer dinero fuera del pueblo, habla de una realidad cubana, que se sostiene, como muchos países pobres, gracias a las remesas familiares que provienen del extranjero.

Esa realidad del “afuera” como la posibilidad de solución económica es un pensamiento que subyace en la psicología tropical desde hace décadas, mientras que el contrapunteo  irse/quedarse se torna prácticamente el principal conflicto entre muchas familias cubanas y los niños participan como oidores pasivos de estas dicotomías y/o como participantes no-voluntarios de este ejercicio.

Existe, sin embargo un texto precedente que aborda el tema pero desde una perspectiva admonitoria y es Una Aventura (1962), de Ignacio Gutiérrez. En la obra hay un niño que quiere irse porque no soporta el calor, los mosquitos y la escuela y toma un bote y llega hasta el polo norte, donde pasa por incidentes negativos que le hacen regresar con mucho optimismo,  mientras su partenaire  y especie de Pepe Grillo, un perro llamado Azabache Moraleja, epiloga la obra con el siguiente discurso ad espectadores:

AZABACHE: (Dirigiéndose al grupo) Y ustedes recuerden: las gentes que abandonan su propia tierra sin una verdadera justificación para tomar una que no es la suya… son siempre, siempre desgraciados.

Y aunque no existen textos que aborden el tema de manera tan directa, se reconoce una historia que ya podría patentarse como un clásico entre las adaptaciones teatrales cubanas hechas a un cuento y me refiero  a Los tres pichones de Onelio Jorge Cardoso,  sin dudas una de las más populares obras representadas en Cuba[1]. La fábula refiere el anhelo de tres pichones de pájaros carpinteros por convertirse en  marineros y trata del viaje, sobre su nido, desde el árbol en que nacieron hacia el mar.

Considerar que la historia habla de la emigración podría parecer un poco extremo, pero desde la perspectiva del isleño ansiar el mar o ansiar viajar siempre significa dejar el lugar de origen que, en el caso de los tres pichones, es el tronco de la palma (el árbol nacional por demás) que su madre carpintera ha agujereado tantas veces en su vida.

 Es en la versión A dónde van los ríos,  de la dramaturga María Laura Germán dónde se revela con mayor énfasis esta posible lectura migratoria de un cuento que siempre ha sido resumido dentro de la moraleja  “ningún sueño es imposible”. Esta adaptación realza la metáfora del viaje como una línea fundamental de la representación y la evidencia a partir  del discurso del Marino (actor) que llega a contar su propia historia y decide hacerlo a través del conocido cuento, y suma a él la nostalgia de lo propio y esa añoranza común al que vive en tierra extraña.

MARINO: Un puerto. (Pausa) Otro puerto más. Igual a tantos en el mundo. (…) Y digo puerto como digo país, como digo muelle, como digo…mar. (…) Supongamos que aquí (saca del bolsillo una tiza y dibuja en el frente de una maleta algo semejante a un pedazo de isla); (…) nací yo.

(…) ¡Ya! Claro. (Dibuja un árbol en el lugar donde estuvo la isla) Esto también es una isla.

(…) Y regreso a casa… para volver a partir y regresar pronto. No importa que, de tantos viajes, uno se canse un poco.

En el año 2017 el grupo Pálpito estrena En fin… el mar,  otra adaptación del propio cuento; esta vez narrado/protagonizado por dos hermanas: una que se fue y ama el mar y otra que se quedó y ama al río; y las respectivas aguas representan por supuesto viaje/exterior y tierra/ interior. Lo sorprendente del final de esta obra es que la hermana viajante convence a la “quedada” de que la acompañe y juntas parten hacia…el mar. Y si digo sorprendente no es porque sea negativo, sino porque nunca antes la escena cubana había avalado la solución de irse como happy end. Un estigma social que también podría ser el  culpable de que no apareciera el tema de la emigración en el tpn hasta estos días.

Por último, debemos mencionar la obra Cabeza de caballo, de Yerandy Fleites, ganadora del premio de Dramaturgia para niños Dora Alonso del 2019. El argumento de la obra tiene como personaje central al niño Liriel, que vive junto a su madre porque su padre está en otro país, aunque el bullying, la deformidad del niño, el obscuro y atemorizante personaje del matarife y la relación de amistad  con Edith componen lo más significativo dentro del conflicto de  la obra, el niño siente que toda su indefensión y su sentimiento de inferioridad deviene de la partida  de su padre y de su ausencia.

Así lo revela en su primer monólogo:

Liriel: Cuando papá estaba todo era distinto. Mamá era feliz y mi cabeza no se parecía a la de un caballo. (…) Yo a veces sueño que corro sobre las olas hasta el otro lado del mar, donde acaba el mar, donde vive papá, lo encuentro y lo traigo de vuelta.

Gravita en toda la obra la inestabilidad de lo transitorio, la certeza de un futuro desconocido/promisorio en otro lugar, la pesadumbre del no-retorno y también la tesis de lo externo como el lugar de la felicidad. En una carta el padre le escribe: “Este es el lugar donde viviremos. Este será el nuevo hogar, la casita nueva. Aquí seremos felices para siempre, felices otra vez”.

Mientras su mejor amiga le pregunta:

Edith: Nunca más te vi en la escuela y le pregunté a mi mamá.

(…)    Dicen que te vas de Cuba ¿es verdad?

(…)    Dicen que los que se van no vuelven.

Es la primera obra que pone en la voz de los niños la separación por la migración, el dolor de dejar todo lo conocido y, sobre todo, el dolor y la nostalgia de los que se quedan.

Hace años que no puedo deslindar los roles entre la persona que investiga los textos dramáticos para niños y la madre que soy, no puedo pensar en lo que se escribe y se estrena en la escena cubana sin hacerlo en mi propia hija y sus experiencias.  Así como la muerte, la migración es parte inherente de su vida: su padre dejó el país cuando ella tenía un año, es un padre de mesadas; su mejor amiga de toda la primaria, se fue en 5to grado y se convirtió también en una añoranza, (durante el primer año cuando se llamaban no podían hablarse porque no paraban de llorar las dos al teléfono) y  sus primos, con los que jugaba en sus vacaciones han vivido ya en Ecuador, ahora en Estados Unidos y les toca verlos cada 2 o 3 años. Todos esos adultos padres salieron buscando una vida mejor, económicamente, y afectaron –para bien o para mal- la vida de sus hijos. Cierto, los que deciden emigrar son los adultos…pero qué sienten los niños que son llevados de un lado para otro? ¿Qué sienten los que se quedan? En considerar la respuesta es dónde vuelvo a alabar ese, tan mentado, poder catártico del teatro.

[1] Entre las obras que he podido fichar están la versión de Los tres pichones (Grupo Ríos, Guantánamo, 2009); Los pintores (Teatro Escambray, Villa Clara, 2014); A dónde van los ríos (Titirivida, Pinar del Río, 2014);  Los tres pichones (Unipersonal de Miriam Sánchez, famosos desde los 80, La Habana, retomado en 2015); Cuentos de mar y ola (Okantomí, La Habana, 2017); En fin… el mar (Pálpito, La Habana, 2017),  Marineros (Andante, Granma, 2018) y Adónde van los ríos (Teatro Paquelé. Sancti Spíritus, 2019). Las fechas comprendidas no son las de los estrenos respectivos, son de cuando la autora vio los espectáculos.

 

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