Cuerpo &Teoría de la danza: ¿territorio en disputa? (Primer round)

Por Noel Bonilla-Chongo

Después de los múltiples espacios suscitados tras el efecto pandémico, de esa aparente quietud e inmovilidad del cuerpo danzante y, para seguir yendo y viniendo alrededor de las dinámicas de cavilar nuestras ocupaciones y compromisos sensipensantes con la danza, me sigue inquietando la estimación de la(s) teoría(s) de la danza sobre la implicancia del cuerpo como vehículo discursivo de nuestras reflexiones y producción de conocimientos.

Movido por recientes provocaciones de la joven creadora cubana Laura Ríos y su proyecto LA.DA; también por los descorrimientos que la Red Descentradxs viene señalando como potenciales terrenos desde dónde re-articular la investigación en danza o, desde las invectivas de “mi pan de cada día”: la gestión docente y sus variadas resonancias académicas, etc.; pertinente sería insistir en la necesidad de establecer una línea de acción cómplice entre el pensamiento teórico y los variados modos de su concreción en la Danza toda.

Quiérase que podamos entender el apelativo “Danza toda”, en la expansión de sus alcances y maneras, suerte de mazo rizomático de la danza como práctica cultural, social y escénica, o sea, desde el adentro y, también, en el afuera de la escritura coreográfica y sus inventivas prácticas sensibles. Prácticas que se concretan en los “modos de uso y protocolos de experimentación del espacio, del tiempo, de los órganos corporales, del movimiento, de la percepción”.

Incluso, desde esta última acepción, siendo todavía más osados, es hora ya de entender la escritura coreográfica como un problema teórico, posición que compete a todas y a todos quienes implicades estamos en el arte de la danza. Si bien, este asunto no constituye a priori una novedad dentro del terreno de los dance studies, no deja de ser cierto que, de un tiempo a esta parte, el tema ha venido promoviendo disputas atendibles en la academia, en varias franjas creativas de la danza escénica y en itinerarios de su práctica social.

En principio, para emprender otros estudios analíticos en torno a la danza toda, se requiere advertirla como zona de conocimiento y actividad epistemológica, reflexiva, revisora del cuerpo y su corporalidad, cuya especificidad demanda la estructuración de un instrumental teórico propio, siendo este lo suficientemente dilatado para implicar la articulación de otros saberes y correlatos, única manera posible para abarcar la complejidad cultural de la danza en cuestión.

Situándonos desde la enunciación escénica en la danza hoy, para repensar las relaciones entre el universo de la teorización y conceptualización dancísticas y la propia práctica creativa-investigativa de este arte, tocaría vectorizar el cuerpo danzante como vehículo de expresión, exposición y performance, que trata de expandir cada vez más sus posibilidades comunicativas y asociativas para hacer notar su registro cultural, y evitar caer en un reduccionismo del cuerpo sometido a la mirada unilateral de una sola disciplina, avanzando hacia una progresiva interdisciplinariedad. Hecho que, invariantemente, conduce al replanteo de los términos “danza” y “cuerpo danzante” desde las configuraciones que la actual praxis artística, la teoría cultural y los modos de ser en danza, esgrimen. Siendo requisito la vinculación de otras claves teórico-conceptuales al rondar el estudio y la creación de la danza en la contemporaneidad en tanto argumentación actualizada de sus prácticas, y así poder penetrar en el campo simultáneo de cuestionamientos que genera el cuerpo tras la apertura de sus fronteras.

Fronteras que son por igual aquellas que la danza en la producción de sentidos, ha trascendido, burlado, quebrantado. Ella, la danza, ha dejado de ser una manifestación escénica diferenciada para devolverse expansión de los procesos de hibridación propios de una nueva sensibilidad discursiva cultural, corporal, espectacular. Existiendo y no como “artes escénicas”, ante aquellas manías que normalizaban sus morfologías, hoy vencidas de anacronismos, y cómo la ruptura de modelos, escuelas y metodologías devienen constructos hacia una historia cultural de la danza.

Replanteamos cómo esa vectorización de corporalidad compleja es consecuencia de una historia y un contexto igualmente afectivo-familiar y social que se registran potentemente en nuestra carne y la definen a partir de variadas, repetidas y sutiles relaciones, a la vez que esa misma carne es centro de nuestros agenciamientos, creatividad, singularidad subjetiva e incluso de nuestras resistencias culturales. Ante estas certidumbres, la teoría de la danza debe analizar las complejas dimensiones de un cuerpo que es objeto de poder y a la vez encarnación de sus agenciamientos en la historia.

El cuerpo constituye uno de los fenómenos más ricos y complejos que podemos considerar. De ahí las paradojas de la corporeidad. Recordemos que, durante siglos el cuerpo fue considerado como un aspecto accesorio de la personalidad, o como un impedimento para las realizaciones más elevadas, históricamente, se consideraba que la materia era opuesta al alma. Platón, en el Gorgias y en el Fedón, al manifestar que el alma de los seres humanos pensantes, como los filósofos, en alguna medida desprecian al cuerpo, establece un modelo que dificulta al Hombre aceptarse como un ser carnal. Tan sólo a partir de 1400 fue cuando se empezó a conocer el interior del cuerpo humano y la ciencia, desde ese entonces, hizo énfasis en la necesidad de conocer y entender en detalles el aspecto biológico y anatómico de éste. En este orden, imposible prescindir de Descartes y su papel decisivo para constituir la ciencia moderna, la distinción cartesiana entre el alma y el cuerpo. Y cómo, en la danza, las nociones de Descartes del cuerpo humano concebido esencialmente como una máquina, funcionando de acuerdo a leyes mecánicas, como un fino y preciso reloj suizo, se entronizan con los modos que ha usado la danza para definir el sentido imperturbable de su ser en la motilidad.

El Hombre, con Descartes, se encuentra ontológicamente dividido en dos substancias: cuerpo (res extensa) y alma-espíritu-mente-conciencia-pensamiento (res cogitans), donde el cuerpo es una substancia protésica en oposición a la substancia pensante. Sin dudas, “todo dualismo entre ‘alma’ y ‘cuerpo’ vive de esta experiencia del cuerpo como algo poseído, o incluso como algo que nos posee, como una ‘cárcel’ en la que el ‘sujeto’ se encontraría encerrado; pero, al mismo tiempo, ‘somos’ nuestro cuerpo.”
Y si nos situáramos desde la perspectiva de ser-nuestro(s)-cuerpo(s), también ese corpus “teórico” que nos alberga, protege y expande en nuestro hacer “práctico” desde la(s) teoría(s), es hora ya de darle “un uppercut al dualismo” como invitara Marie Bardet. Reclamar la falta del cuerpo. Mirar, una y otra vez, sobre uno de los tensores de la filosofía occidental, el dualismo cartesiano. Él constituye todavía, muy a nuestro pesar, fuerza bruta en esos modos de hacer y de pensar. De esas consabidas bifurcaciones que segregan el hacer/pensar de lo práctico y lo teórico, si se quiere heredad de la filosofía de Descartes, hoy asoman las hendiduras donde las señales del dualismo cuerpo-alma escapa para abrir y reconocer indicios en nuestras prácticas de pensamiento y de movimiento desde/con/entre gestos y corporeidades, que sacuden el dualismo cartesiano.

Entonces, es competencia de los estudios teóricos sobre danza, desmontar la tradicional dicotomía entre práctica artística y pensamiento teórico; dicho de otro modo, entre el hacer y el pensar la danza toda. En plena retórica movimental vale estimar las nociones de fragmentación que atraviesa el arte de la danza en sus recolocaciones y acontecimientos sucesivos. La teoría y el análisis de la danza en la actualidad no pueden pensarse como homologación en los vocabularios expresivos y comportamientos de la danza, sino como selección de sus transfronterizaciones y desplazamientos exhibidos en los escenarios actuales, más allá de la taxativa hegemónica del “ser en danza”. En medio de un paradigma todavía en construcción, al centro de las tensiones entre la Historia y la pérdida de su sentido progresivo. Frente a tantos modos de enunciación en la danza escénica (clásica, moderna, contemporánea, urbana, tradicional o folklórica, etc.) y las plurales maneras de su práctica social, es apremiante sacudir las arcaicas y desactualizadas aproximaciones que rondan la creación coreográfica y sus modulaciones resultantes: didáctica, teoría, crítica, historia, promoción, gestión, etcétera.
Si bien es cierta la existencia de materiales teóricos que datan desde el siglo XV, como postulación normativa de la creación en el ámbito dancístico; los estudios actuales deberían proponer un discurso que, no ignorando a priori aquellos referentes, actualicen el lugar de la teoría en la práctica de la Danza, más que externamente normativa, integrada, acompañante y revisora del propio discurso y pensamiento coreográfico.

Entonces, abramos el match: ¿cómo entender la(s) teoría(s) de la Danza?, ¿hasta dónde el cuerpo es atención de sus haceres? ¿Cuánta teoría necesitamos en el hacer cotidiano de la danza? Feldenkrais nos alentaba: si cambias la manera de moverte, cambias la manera de pensar. Vayamos por partes, cuerpo & teoría, seguirá pensándonos como un ¿territorio en disputa?

En Portada: Performance de Laura Ríos. Foto cortesía del autor.

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